Capítulo IV [El Palacio Que Ocupaba En La Plaza De Greve Su Majestad El Rey Enrique III] p18
(...)sus súbditos, que al verlo nunca sabían si tenían que gritar: “Viva el rey”, o rogar a Dios por su alma.
Capítulo VIII [Silueta de Gascón] p39
−Esperad, ¡que diablos! Mi sombrero se cayó...
−¿Junto con vos?
−Yo no me caí, salté la suelo;
Capítulo IX [El Señor de Loignac] p43
−¿Cómo? ¿Venderíais las armaduras de vuestros empleados? −preguntó Sainte-Maline en tono de burla
−¡Ah señor! −dijo Eustaquio de Miradoux−, harías muy mal, ésas son reliquias sagradas.
−¡Bah! −replicó Chalabre−; a estas horas mis antepasados son también reliquias y no les hace falta otra cosa que misas.
Capítulo X [El Hombre de las Corazas] p45
−Católicos, como nuestro santo padre el papa, a Dios gracias.
Capítulo XIII [El Dormitorio] p60&61
−¡Epernón! ¡Epernón! Es poco caritativo hablar mal de los ausentes.
−¡Rediez! Vos habláis peor de los presentes, Sire
−¿Qué papel desempeña junto a ti ese Loignac?
−Es mi Epernón, Sire
−Te costará caro, entonces.
Capítulo XIV [La Sombra de Chicot] p63,65&67
−¡Eh! ¡Eh! Solo después de tu muerte, eso no es seguro −le respondió una voz estridente que vibró con sonido metálico a pocos pasos del lecho−. Y los gusanos, ¿por quién los tomas?
−¡Ay, mi pobre Enriquito! −añadió la voz−; ¿sigues siendo tan simple?
−¿Qué significa esto?
−Que las sombras no hablan, estúpido, puesto que no tienen cuerpo, y por consiguiente, carecen de lengua.
−¡Oh, pero yo, Enrique, es muy distinto!; no soy gascón desde que me fui de Gascuña.
−¿Mientras que ellos...?
−Es todo lo contrario; no eran gascones en Gascuña y aquí lo serán doblemente.
−¿Bajo el mando de esa cuadragésimas sexta espada que se llama Epernón?
−No por él, precisamente.
−¿Y por quién?
−Por Longinac.
−¡Puf!
−¿Vas a despreciar ahora a Longinac?
−Me guardaré muy bien de hacerlo; es mi primo en vigésimo sexto grado.
−Vosotros los gascones sois todos parientes.
−Al contrario de vosotros los Valois, que no tenéis parentesco con nadie.
−¡Bah! ¡Mirad al insolente para quién el honor de estar emparentado con la familia real de Francia no es bastante y se permite reclamar lo que le pertenece!
Capítulo XV [Las Dificultades Que Tiene Que Vencer Un Rey Para Hallar Buenos Embajadores] p70&72
−Nunca... Si tuviese el abdomen del duque de Mayenne, no digo que no; pero soy delgado, tengo derecho a ser orgulloso.
− (...)es agradable aburrirse, en verdad... No estaba acostumbrado, y me parece muy distinguido.
−Ya lo creo que es distinguido −comentó el rey−, puesto que yo lo puse de moda.
−Dividir para reinar −replicó Chicot−; hace cien años que eso era ya el a b c de la política.
Capítulo XVII [La Serenata] p79
−¡Mi serenata! ¡Mi serenata! −respondió Chicot con la mayor cortesía−. Decidme, al menos, a quién está dirigida la serenata.
−A vuestra hija, imbécil.
−Excusadme, señor, pero no tengo hijas.
−A vuestra esposa, entonces.
−¡Gracias a Dios, soy soltero!
Capítulo XX [Los Dos Amigos] p86
−¿Y por qué os marcháis después de haber dicho que almorzaríais conmigo?
−Ante todo, no he dicho que almorzaría con vos.
−Dispensad, os invité.
−Y yo respondí en forma evasiva, que no es lo mismo.
−Con entusiasmo, porque tiene buena memoria, a pesar de que es rey.
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6.30.2007
6.04.2007
La Dama de Monsoreau
Tomo I [Capítulo II. Continuación De Las Bodas De San Lucas] p12
Yo le odio, pero me avergonzaría de que el garrote de un lacayo le tocase; es demasiado noble para eso.
Tomo I [Capítulo VI. M. De San Lucas Se Halla Con Un Nuevo Paje] p38&39
−(...)ha herido a Schomberg en el muslo y a d'Epernon en el brazo y casi ha muerto a Quelus de un golpe con el pomo de la espada.
−¿De veras? −dijo el Duque; −no me ha dicho nada de eso; le daré la enhorabuena.
−Pues bien, puesto que os han golpeado, puesto que os han dejado maltrecho, querellaos, M. de Bussy, y os haré justicia.
−Perdonad, señor−contestó Bussy; −ni me han dado de golpes, ni he salido maltrecho, ni me querello.
Enrique se quedó estupefacto y miró al Duque de Anjou.
−Y bien, ¿qué decíais? − le preguntó.
−Decía−repuso el Duque−que Bussy fue herido con una daga que le atravesó el costado.
−¿Es verdad, Bussy? −dijo el Rey.
−Puesto que el hermano de V.M. lo afirma, no puede menos de ser cierto; un príncipe de la sangre no sabe mentir.
Tomo I [Capítulo VIII. De Qué Modo El Rey Enrique Se Halló Convertido De La Noche A La Mañana, Sin Que Nadie Supiese La Causa De Su Conversión] p51
−(...)Buenas noches, San Lucas, voy a rezar por ti.
−Buenas noches, señor, yo voy a soñar por vos.
Tomo I [Capítulo IX. El Miedo Del Rey Y El De Chicot] p57
Y ambos cerraron los ojos, el Rey para aparentar que dormía; Chicot para dormir efectivamente.
Tomo I [Capítulo XI. El Sueño de Bussy] p65
−(...)en fin, lo que hay de cierto es que me atacaron, que reñí, y finalmente, que me hirieron, puesto que siento aquí, en el costado derecho, la herida, que por más señas me duele bastante.
Tomo I [Capítulo XII. Quién Era El Montero Mayor M. de Monsoreau] p78&79
−Es el Evangelio, amigo mío.
−Según San Lucas
−No, según el Mariscal de Brissac, de cuya propia boca supe esta mañana la noticia.
−Oyeme, tú eres valiente y me amas, según dices.
−Tengo días.
−¿Para ser valiente?
−No, para amaros.
Tomo I [Capítulo XIV. Historia de Diana de Meridor] p99
−¡Oh, caballero! si es cierto lo que decís...
Aquí me detuve; el Conde esperaba indudablemente el fin de la frase.
−Contad con mi reconocimiento.
Tomo I [Capítulo XV. El Tratado (continuación de la historia de Diana de Medidor.)] p106
(...)con una sonrisa que en vano quiso dejar de ser irónica.
Tomo I. Capítulo XVI. El Casamiento (Concluye la historia de Diana de Meridor.)] p113
¿Preferís ser la querida del Duque de Anjou a ser la mujer del Conde de Monsoreau?
Tomo I [Capítulo XVII. Cómo Viajaba El Rey Enrique III Y Qué Tiempo Necesitaba Para Ir De París A Fontainebleau] p121,122,123&124
Esta máquina encerraba en su seno al Rey Enrique y a toda su Corte, excepto la Reina, Luisa de Vaudemont que, preciso es decirlo, no formaba parte de la Corte de su marido,
Estos, de tiempo en tiempo, introduciendo su puntiagudo hocico por entre el rosario de cabezas de muerto que se balanceaba al lado izquierdo del Rey, miraban como con aire de lástima a los dos galgos, los cuales, seguros del favor particular de que gozaban, ni aún se tomaban el trabajo de tener celos.
Maugiron, sentado en uno de los ángulos de la litera, bordaba sus armas, a las cuales pensaba agregar una nueva divisa que creía haber inventado, pero que ya era vieja;
El Rey debe cien millones
−Más de cien millones debo−interrumpió Enrique, −tu cancionero está mal informado, amigo mío.
Chicot, sin desconcentrarse, añadió:
Doscientos millones debe Enrique
−(...)¿Sabes leer, Nogaret?
−Lo declaro, por más vergüenza que me cause−dijo d'Epernon
Tomo I [Capítulo XX. Lo Que Siguió Viendo Chicot] p149
−Si yo me pierdo −pensaba, −pierdo también la causa de mi imbécil Soberano, a quién tengo la debilidad de amar,
Hablando así consigo mismo, esto es, con el interlocutor más interesado en no revelar una palabra de lo que decía,
Tomo I [Capítulo XXXIV. Vuelta de Chicot Al Louvre] p243,244
Todos dormían en el Louvre, pues no eran más que las once de la mañana.
−¿Sabes que te he hecho buscar en todos los lugares de mala fama que hay en París?
−¿Habéis registrado bien el Louvre?
Tomo II [Capítulo Primero. La Firma De La Liga] p5
−¿Con quién hablas, conmigo, con el fraile o con el asno?
−Con los tres.
−En ese caso, le voy a hacer ahorcar.
−¡Imposible!
−¿Por qué?
−Porque no tiene pescuezo.
Tomo II [Capítulo II. La Calle De La Ferronnerie] p8
−(...)¡Cuánto sentiría, amor mío, veros con esa enfermedad, si no fuese yo la causa!
−(...)es una desgracia a fe mía, que no podáis pasar sin tener siempre alguna flada cosida a vuestro jubón.
−(...)hacedme, pues, lugar, querida mía, si me permitís que ya no pueda estar de rodillas a vuestros pies me siente junto a vos.
−No solo lo permito, señor−respondió la joven, −sino que lo deseo ardientemente.
−No faltaría más que eso−exclamó d'Aubigné; −buen soldado, buen general, buen Rey, que se desmaya.
−(...)si alguna vez me desmayase a vuestro lado sería de felicidad.
−Por favor, d'Aubigné, no nombres a mi mujer, ¡sangre de Cristo! No sea que se cumpla el refrán; si la encontrásemos ahora...
−¿Aunque está en Navarra, no es cierto?−prosiguió d'Aubigné
−¿Pues no estoy yo también en Navarra?
Tomo II [II. Capítulo V. D'Epernen y Schomberg] p8
−¡Bah! ¡señor!−dijo Quelus,−¿no ha habido siempre conspiraciones en todos los reinos? ¿Qué diablos querías que hiciesen los hijos de los Reyes, los hermanos de los Reyes y los primos de los Reyes si no conspirasen?
−¡Bueno!−respuso Enrique, −este otro me compara con un perro.
−No señor, no−dijo Maugiron; −todo al contrario, ya veis que le doy la preferencia, porque Narciso sabe defenderse, y V.M. no sabe.
Tomo II [Capítulo VII. Chicot Visita A Bussy] p39
−¡Pst!−dijo Bussy, en alta voz; −será Schomberg.
−Ha dicho un hombre muy alto.
−Es cierto, o Monsoreau.
−Ha dicho que parece hombre de bien.
Tomo II [Capítulo XV. Los Amantes] p82&83
−(...)y sin dejar de suspirar, lo cual me causa un dolor terrible...
−Eso es por falta de costumbre−interrumpió Juana con una sonrisa.
−(...)Esto era lo más sencillo del mundo; pero de lo más sencillo es de lo que justamente se suelen olvidar los enamorados.
−(...)merezco recibirla para aprender a no mezclarme en conversaciones de locos.
−¿De locos? −repitió Diana.
−De locos o de enamorados−
Tomo II [Capítulo XXIII. Cómo El Rey Enrique III Supo La Fuga Del Duque De Anjou] p119&120
Más como nuestro título de historiador nos da el privilegio de saber mejor que el mismo Livarot lo que ha pasado, sustituiremos nuestra relación a la del joven, y lo que perderá en viveza ganará en extensión, pues sabemos lo que Livarot no podía saber, es decir, lo que aconteció en el Louvre.
−¡Ah! que mal has hecho en despertarme, Enrique; soñaba que tenías un hijo.
−Una de dos; o tu lebrel Narciso se ha puesto malo, o los hugonotes toman la revancha de San Bartolomé y hacen un degüello de católicos.
Tomo II [Capítulo XXIV. Continuación Del Anterior] p126&129
−Enriquito−dijo, −esa idea no es tuya.
−¿Por qué no?
−Porque es demasiado buena, hijo mío.
−Es decir que soy aún Reina de Francia.
Tomo II [Capítulo XXVIII. Las Pequeñas Causas Y Los Grandes Efectos] p154
−¡Ah! ¿quereis mi muerte? −dijo Catalina con voz lúgubre; −pues bien, moriré como debe morir una mujer que ve a sus dos hijos hacerse la guerra.
Huelga decir que Catalina no tenía el menor deseo de morirse.
−¡Oh! No digáis eso, señora, ¡me partís el corazón! −exclamó Francisco, con el corazón tan entero como siempre.
Tomo II [Capítulo XXXIII. Dos Antiguos Personajes] p178&179
La música tiene encantos,
más solo al oído alegra,
las flores tienen perfumes
pero el olor no alimenta;
el cielo agrada a la vista,
¿mas quién a tocarlo llega?
solo el vino, que sentirse,
beberse y tocarse pueda,
es preferible a las flores,
a música, cielo y tierra
Tomo II [Capítulo XXXV. El Embajador Del Señor Duque De Anjou] p190
Quelus, mudando a cada momento de color, apoyó las dos manos sobre la guarnición de la espada.
Schomberg se quitó los guantes y sacó hasta la mitad el puñal fuera de la vaina.
Maugirón cogió su espada de las manos de un paje, y se la puso colgada de la cintura.
D'Epernon se retorció el bigote hasta los ojos y se colocó detrás de sus compañeros.
−Perdonad, monsieur d'Epernon, os hallabais detrás de los demás, según vuestra costumbre, y como no he tenido el gusto de conoceros, no podía ser el primero en hablaros.
Para no conocer adonde querían ir a parar hubiera sido necesario ser ciego y estúpido.
Para fingir no conocerlo era necesario ser Bussy.
Tomo II [Capítulo XXXVII. Bussy y San Lucas] p202
−(...)el objeto de la amistad es que los hombres se hagan dichosos mutuamente; al menos así lo dice S.M. y S.M. es letrado.
−Haced la prueba, tomadle a la mujer y veréis.
−¿Es también esa lógica del padre Triquet?
−No, es mía.
−Os felicito.
−(...)¡Oh! Diana es sublime y puedo jurar que yo no habría hecho la cuarta parte de lo que ella está haciendo todos los días.
−Gracias−repuso San Lucas, con una profunda reverencia que hizo reír a Juana a carcajadas.
Tomo II [Capítulo XXXVIII. Precauciones de M. de Monsoreau] p208
−Conde, en este aposento hace un calor horrible: veo que la Condesa se está ahogando y voy a ofrecerla mi brazo para dar una vuelta por el jardín.
El marido y el amante dirigieron al Duque una mirada de cólera.
Tomo II [Capítulo XXXIX. Los Asechadores] p214
El Conde era como todos los celosos, que no creen que el resto de la humanidad puede pensar en otra cosa más que en atormentarles.
Tomo II [Capítulo XL. Continuación del Anterior] p221
−Sin duda, por que los Guisa están resueltos a todo, hasta a constituir estados, hasta a formar una república.
Tomo II [Capítulo XLI. Un Paseo Al Cercado De Tournelles] p229&230
−¡Fuera de aquí! ¡fuera de aquí!
El ujier, asombrado, manifestó a los jóvenes que el rey les echaba;
−No hagáis caso de mi, estoy durmiendo como un lirón.
Tomo II [Capítulo XLII. Chicot Se Despierta] p231
Cuando los favoritos vieron a Chicot dormir con tanta conciencia, dejaron de hacer caso de él. Por lo demás, todos estaban acostumbrados en palacio a considerar a Chicot como un mueble del cuarto del Rey.
−(...)Evidentemente, y nadie de nosotros intenta negarlo, que hemos comido en casa de M. de Bussy, y hasta debo decir en honor de su cocinero que hemos comido bien.
Tomo II [Capítulo L. Otra Vez El Padre Gorenflot] p273
−¿Le habrán dado muerte? −decía el Rey. −¡Pardiez! Me pagarán mi bufón por el precio de un caballero.
−V.M. tiene razón, señor, porque lo es y de los más valientes.
Tomo II [Capítulo LI. Chicot Adivina Por Que Tenía d'Epernon Ensangrentados Los Pies Y Pálidas Las Mejillas] p280
Chicot se rascó la oreja con más fuerza que antes, murmurando:
−¡Hum! ¡hum!
−No me respondes.
−Si tal: digo hum, hum, y esto significa muchas cosas.
−¿Tienen buena punta? −preguntó Chicot.
−Sin duda; pero su gran mérito, Chicot, es el de estar benditas.
−Si, ya lo se, más siempre es bueno que tengan buena punta.
Yo le odio, pero me avergonzaría de que el garrote de un lacayo le tocase; es demasiado noble para eso.
Tomo I [Capítulo VI. M. De San Lucas Se Halla Con Un Nuevo Paje] p38&39
−(...)ha herido a Schomberg en el muslo y a d'Epernon en el brazo y casi ha muerto a Quelus de un golpe con el pomo de la espada.
−¿De veras? −dijo el Duque; −no me ha dicho nada de eso; le daré la enhorabuena.
−Pues bien, puesto que os han golpeado, puesto que os han dejado maltrecho, querellaos, M. de Bussy, y os haré justicia.
−Perdonad, señor−contestó Bussy; −ni me han dado de golpes, ni he salido maltrecho, ni me querello.
Enrique se quedó estupefacto y miró al Duque de Anjou.
−Y bien, ¿qué decíais? − le preguntó.
−Decía−repuso el Duque−que Bussy fue herido con una daga que le atravesó el costado.
−¿Es verdad, Bussy? −dijo el Rey.
−Puesto que el hermano de V.M. lo afirma, no puede menos de ser cierto; un príncipe de la sangre no sabe mentir.
Tomo I [Capítulo VIII. De Qué Modo El Rey Enrique Se Halló Convertido De La Noche A La Mañana, Sin Que Nadie Supiese La Causa De Su Conversión] p51
−(...)Buenas noches, San Lucas, voy a rezar por ti.
−Buenas noches, señor, yo voy a soñar por vos.
Tomo I [Capítulo IX. El Miedo Del Rey Y El De Chicot] p57
Y ambos cerraron los ojos, el Rey para aparentar que dormía; Chicot para dormir efectivamente.
Tomo I [Capítulo XI. El Sueño de Bussy] p65
−(...)en fin, lo que hay de cierto es que me atacaron, que reñí, y finalmente, que me hirieron, puesto que siento aquí, en el costado derecho, la herida, que por más señas me duele bastante.
Tomo I [Capítulo XII. Quién Era El Montero Mayor M. de Monsoreau] p78&79
−Es el Evangelio, amigo mío.
−Según San Lucas
−No, según el Mariscal de Brissac, de cuya propia boca supe esta mañana la noticia.
−Oyeme, tú eres valiente y me amas, según dices.
−Tengo días.
−¿Para ser valiente?
−No, para amaros.
Tomo I [Capítulo XIV. Historia de Diana de Meridor] p99
−¡Oh, caballero! si es cierto lo que decís...
Aquí me detuve; el Conde esperaba indudablemente el fin de la frase.
−Contad con mi reconocimiento.
Tomo I [Capítulo XV. El Tratado (continuación de la historia de Diana de Medidor.)] p106
(...)con una sonrisa que en vano quiso dejar de ser irónica.
Tomo I. Capítulo XVI. El Casamiento (Concluye la historia de Diana de Meridor.)] p113
¿Preferís ser la querida del Duque de Anjou a ser la mujer del Conde de Monsoreau?
Tomo I [Capítulo XVII. Cómo Viajaba El Rey Enrique III Y Qué Tiempo Necesitaba Para Ir De París A Fontainebleau] p121,122,123&124
Esta máquina encerraba en su seno al Rey Enrique y a toda su Corte, excepto la Reina, Luisa de Vaudemont que, preciso es decirlo, no formaba parte de la Corte de su marido,
Estos, de tiempo en tiempo, introduciendo su puntiagudo hocico por entre el rosario de cabezas de muerto que se balanceaba al lado izquierdo del Rey, miraban como con aire de lástima a los dos galgos, los cuales, seguros del favor particular de que gozaban, ni aún se tomaban el trabajo de tener celos.
Maugiron, sentado en uno de los ángulos de la litera, bordaba sus armas, a las cuales pensaba agregar una nueva divisa que creía haber inventado, pero que ya era vieja;
El Rey debe cien millones
−Más de cien millones debo−interrumpió Enrique, −tu cancionero está mal informado, amigo mío.
Chicot, sin desconcentrarse, añadió:
Doscientos millones debe Enrique
−(...)¿Sabes leer, Nogaret?
−Lo declaro, por más vergüenza que me cause−dijo d'Epernon
Tomo I [Capítulo XX. Lo Que Siguió Viendo Chicot] p149
−Si yo me pierdo −pensaba, −pierdo también la causa de mi imbécil Soberano, a quién tengo la debilidad de amar,
Hablando así consigo mismo, esto es, con el interlocutor más interesado en no revelar una palabra de lo que decía,
Tomo I [Capítulo XXXIV. Vuelta de Chicot Al Louvre] p243,244
Todos dormían en el Louvre, pues no eran más que las once de la mañana.
−¿Sabes que te he hecho buscar en todos los lugares de mala fama que hay en París?
−¿Habéis registrado bien el Louvre?
Tomo II [Capítulo Primero. La Firma De La Liga] p5
−¿Con quién hablas, conmigo, con el fraile o con el asno?
−Con los tres.
−En ese caso, le voy a hacer ahorcar.
−¡Imposible!
−¿Por qué?
−Porque no tiene pescuezo.
Tomo II [Capítulo II. La Calle De La Ferronnerie] p8
−(...)¡Cuánto sentiría, amor mío, veros con esa enfermedad, si no fuese yo la causa!
−(...)es una desgracia a fe mía, que no podáis pasar sin tener siempre alguna flada cosida a vuestro jubón.
−(...)hacedme, pues, lugar, querida mía, si me permitís que ya no pueda estar de rodillas a vuestros pies me siente junto a vos.
−No solo lo permito, señor−respondió la joven, −sino que lo deseo ardientemente.
−No faltaría más que eso−exclamó d'Aubigné; −buen soldado, buen general, buen Rey, que se desmaya.
−(...)si alguna vez me desmayase a vuestro lado sería de felicidad.
−Por favor, d'Aubigné, no nombres a mi mujer, ¡sangre de Cristo! No sea que se cumpla el refrán; si la encontrásemos ahora...
−¿Aunque está en Navarra, no es cierto?−prosiguió d'Aubigné
−¿Pues no estoy yo también en Navarra?
Tomo II [II. Capítulo V. D'Epernen y Schomberg] p8
−¡Bah! ¡señor!−dijo Quelus,−¿no ha habido siempre conspiraciones en todos los reinos? ¿Qué diablos querías que hiciesen los hijos de los Reyes, los hermanos de los Reyes y los primos de los Reyes si no conspirasen?
−¡Bueno!−respuso Enrique, −este otro me compara con un perro.
−No señor, no−dijo Maugiron; −todo al contrario, ya veis que le doy la preferencia, porque Narciso sabe defenderse, y V.M. no sabe.
Tomo II [Capítulo VII. Chicot Visita A Bussy] p39
−¡Pst!−dijo Bussy, en alta voz; −será Schomberg.
−Ha dicho un hombre muy alto.
−Es cierto, o Monsoreau.
−Ha dicho que parece hombre de bien.
Tomo II [Capítulo XV. Los Amantes] p82&83
−(...)y sin dejar de suspirar, lo cual me causa un dolor terrible...
−Eso es por falta de costumbre−interrumpió Juana con una sonrisa.
−(...)Esto era lo más sencillo del mundo; pero de lo más sencillo es de lo que justamente se suelen olvidar los enamorados.
−(...)merezco recibirla para aprender a no mezclarme en conversaciones de locos.
−¿De locos? −repitió Diana.
−De locos o de enamorados−
Tomo II [Capítulo XXIII. Cómo El Rey Enrique III Supo La Fuga Del Duque De Anjou] p119&120
Más como nuestro título de historiador nos da el privilegio de saber mejor que el mismo Livarot lo que ha pasado, sustituiremos nuestra relación a la del joven, y lo que perderá en viveza ganará en extensión, pues sabemos lo que Livarot no podía saber, es decir, lo que aconteció en el Louvre.
−¡Ah! que mal has hecho en despertarme, Enrique; soñaba que tenías un hijo.
−Una de dos; o tu lebrel Narciso se ha puesto malo, o los hugonotes toman la revancha de San Bartolomé y hacen un degüello de católicos.
Tomo II [Capítulo XXIV. Continuación Del Anterior] p126&129
−Enriquito−dijo, −esa idea no es tuya.
−¿Por qué no?
−Porque es demasiado buena, hijo mío.
−Es decir que soy aún Reina de Francia.
Tomo II [Capítulo XXVIII. Las Pequeñas Causas Y Los Grandes Efectos] p154
−¡Ah! ¿quereis mi muerte? −dijo Catalina con voz lúgubre; −pues bien, moriré como debe morir una mujer que ve a sus dos hijos hacerse la guerra.
Huelga decir que Catalina no tenía el menor deseo de morirse.
−¡Oh! No digáis eso, señora, ¡me partís el corazón! −exclamó Francisco, con el corazón tan entero como siempre.
Tomo II [Capítulo XXXIII. Dos Antiguos Personajes] p178&179
La música tiene encantos,
más solo al oído alegra,
las flores tienen perfumes
pero el olor no alimenta;
el cielo agrada a la vista,
¿mas quién a tocarlo llega?
solo el vino, que sentirse,
beberse y tocarse pueda,
es preferible a las flores,
a música, cielo y tierra
Tomo II [Capítulo XXXV. El Embajador Del Señor Duque De Anjou] p190
Quelus, mudando a cada momento de color, apoyó las dos manos sobre la guarnición de la espada.
Schomberg se quitó los guantes y sacó hasta la mitad el puñal fuera de la vaina.
Maugirón cogió su espada de las manos de un paje, y se la puso colgada de la cintura.
D'Epernon se retorció el bigote hasta los ojos y se colocó detrás de sus compañeros.
−Perdonad, monsieur d'Epernon, os hallabais detrás de los demás, según vuestra costumbre, y como no he tenido el gusto de conoceros, no podía ser el primero en hablaros.
Para no conocer adonde querían ir a parar hubiera sido necesario ser ciego y estúpido.
Para fingir no conocerlo era necesario ser Bussy.
Tomo II [Capítulo XXXVII. Bussy y San Lucas] p202
−(...)el objeto de la amistad es que los hombres se hagan dichosos mutuamente; al menos así lo dice S.M. y S.M. es letrado.
−Haced la prueba, tomadle a la mujer y veréis.
−¿Es también esa lógica del padre Triquet?
−No, es mía.
−Os felicito.
−(...)¡Oh! Diana es sublime y puedo jurar que yo no habría hecho la cuarta parte de lo que ella está haciendo todos los días.
−Gracias−repuso San Lucas, con una profunda reverencia que hizo reír a Juana a carcajadas.
Tomo II [Capítulo XXXVIII. Precauciones de M. de Monsoreau] p208
−Conde, en este aposento hace un calor horrible: veo que la Condesa se está ahogando y voy a ofrecerla mi brazo para dar una vuelta por el jardín.
El marido y el amante dirigieron al Duque una mirada de cólera.
Tomo II [Capítulo XXXIX. Los Asechadores] p214
El Conde era como todos los celosos, que no creen que el resto de la humanidad puede pensar en otra cosa más que en atormentarles.
Tomo II [Capítulo XL. Continuación del Anterior] p221
−Sin duda, por que los Guisa están resueltos a todo, hasta a constituir estados, hasta a formar una república.
Tomo II [Capítulo XLI. Un Paseo Al Cercado De Tournelles] p229&230
−¡Fuera de aquí! ¡fuera de aquí!
El ujier, asombrado, manifestó a los jóvenes que el rey les echaba;
−No hagáis caso de mi, estoy durmiendo como un lirón.
Tomo II [Capítulo XLII. Chicot Se Despierta] p231
Cuando los favoritos vieron a Chicot dormir con tanta conciencia, dejaron de hacer caso de él. Por lo demás, todos estaban acostumbrados en palacio a considerar a Chicot como un mueble del cuarto del Rey.
−(...)Evidentemente, y nadie de nosotros intenta negarlo, que hemos comido en casa de M. de Bussy, y hasta debo decir en honor de su cocinero que hemos comido bien.
Tomo II [Capítulo L. Otra Vez El Padre Gorenflot] p273
−¿Le habrán dado muerte? −decía el Rey. −¡Pardiez! Me pagarán mi bufón por el precio de un caballero.
−V.M. tiene razón, señor, porque lo es y de los más valientes.
Tomo II [Capítulo LI. Chicot Adivina Por Que Tenía d'Epernon Ensangrentados Los Pies Y Pálidas Las Mejillas] p280
Chicot se rascó la oreja con más fuerza que antes, murmurando:
−¡Hum! ¡hum!
−No me respondes.
−Si tal: digo hum, hum, y esto significa muchas cosas.
−¿Tienen buena punta? −preguntó Chicot.
−Sin duda; pero su gran mérito, Chicot, es el de estar benditas.
−Si, ya lo se, más siempre es bueno que tengan buena punta.
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Capítulo XCVIII [La Posada De La Campana Y La Botella] p867
En todo cerebro bien organizado, a idea dominante, y siempre existe una, es la primera que se presenta al despertar, como también es la última que se tiene al dormirse.
Capítulo XCVIX [La Ley] p874
(...)que era tema de conversación en las tres cuartas partes de la ciudad eminentemente chismosa a que llaman la capital del mundo.
Capítulo CIX [La Audiencia] p951
−En su principado, si... En que fuese príncipe, no.
Capítulo CXV. La Minuta de Luigi Vampa, p998
−“¡El diablo me lleve! −dijo Danglars echando a través de las rendijas de la puerta una mirada a la comida del bandido−, el diablo me lleve si entiendo como pueden comerse semejantes porquerías.”
Luis XVIII dio un paso hacia adelante y cruzó los brazos cual hubiese hecho Napoleón.
Capítulo XIX [El Tercer Acceso] p158
−¡Bah, bah! −dijo el médico, con esa impiedad familiar a todos los de su profesión;
Capítulo XXIII [La Isla de Monte-Cristo] p178
(...)veía en el joven a su natural sucesor, y sentía en el alma el no poseer una hija para sujetar a Edmundo a su lado
Capítulo XXXV [La Mazzolata] p312
−Si, si se es pobre y torpe; no si se es millonario y hábil.
(...)hacía los honores a la comida como hombre condenado desde cuatro o cinco años a la cocina italiana, es decir, a una de las más feísimas cocinas del mundo.
Capítulo LII [Toxicología] p475
−No, señora; contra la costumbre de la historia, es una verdad;
Capítulo LVII [El Cercado de Alfalfa] p522
(...)pero sin ser amigas, las jóvenes se confían sus secretos;
Capítulo LXXXV [El Viaje] p773
(...)y llegaréis, no solo a ir más veloz que el ferrocarril, lo que en Francia no es muy difícil,
Capítulo XCVI [El Contrato] p855
Como acontece siempre, las más viejas eran las más adornadas, y las más feas las que se mostraban con más obstinación.
Capítulo XCVIII [La Posada De La Campana Y La Botella] p867
En todo cerebro bien organizado, a idea dominante, y siempre existe una, es la primera que se presenta al despertar, como también es la última que se tiene al dormirse.
Capítulo XCVIX [La Ley] p874
(...)que era tema de conversación en las tres cuartas partes de la ciudad eminentemente chismosa a que llaman la capital del mundo.
Capítulo CIX [La Audiencia] p951
−En su principado, si... En que fuese príncipe, no.
Capítulo CXV. La Minuta de Luigi Vampa, p998
−“¡El diablo me lleve! −dijo Danglars echando a través de las rendijas de la puerta una mirada a la comida del bandido−, el diablo me lleve si entiendo como pueden comerse semejantes porquerías.”
Porrúa, 16ª Edición
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1.03.2006
El Vizconde de Bragelona
Capítulo XCV [Prisionero y Carceleros]
−Venid caballero; dijo SaintMars bruscamente al preso al ver que persistía en mirar más allá de las murallas.−Venid, repito, caballero.
−Decid, monseñor,−gritó desde su rincón Athos a Saint-Mars con voz tan solemne y terrible, que el gobernador se estremeció de los pies a la cabeza.
Athos exigía respeto a la majestad caída.
El preso se volvió, al tiempo que Saint-Mars decía:
−¿Quién ha hablado?
−Yo,−respondió Artagnan, mostrándose en seguida.−Ya sabéis que está en la orden.
−¡No me llaméis caballero ni monseñor!−dijo a su vez el preso con voz que conmovió a Raúl hasta lo más hondo de sus entrañas;−¡Llamadme maldito!
El preso siguió adelante, tras él chirrió la férrea puerta.
−¡He ahí un hombre desventurado!−exclamó con voz sorda Artagnan, mostrando a Raúl el calabozo del príncipe.
Capítulo CXI [El Epitafio de Porthos]
Le parecía que la amenazadora y altiva peña se erguía, como antes se irguiera Porthos, y levantaba hasta el cielo la cabeza risueña e invencible como la del probo y valiente amigo, el más fuerte de los cuatro y, sin embargo, muerto el primero.
¡Quién sabe si fue el rocío, o si fueron las primeras lágrimas que derramaran los ojos de Aramís!
¡Oh buen Porthos! ¿Qué epitafio hubiera valido lo que aquél?
Capítulo CXVI [El Ángel de la Muerte]
Hasta en el sueño eterno, Athos conservó la plácida y sincera sonrisa que debía acompañarle a la tumba.
Capítulo CXVIII [La Muerte de Artagnan]
Daban al rey tanto lustre las victorias del mosquetero, que la Montespán ya no llamó al monarca más que Luis el invencible; así es que La Valliere, que sólo llamaba al soberano Luis el victorioso, perdió mucho en el favor de su majestad.
Epílogo
De los cuatro valientes cuya historia hemos narrado, no quedaba más que uno solo: este era Aramís. La fuerza, la nobleza y el valor se habían remontado a Dios; la astucia, más hábil les sobrevivió y moró sobre la tierra.
−Venid caballero; dijo SaintMars bruscamente al preso al ver que persistía en mirar más allá de las murallas.−Venid, repito, caballero.
−Decid, monseñor,−gritó desde su rincón Athos a Saint-Mars con voz tan solemne y terrible, que el gobernador se estremeció de los pies a la cabeza.
Athos exigía respeto a la majestad caída.
El preso se volvió, al tiempo que Saint-Mars decía:
−¿Quién ha hablado?
−Yo,−respondió Artagnan, mostrándose en seguida.−Ya sabéis que está en la orden.
−¡No me llaméis caballero ni monseñor!−dijo a su vez el preso con voz que conmovió a Raúl hasta lo más hondo de sus entrañas;−¡Llamadme maldito!
El preso siguió adelante, tras él chirrió la férrea puerta.
−¡He ahí un hombre desventurado!−exclamó con voz sorda Artagnan, mostrando a Raúl el calabozo del príncipe.
Capítulo CXI [El Epitafio de Porthos]
Le parecía que la amenazadora y altiva peña se erguía, como antes se irguiera Porthos, y levantaba hasta el cielo la cabeza risueña e invencible como la del probo y valiente amigo, el más fuerte de los cuatro y, sin embargo, muerto el primero.
¡Quién sabe si fue el rocío, o si fueron las primeras lágrimas que derramaran los ojos de Aramís!
¡Oh buen Porthos! ¿Qué epitafio hubiera valido lo que aquél?
Capítulo CXVI [El Ángel de la Muerte]
Hasta en el sueño eterno, Athos conservó la plácida y sincera sonrisa que debía acompañarle a la tumba.
Capítulo CXVIII [La Muerte de Artagnan]
Daban al rey tanto lustre las victorias del mosquetero, que la Montespán ya no llamó al monarca más que Luis el invencible; así es que La Valliere, que sólo llamaba al soberano Luis el victorioso, perdió mucho en el favor de su majestad.
Epílogo
De los cuatro valientes cuya historia hemos narrado, no quedaba más que uno solo: este era Aramís. La fuerza, la nobleza y el valor se habían remontado a Dios; la astucia, más hábil les sobrevivió y moró sobre la tierra.
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12.03.2005
Veinte Años Después
Capítulo XXII [Una Aventura de María Michón]
(...) Respiraba tanta nobleza la persona que acababan de anunciar bajo un nombre para la señora de Chevreuse hasta entonces desconocido, que ésta se incorporó e hizo al conde una afable seña de que se sentara junto a ella.
Athos saludó y obedeció, y al ver que el lacayo iba a retirarse, levantó la mano como para indicarle que aguardase un momento.
− Señora, dijo a la duquesa, he sido bastante audaz para presentarme en vuestro palacio sin tener la honra de ser conocido por vos; y que el buen éxito ha coronado mi atrevimiento, lo prueba el que os hayáis dignado recibirme. Ahora me animo a solicitar de vos que me prestéis media hora de atención.
− Concedido, caballero− contestó la duquesa sonriéndose del modo más afable.
− Pero, siendo mi ambición insaciable, todavía tengo otra exigencia, señora− repuso Athos− . La entrevista que solicito de vos desearía que fuese cara a cara y durante la cual quería en el alma que no nos interrumpieran.
− No estoy en casa para persona alguna− dijo la duquesa al lacayo− . Podéis marcharos.
El lacayo obedeció.
Hubo un instante de silencio, durante el cual aquellos dos personajes, que a la primera mirada se apercibieron ser ambos de nobilísima estirpe, se examinaron mutuamente con todo desembarazo.
− Pero caballero− profirió la duquesa al cabo de algunos segundos y sonriéndose muy finalmente− , ¿no veis que estoy esperando con impaciencia?
− Y yo, señora− repuso Athos− contemplo con admiración.
− Perdonad caballero− dijo la señora de Chevreuse− , pero me aguija la curiosidad de saber con quién estoy hablando. Es incontestable que sois persona que pertenecéis a la corte, y no obstante nunca os he visto en palacio. ¿Por ventura salís de la Bastilla?
− No, señora− respondió Athos sonriéndose− , más podría darse el caso de que estuviese en la vía que a ella conduce.
− ¡Ah! si es así, apresuraos a decirme quién sois y marchaos, repuso la duquesa con el gracejo que tan bien le sentaba, pues ya estoy bastante comprometida para añadir leña al fuego.
− ¿Quién soy señora? Ya os han dicho mi nombre, soy el conde de La Fere. Este nombre lo habéis ignorado hasta ahora pero en otros días ostentaba yo otro que tal vez llegó a vuestros oídos, pero que tal vez habréis olvidado.
− ¿Cuál?
− Athos.
La duquesa abrió unos ojos tamaños; era evidente que, como dijera el conde, aquel nombre se había conservado en la memoria de la dama, aunque muy confuso entre sus antiguos recuerdos,
− ¿Athos decís? Aguardaos un instante− dijo la duquesa− ; y se llevó las manos a la frente como para obligar a las fugitivas ideas que en ella bullían que se fijaran por un instante, a fin de ver claro en medio de su brillante y abigarrado tropel.
− ¿Queréis que os ayude a recordar, señora? − dijo Athos
− Si que quiero− respondió la duquesa, ya fatigada de buscar.
− El tal Athos era amigo de tres jóvenes mosqueteros que se llamaban Artagnan, Porthos y...
Athos se interrumpió.
− Y Aramis, añadió con viveza la señora de Chevreuse.
− Esto es− repuso Athos− . ¿Con que no habéis olvidado del todo ese nombre?
− No− respondió la duquesa. ¡Pobre Aramis! Era un caballero cumplido, elegante, discreto y no mal poeta: creo que ha tenido mal paradero.
− Peor no podía tenerlo señora: se hizo cura.
− ¡Que desgracia! − profirió la duquesa jugando negligentemente con su abanico− . Os doy las gracias caballero.
− ¿De qué, señora?
− De haberme refrescado ese recuerdo, uno de los más gratos de mi juventud.
− ¿Entonces me permitís que os refresque otro? − preguntó Athos.
− ¿Referente a él?
− Si y no.
− Decid, con un hombre como vos lo arriesgo todo− repuso la duquesa.
− Aramis− continuó Athos− , tenía relaciones con una joven lencera de Tours.
− ¿Una lencera de Tours? − exclamó la señora de Chevreuse.
− Si, señora, una prima suya, a quién llamaban María Michón.
− ¡Ah! la conozco− profirió la señora de Chevreuse− , es la persona a quién él escribía desde el sitio de La Rochela para ponerla sobre aviso respecto de una conspiración que se estaba tramando contra el pobre Buckingham.
− Justamente− dijo Athos− ; ¿me autorizáis para que os hable de ella?
La señora de Chevreuse miró con atención a Athos.
− Os autorizo− dijo− , pero con una condición, y es que no digáis demasiado mal de ella.
− Si así lo hiciera, sería yo un ingrato− profirió Athos− , y para mí la ingratitud, más que una falta o un crimen, es un vicio, lo cual resulta peor.
− ¡Qué! ¿Vos ingrato para María Michón?− dijo la duquesa esforzándose en leer en los ojos de Athos− . ¿Cómo puede ser si nunca habéis conocido personalmente?
− Quién sabe, señora− replicó Athos− . Hay un refrán que dice que solamente las montañas son las que nunca se encuentran, y los refranes son a veces el evangelio.
− Continuad, caballero, continuad− dijo con viveza la señora de Chevreuse− ; no podéis figuraos cuánto me distrae vuestra conversación.
− Me dais alientos, señora; voy a proseguir pues. Aquella prima de Aramis, María Michón, en una palabra, la joven lencera, a pesar de su condición vulgar estaba relacionada con elevadísimos personajes; daba título de amiga a las más ilustres damas de la corte, y la reina misma, no obstante ser ésta tan orgullosa en su doble condición de austriaca y española, la apellidaba su hermana.
− ¡Ay!− dijo la duquesa lanzando un ligero suspiro y arrugando un poco el ceño− , ¡Cuánto han cambiado las cosas desde esa época!
− Y la reina tenía razón− prosiguió Athos− ; porque la lencera era devotísima hasta el extremo de servirle de intermediario con su hermano, el rey de España.
− Lo cual le tachan hoy como un crimen− repuso la señora de Chevreuse.
− Tanto es así− contiunó Athos− , que el cardenal, el verdadero cardenal, el duque de Richelieu, a lo mejor resolvió hacer arrestar a la pobre María Michón y encerrarla en el castillo de Loches. Afortunadamente, las cosas no pudieron llevarse a término tan en secreto que no transpiraran. El caso estaba previsto y si a María Michón le amagaba algún peligro, la reina debía hacer llegar a manos de la lencera un libro de horas encuadernado en terciopelo verde...
− Esto es, caballero− interrumpió la duquesa− : bien instruido estáis.
− Cierta mañana, María Michón recibió por mano del príncipe de Marcillac el libro. No había ni un instante que perder. Por suerte, María Michón y una de sus doncellas, apellidada Ketty, vestían admirablemente el traje de hombre. El príncipe procuró a María Michón un traje de caballero y otro de lacayo para Ketty, amén de des briosos caballos, y las dos fugitivas salieron precipitadamente de Tours, tomando el camino de España, temerosas y por sendas extraviadas y solicitando hospitalidad donde no encontraban mesón o venta que les acogiese.
− En verdad, no puede ser más exacto lo que estáis contando− profirió la duquesa batiendo palmas− . Realmente sería curioso...
− ¿Que yo siguiese a las dos fugitivas hasta el término de su viaje? − repuso Athos al ver que la señora de Chevreuse se interrumpía− . No señora, no abusaré robándoos el tiempo; solo las acompañaré hasta una pequeña aldea del Limosín situada entre Tulle y Angulema, una aldehuela conocida con el nombre de Roche.l’Abeille.
La señora de Chevreuse lanzó un gritito de sorpresa y miró a Athos con asombro, que hizo sonreír al antiguo mosquetero.
− No os apresuréis, señora− prosiguió Athos− , pues lo que me falta deciros es todavía más extraño que lo dicho hasta aquí.
− Caballero− replicó la duquesa− , como os tengo por brujo, todo lo espero; pero en verdad... no importa, proseguid.
− Aquel día la jornada había sido larga y fatigosa. Era el 11 de octubre; en la aldehuela aquella no había posada ni castillo, y las casas de los campesinos eran muy míseras y sucias. María Michón que era persona grandemente aristocrática y lo mismo que la reina, su hermana, estaba acostumbrada a los buenos olores y a la lencería fina, resolvió pues, pedir hospitalidad en casa del párroco.
Athos hizo una pausa.
− ¡Oh! Continuad, continuad− exclamó la duquesa− , ya os he dicho que lo esperaba todo.
− Las dos viajeras llamaron a la puerta− prosiguió el conde− , y como era tarde y el cura estaba acostado, éste les gritó desde la cama que podían entrar. Así lo hicieron tanto más fácilmente cuanto la puerta no estaba cerrada, como suele ocurrir en todas las aldeas. En el cuarto en el que estaba el cura, había luz, y María Michón, que hacía el más bizarro caballero del mundo, empujó la puerta, metió la cabeza por la abertura y pidió hospitalidad.
− Con mucho gusto, mi joven caballero, contestó el cura, siempre y cuando os contentéis con los relieves de mi cena y la mitad de mi cuarto.
Las dos viajeras se consultaron un instante, cruzaron dos palabras en voz baja, se rieron, y luego el señor, o mejor dicho la señora respondió:
− Gracias, señor cura, acepto.
- Pues entonces cenad y haced el menor ruido posible, repuso el cura, pues yo también he corrido todo el día y no me sabría mal dormir esta noche.
La señora de Chevreuse caminaba evidentemente de sorpresa en sorpresa; de asombro en asombro; ya no estaba admirada, si no estupefacta, y miraba a Athos con expresión indecible; bien se conocía en sus ojos el deseo que tenía de hablar, pero con todo se callaba, temerosa de perder una palabra de su interlocutor.
− ¿Qué más? ¿Qué más? − exclamó la duquesa.
− ¿Qué más? − Repuso Athos− . Ahí está lo más difícil duquesa.
− No importa, a mi pueden decírmelo todo− replicó la señora de Chevreuse− . Después de todo, eso no me atañe a mi, sino a la señorita María Michón.
− Es cierto− profirió Athos. Pues sí, María Michón cenó con su doncella, y en cenando y aprovechándose de la licencia del cura, entró en el cuarto en que aquél descansaba, mientras Ketty se acomodaba en un sillón de la primera pieza, es decir, en aquella misma habitación donde habían cenado.
− En verdad, caballero− repuso la duquesa− , si no sois el mismísimo demonio, no se como podéis ser dueño de tales pormenores.
− ¡Qué mujer más encantadora María Michón!− prosiguió Athos; era una de esas atolondradas criaturas a quienes incesantemente se les ocurren las ideas más singulares, un ser de esos que no vienen al mundo más que para perdición de los hombres. Ahora bien, sabiendo quién era su hospedador, pensó que sería en medio de cuantos otros alegres recuerdos que ya conservaba, agenciarse para su vejez el alegre recuerdo de haber condenado a un sacerdote.
− Palabra que me asustáis, conde− dijo la duquesa.
− ¡Ay!− repuso Athos− , el pobre cura no era un San Ambrosio, y, lo repito, María Michón era una mujer adorable.
− Caballero− excalmó la señora de Chevreuse cogiendo las manos de su interlocutor, decidme al punto cómo han llegado a vuestra noticia todos esos pormenores, o envío por un fraile al convento de San Agustín para que os exorcice.
− Nada más fácil, señora− contestó Athos riéndose− . Un caballero, encargado de una comisión importante, había llegado a casa del cura en demanda de hospitalidad una hora antes que vos, y esto en el instante en que el buen sacerdote, llamado a prestar sus auxilios a un moribundo, salía por toda la noche, no solamente de la rectoría, sino de la aldea. El ministro de Dios, lleno de confianza en su huésped, que de otra parte era un hidalgo, le abandonó casa, cena y cama. Así pues, no fue el buen párroco, sino el huésped de este a quién pidió hospitalidad María Michón.
− ¿Y aquel caballero, aquel huésped, aquel noble que llegara antes que ella?...
− Era yo, el conde de La Fere− respondió Athos levantándose y saludando respetuosamente a la duquesa.
La duquesa se quedó por un instante asombrada, luego echándose a reír, exclamó:
− Por mi fe que el caso es extraño y que la atolondrada María Michón halló mejor que no esperaba. Sentaos, señor conde, y hacedme la merced de proseguir vuestro relato.
− No falta más que decir el mea culpa, señora. Yo os he dicho que también yo viajaba en cumplimiento de una comisión urgente; al amanecer, pues, salí silenciosamente de la habitación dejando dormir a mi hermoso compañero de cama. En la primera pieza también estaba durmiendo, con la cabeza descansada en el respaldo del sillón, la doncella, por cierto digna de la señora, y como su lindo rostro me llamara la atención, acérqueme, y conocí en ella a Ketty, a quién Aramis colocara en casa de la viajera. Así fue como supe que esta éra...
− ¡María Michón!− dijo con viveza la señora de Chevreuse.
− María Michón, repuso Athos. Entonces me salí de la rectoría, y me encaminé a la cuadra, donde encontré mi caballo ya ensillado, y a mi lacayo que me estaba aguardando, y partí al instante.
− ¿Y nunca jamás habéis vuelto a pasar por aquella aldea? − preguntó con solicitud la señora de Chevreuse.
− Un año después, señora.
− ¿Os ocurrió algo?
− Quise volver a ver al buen cura, y lo encontré sumamente preocupado con lo que acababa de pasar y que para él era un verdadero enigma. Figuraos, señora, que ocho días antes había recibido una cuna con un precioso niño de tres meses, una bolsa llena de monedas de oro y un papel que no contenía más que estas sencillas palabras: “11 de octubre de 1633”
− Era la fecha de aquella aventura singular− profirió la señora de Chevreuse.
− Bueno, si, pero el párroco no entendía jota; lo único que él sabía era que había pasado aquella noche a la cabecera de un moribundo, porque María Michón también había salido del pueblo antes que el cura hubiese regresado a la rectoría.
− Ya sabéis, caballero− repuso la duquesa− , que cuando María Michón regresó a Francia, en 1634, hizo pedir noticias de aquel niño, al cual no podía conservar a su lado por estar fugitiva, pero, de vuelta en París, se proponía educarlo bajo su vigilancia inmediata.
− ¿Y qué le dijo el párroco a María Michón?− preguntó Athos.
− Que un señor a quién él no conocía se había llevado consigo al niño prometiendo asegurar su porvenir.
− Y era la verdad.
− ¡Ah! ahora todo lo comprendo− profirió la duquesa− ; aquel señor erais vos, su padre.
− No habléis tan recio, señora− dijo Athos− ; está ahí.
− ¡Que está ahí!− exclamó la señora de Chevreuse levantándose de repente− ; ¡mi hijo, el hijo de María Michón está ahí! ¡Quiero verlo al instante!...
− Señora, tened cuidado− atajó Athos− , ved que no conoce a su padre ni a su madre.
− Comprendo, conde; habéis guardado el secreto, y me lo traéis de esta suerte imaginando cuán dichosa ibais a hacerme. ¡Oh! Gracias, señor conde− profirió la duquesa cogiendo la mano de Athos y esforzándose en besársela; gracias; tenéis el corazón más noble del mundo.
− Os lo traigo, señora− dijo Athos retirando la mano− para que a vuestra vez hagáis algo por él. Hasta ahora he velado yo por su educación, y estoy muy seguro que he hecho de él un caballero cumplido; pero obligado a anudar la vida errante y peligrosa del partidario, no más tarde de mañana me lanzo a un negocio en el que puedo perder la vida, y entonces no le quedaría más que vos para guardarlo en medio del proceloso mal de la soledad, donde está llamado a ocupar un sitio.
− Tranquilizaos, conde, exclamó la señora de Chevreuse. Por desgracia gozo hoy de poco favor, pero el poco que me queda lo emplearé en el suyo; en cuanto a su fortuna y a su título...
− No os inquiete eso, señora; le he sustituido en la tierra de Bragelona, que tengo yo en herencia, la cual le da el titulo de vizconde y una modesta renta de diez mil libras.
− Es indudable que sois todo un caballero− profirió la duquesa− ; pero tengo prisa de ver a nuestro joven vizconde. ¿Dónde está?
− Ahí afuera, en el salón; con vuestra licencia voy a llamarlo− dijo Athos.
El conde dio un paso hacia la puerta, pero la señora de Chevreuse lo detuvo preguntándole:
− ¿Es guapo?
− Se parece a su madre− respondió Athos sonriéndose(...)
(...) Respiraba tanta nobleza la persona que acababan de anunciar bajo un nombre para la señora de Chevreuse hasta entonces desconocido, que ésta se incorporó e hizo al conde una afable seña de que se sentara junto a ella.
Athos saludó y obedeció, y al ver que el lacayo iba a retirarse, levantó la mano como para indicarle que aguardase un momento.
− Señora, dijo a la duquesa, he sido bastante audaz para presentarme en vuestro palacio sin tener la honra de ser conocido por vos; y que el buen éxito ha coronado mi atrevimiento, lo prueba el que os hayáis dignado recibirme. Ahora me animo a solicitar de vos que me prestéis media hora de atención.
− Concedido, caballero− contestó la duquesa sonriéndose del modo más afable.
− Pero, siendo mi ambición insaciable, todavía tengo otra exigencia, señora− repuso Athos− . La entrevista que solicito de vos desearía que fuese cara a cara y durante la cual quería en el alma que no nos interrumpieran.
− No estoy en casa para persona alguna− dijo la duquesa al lacayo− . Podéis marcharos.
El lacayo obedeció.
Hubo un instante de silencio, durante el cual aquellos dos personajes, que a la primera mirada se apercibieron ser ambos de nobilísima estirpe, se examinaron mutuamente con todo desembarazo.
− Pero caballero− profirió la duquesa al cabo de algunos segundos y sonriéndose muy finalmente− , ¿no veis que estoy esperando con impaciencia?
− Y yo, señora− repuso Athos− contemplo con admiración.
− Perdonad caballero− dijo la señora de Chevreuse− , pero me aguija la curiosidad de saber con quién estoy hablando. Es incontestable que sois persona que pertenecéis a la corte, y no obstante nunca os he visto en palacio. ¿Por ventura salís de la Bastilla?
− No, señora− respondió Athos sonriéndose− , más podría darse el caso de que estuviese en la vía que a ella conduce.
− ¡Ah! si es así, apresuraos a decirme quién sois y marchaos, repuso la duquesa con el gracejo que tan bien le sentaba, pues ya estoy bastante comprometida para añadir leña al fuego.
− ¿Quién soy señora? Ya os han dicho mi nombre, soy el conde de La Fere. Este nombre lo habéis ignorado hasta ahora pero en otros días ostentaba yo otro que tal vez llegó a vuestros oídos, pero que tal vez habréis olvidado.
− ¿Cuál?
− Athos.
La duquesa abrió unos ojos tamaños; era evidente que, como dijera el conde, aquel nombre se había conservado en la memoria de la dama, aunque muy confuso entre sus antiguos recuerdos,
− ¿Athos decís? Aguardaos un instante− dijo la duquesa− ; y se llevó las manos a la frente como para obligar a las fugitivas ideas que en ella bullían que se fijaran por un instante, a fin de ver claro en medio de su brillante y abigarrado tropel.
− ¿Queréis que os ayude a recordar, señora? − dijo Athos
− Si que quiero− respondió la duquesa, ya fatigada de buscar.
− El tal Athos era amigo de tres jóvenes mosqueteros que se llamaban Artagnan, Porthos y...
Athos se interrumpió.
− Y Aramis, añadió con viveza la señora de Chevreuse.
− Esto es− repuso Athos− . ¿Con que no habéis olvidado del todo ese nombre?
− No− respondió la duquesa. ¡Pobre Aramis! Era un caballero cumplido, elegante, discreto y no mal poeta: creo que ha tenido mal paradero.
− Peor no podía tenerlo señora: se hizo cura.
− ¡Que desgracia! − profirió la duquesa jugando negligentemente con su abanico− . Os doy las gracias caballero.
− ¿De qué, señora?
− De haberme refrescado ese recuerdo, uno de los más gratos de mi juventud.
− ¿Entonces me permitís que os refresque otro? − preguntó Athos.
− ¿Referente a él?
− Si y no.
− Decid, con un hombre como vos lo arriesgo todo− repuso la duquesa.
− Aramis− continuó Athos− , tenía relaciones con una joven lencera de Tours.
− ¿Una lencera de Tours? − exclamó la señora de Chevreuse.
− Si, señora, una prima suya, a quién llamaban María Michón.
− ¡Ah! la conozco− profirió la señora de Chevreuse− , es la persona a quién él escribía desde el sitio de La Rochela para ponerla sobre aviso respecto de una conspiración que se estaba tramando contra el pobre Buckingham.
− Justamente− dijo Athos− ; ¿me autorizáis para que os hable de ella?
La señora de Chevreuse miró con atención a Athos.
− Os autorizo− dijo− , pero con una condición, y es que no digáis demasiado mal de ella.
− Si así lo hiciera, sería yo un ingrato− profirió Athos− , y para mí la ingratitud, más que una falta o un crimen, es un vicio, lo cual resulta peor.
− ¡Qué! ¿Vos ingrato para María Michón?− dijo la duquesa esforzándose en leer en los ojos de Athos− . ¿Cómo puede ser si nunca habéis conocido personalmente?
− Quién sabe, señora− replicó Athos− . Hay un refrán que dice que solamente las montañas son las que nunca se encuentran, y los refranes son a veces el evangelio.
− Continuad, caballero, continuad− dijo con viveza la señora de Chevreuse− ; no podéis figuraos cuánto me distrae vuestra conversación.
− Me dais alientos, señora; voy a proseguir pues. Aquella prima de Aramis, María Michón, en una palabra, la joven lencera, a pesar de su condición vulgar estaba relacionada con elevadísimos personajes; daba título de amiga a las más ilustres damas de la corte, y la reina misma, no obstante ser ésta tan orgullosa en su doble condición de austriaca y española, la apellidaba su hermana.
− ¡Ay!− dijo la duquesa lanzando un ligero suspiro y arrugando un poco el ceño− , ¡Cuánto han cambiado las cosas desde esa época!
− Y la reina tenía razón− prosiguió Athos− ; porque la lencera era devotísima hasta el extremo de servirle de intermediario con su hermano, el rey de España.
− Lo cual le tachan hoy como un crimen− repuso la señora de Chevreuse.
− Tanto es así− contiunó Athos− , que el cardenal, el verdadero cardenal, el duque de Richelieu, a lo mejor resolvió hacer arrestar a la pobre María Michón y encerrarla en el castillo de Loches. Afortunadamente, las cosas no pudieron llevarse a término tan en secreto que no transpiraran. El caso estaba previsto y si a María Michón le amagaba algún peligro, la reina debía hacer llegar a manos de la lencera un libro de horas encuadernado en terciopelo verde...
− Esto es, caballero− interrumpió la duquesa− : bien instruido estáis.
− Cierta mañana, María Michón recibió por mano del príncipe de Marcillac el libro. No había ni un instante que perder. Por suerte, María Michón y una de sus doncellas, apellidada Ketty, vestían admirablemente el traje de hombre. El príncipe procuró a María Michón un traje de caballero y otro de lacayo para Ketty, amén de des briosos caballos, y las dos fugitivas salieron precipitadamente de Tours, tomando el camino de España, temerosas y por sendas extraviadas y solicitando hospitalidad donde no encontraban mesón o venta que les acogiese.
− En verdad, no puede ser más exacto lo que estáis contando− profirió la duquesa batiendo palmas− . Realmente sería curioso...
− ¿Que yo siguiese a las dos fugitivas hasta el término de su viaje? − repuso Athos al ver que la señora de Chevreuse se interrumpía− . No señora, no abusaré robándoos el tiempo; solo las acompañaré hasta una pequeña aldea del Limosín situada entre Tulle y Angulema, una aldehuela conocida con el nombre de Roche.l’Abeille.
La señora de Chevreuse lanzó un gritito de sorpresa y miró a Athos con asombro, que hizo sonreír al antiguo mosquetero.
− No os apresuréis, señora− prosiguió Athos− , pues lo que me falta deciros es todavía más extraño que lo dicho hasta aquí.
− Caballero− replicó la duquesa− , como os tengo por brujo, todo lo espero; pero en verdad... no importa, proseguid.
− Aquel día la jornada había sido larga y fatigosa. Era el 11 de octubre; en la aldehuela aquella no había posada ni castillo, y las casas de los campesinos eran muy míseras y sucias. María Michón que era persona grandemente aristocrática y lo mismo que la reina, su hermana, estaba acostumbrada a los buenos olores y a la lencería fina, resolvió pues, pedir hospitalidad en casa del párroco.
Athos hizo una pausa.
− ¡Oh! Continuad, continuad− exclamó la duquesa− , ya os he dicho que lo esperaba todo.
− Las dos viajeras llamaron a la puerta− prosiguió el conde− , y como era tarde y el cura estaba acostado, éste les gritó desde la cama que podían entrar. Así lo hicieron tanto más fácilmente cuanto la puerta no estaba cerrada, como suele ocurrir en todas las aldeas. En el cuarto en el que estaba el cura, había luz, y María Michón, que hacía el más bizarro caballero del mundo, empujó la puerta, metió la cabeza por la abertura y pidió hospitalidad.
− Con mucho gusto, mi joven caballero, contestó el cura, siempre y cuando os contentéis con los relieves de mi cena y la mitad de mi cuarto.
Las dos viajeras se consultaron un instante, cruzaron dos palabras en voz baja, se rieron, y luego el señor, o mejor dicho la señora respondió:
− Gracias, señor cura, acepto.
- Pues entonces cenad y haced el menor ruido posible, repuso el cura, pues yo también he corrido todo el día y no me sabría mal dormir esta noche.
La señora de Chevreuse caminaba evidentemente de sorpresa en sorpresa; de asombro en asombro; ya no estaba admirada, si no estupefacta, y miraba a Athos con expresión indecible; bien se conocía en sus ojos el deseo que tenía de hablar, pero con todo se callaba, temerosa de perder una palabra de su interlocutor.
− ¿Qué más? ¿Qué más? − exclamó la duquesa.
− ¿Qué más? − Repuso Athos− . Ahí está lo más difícil duquesa.
− No importa, a mi pueden decírmelo todo− replicó la señora de Chevreuse− . Después de todo, eso no me atañe a mi, sino a la señorita María Michón.
− Es cierto− profirió Athos. Pues sí, María Michón cenó con su doncella, y en cenando y aprovechándose de la licencia del cura, entró en el cuarto en que aquél descansaba, mientras Ketty se acomodaba en un sillón de la primera pieza, es decir, en aquella misma habitación donde habían cenado.
− En verdad, caballero− repuso la duquesa− , si no sois el mismísimo demonio, no se como podéis ser dueño de tales pormenores.
− ¡Qué mujer más encantadora María Michón!− prosiguió Athos; era una de esas atolondradas criaturas a quienes incesantemente se les ocurren las ideas más singulares, un ser de esos que no vienen al mundo más que para perdición de los hombres. Ahora bien, sabiendo quién era su hospedador, pensó que sería en medio de cuantos otros alegres recuerdos que ya conservaba, agenciarse para su vejez el alegre recuerdo de haber condenado a un sacerdote.
− Palabra que me asustáis, conde− dijo la duquesa.
− ¡Ay!− repuso Athos− , el pobre cura no era un San Ambrosio, y, lo repito, María Michón era una mujer adorable.
− Caballero− excalmó la señora de Chevreuse cogiendo las manos de su interlocutor, decidme al punto cómo han llegado a vuestra noticia todos esos pormenores, o envío por un fraile al convento de San Agustín para que os exorcice.
− Nada más fácil, señora− contestó Athos riéndose− . Un caballero, encargado de una comisión importante, había llegado a casa del cura en demanda de hospitalidad una hora antes que vos, y esto en el instante en que el buen sacerdote, llamado a prestar sus auxilios a un moribundo, salía por toda la noche, no solamente de la rectoría, sino de la aldea. El ministro de Dios, lleno de confianza en su huésped, que de otra parte era un hidalgo, le abandonó casa, cena y cama. Así pues, no fue el buen párroco, sino el huésped de este a quién pidió hospitalidad María Michón.
− ¿Y aquel caballero, aquel huésped, aquel noble que llegara antes que ella?...
− Era yo, el conde de La Fere− respondió Athos levantándose y saludando respetuosamente a la duquesa.
La duquesa se quedó por un instante asombrada, luego echándose a reír, exclamó:
− Por mi fe que el caso es extraño y que la atolondrada María Michón halló mejor que no esperaba. Sentaos, señor conde, y hacedme la merced de proseguir vuestro relato.
− No falta más que decir el mea culpa, señora. Yo os he dicho que también yo viajaba en cumplimiento de una comisión urgente; al amanecer, pues, salí silenciosamente de la habitación dejando dormir a mi hermoso compañero de cama. En la primera pieza también estaba durmiendo, con la cabeza descansada en el respaldo del sillón, la doncella, por cierto digna de la señora, y como su lindo rostro me llamara la atención, acérqueme, y conocí en ella a Ketty, a quién Aramis colocara en casa de la viajera. Así fue como supe que esta éra...
− ¡María Michón!− dijo con viveza la señora de Chevreuse.
− María Michón, repuso Athos. Entonces me salí de la rectoría, y me encaminé a la cuadra, donde encontré mi caballo ya ensillado, y a mi lacayo que me estaba aguardando, y partí al instante.
− ¿Y nunca jamás habéis vuelto a pasar por aquella aldea? − preguntó con solicitud la señora de Chevreuse.
− Un año después, señora.
− ¿Os ocurrió algo?
− Quise volver a ver al buen cura, y lo encontré sumamente preocupado con lo que acababa de pasar y que para él era un verdadero enigma. Figuraos, señora, que ocho días antes había recibido una cuna con un precioso niño de tres meses, una bolsa llena de monedas de oro y un papel que no contenía más que estas sencillas palabras: “11 de octubre de 1633”
− Era la fecha de aquella aventura singular− profirió la señora de Chevreuse.
− Bueno, si, pero el párroco no entendía jota; lo único que él sabía era que había pasado aquella noche a la cabecera de un moribundo, porque María Michón también había salido del pueblo antes que el cura hubiese regresado a la rectoría.
− Ya sabéis, caballero− repuso la duquesa− , que cuando María Michón regresó a Francia, en 1634, hizo pedir noticias de aquel niño, al cual no podía conservar a su lado por estar fugitiva, pero, de vuelta en París, se proponía educarlo bajo su vigilancia inmediata.
− ¿Y qué le dijo el párroco a María Michón?− preguntó Athos.
− Que un señor a quién él no conocía se había llevado consigo al niño prometiendo asegurar su porvenir.
− Y era la verdad.
− ¡Ah! ahora todo lo comprendo− profirió la duquesa− ; aquel señor erais vos, su padre.
− No habléis tan recio, señora− dijo Athos− ; está ahí.
− ¡Que está ahí!− exclamó la señora de Chevreuse levantándose de repente− ; ¡mi hijo, el hijo de María Michón está ahí! ¡Quiero verlo al instante!...
− Señora, tened cuidado− atajó Athos− , ved que no conoce a su padre ni a su madre.
− Comprendo, conde; habéis guardado el secreto, y me lo traéis de esta suerte imaginando cuán dichosa ibais a hacerme. ¡Oh! Gracias, señor conde− profirió la duquesa cogiendo la mano de Athos y esforzándose en besársela; gracias; tenéis el corazón más noble del mundo.
− Os lo traigo, señora− dijo Athos retirando la mano− para que a vuestra vez hagáis algo por él. Hasta ahora he velado yo por su educación, y estoy muy seguro que he hecho de él un caballero cumplido; pero obligado a anudar la vida errante y peligrosa del partidario, no más tarde de mañana me lanzo a un negocio en el que puedo perder la vida, y entonces no le quedaría más que vos para guardarlo en medio del proceloso mal de la soledad, donde está llamado a ocupar un sitio.
− Tranquilizaos, conde, exclamó la señora de Chevreuse. Por desgracia gozo hoy de poco favor, pero el poco que me queda lo emplearé en el suyo; en cuanto a su fortuna y a su título...
− No os inquiete eso, señora; le he sustituido en la tierra de Bragelona, que tengo yo en herencia, la cual le da el titulo de vizconde y una modesta renta de diez mil libras.
− Es indudable que sois todo un caballero− profirió la duquesa− ; pero tengo prisa de ver a nuestro joven vizconde. ¿Dónde está?
− Ahí afuera, en el salón; con vuestra licencia voy a llamarlo− dijo Athos.
El conde dio un paso hacia la puerta, pero la señora de Chevreuse lo detuvo preguntándole:
− ¿Es guapo?
− Se parece a su madre− respondió Athos sonriéndose(...)
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6.01.2004
Los Tres Mosqueteros
Capítulo V [Los mosqueteros del rey y los guardias del cardenal]
En París, no conocía a nadie Artagnan, así es que se dirigió al sitio en que había quedado citado con Athos, sin cuidarse de buscar padrino, decidido a contentarse con los que llevara su adversario. Por otra parte había hecho propósito firme de dar al valiente mosquetero todas las excusas convenientes, aunque sin muestras de flaqueza, temiendo que el estado en el que se encontraba, no le fuese en ningún caso favorable, pues vencido se engrandecería el triunfo de su antagonista, y vencedor podía ser acusado de felonía.
En cuanto a lo demás, o no hemos delineado bien el carácter de nuestro joven aventurero, o el lector habrá debido conocer que no era un hombre vulgar. Así es que, repitiéndose mil veces que su muerte era inevitable, no por eso se resignaría a morir tranquilamente como hubiera hecho quizás en su lugar otro, no tan valiente ni tan casado. Reflexionó acerca de los distintos caracteres de las personas con quienes iba a batirse y empezó a ver más clara su situación. Esperaba, por medio de las disculpas leales que llevaba preparadas, ganarse la amistad de Athos, cuyo aire de gran señor y grave continente le agradaban sobremanera. Lisonjeábase de infundir miedo a Porthos con la aventura del tahalí, la cual, en caso de quedar él con vida, podía contar a todo el mundo y diestramente manejada pondría a Porthos en ridículo; y por último, respecto al disimulado Aramís, no concebía el menor temor, y en la suposición de que pudiese llegar a medir su acero con él, se proponía despacharle pronto y bien, o cuando menos, herirlo en el rostro, como aconsejaba César que se hiciese con los soldados de Pompeyo, y estropear para siempre aquella belleza de que se manifestaban tan orgullosos.(...)
(...)Cuando Artagnan llegó a divisar el terreno despoblado que se extendía al pie de aquel monasterio, hacía solo cinco minutos que Athos estaba aguardando y daban las doce en aquel momento. Fue pues tan puntual como la samaritana; y el casuista más exigente en materia de duelos, nada hubiera tenido que decir.
Athos que sufría cruelmente con su herida, aún cuando había sido nuevamente curada por el cirujano del señor de Treville, se hallaba sentado en un guardacantón, esperando a su adversario con aquel continente tranquilo y aquel aire de dignidad que jamás le abandonaban. En cuanto vió a Artagnan se levantó y dio algunos pasos como era para salirle al encuentro. Este por su parte se acercó a su adversario con la gorra en la mano y arrastrando la pluma por el suelo.
−¡Caballero!−dijo Athos, he citado a dos amigos míos que han de servir de padrinos, pero no han llegado todavía. Me admira que tarden tanto, pues no es esta su costumbre.
−Yo no traigo padrino,−dijo Artagnan−porque habiendo llegado ayer a París, no conozco nadie más que al señor de Treville, a quién he venido recomendado por mi padre, que tiene el honor de contarse de algún modo entre sus amigos.
Athos quedó por un momento pensativo.
−¿No conocéis a nadie más que al señor de Treville?−preguntó
−A nadie más, caballero.
−Eso es otra cosa,−continuó Athos, hablando en parte consigo mismo y en parte con Artagnan−pues veo que si os mato, tendré todas las apariencias de un traga−niños
−No tanto, caballero,−repuso Artagnan con un saludo que no carecía de dignidad;−no tanto, pues me hacéis el honor de batiros conmigo, a pesar de la herida que os deberá incomodar mucho.
−Mucho me incomoda, a fe mía, porque os advierto que me habéis hecho un daño de todos los diablos; pero tiraré con la mano izquierda, que es mi costumbre en semejantes circunstancias. No vayáis a creer por eso que os concedo ninguna ventaja, pues me bato igualmente con una mano que con otra. Aún será peor para vos, porque un zurdo es sumamente embarazoso para las personas que no están acostumbradas; así es que siento no haberos manifestado esta circunstancia.
−Seguramente, caballero,−dijo Artagnan inclinándose de nuevo−tenéis una cortesanía a la que no puedo menos que estar agradecido.
−Me dejáis confuso, joven−replicó Athos con el aire de dignidad que le era propio; hablemos de otra cosa, si os parece. ¡Canario, y cuanto mal me habéis hecho! El hombro se me arde.
−Si me permitieses...−dijo Artagnan con timidez
−¿El qué?
−Tengo un bálsamo maravilloso para las heridas, bálsamo que me regaló mi madre, y cuyos buenos efectos he tenido ocasión de experimentar en mi mismo.
−¿Y qué os ocurre?
−Mirad, estoy seguro que en menos de tres días este bálsamo es curaría; pasado este término y cuando ya estuvieseis perfectamente curado, sería un honor para mi medir con vos mi espada.
Artagnan pronunció estas palabras con una sencillez que realzaba en extremo su cortesanía, sin que por ello menoscabe en lo más mínimo su valor.
−Por vida mía, caballero,−dijo Athos−ved ahí una proposición que me agrada, aún cuando de ningún modo piense aceptarla, pues desde luego está indicando que es la expresión de todo un caballero. Así era como hablaban y se conducían aquellos héroes del tiempo de Carlo Magno, que debieran servirnos de modelo; pero desgraciadamente no nos hallamos en los tiempos del grande emperador, si no en los del cardenal, y de aquí a tres días llegarían a saber, por muy guardado que estuviera el secreto, que debemos batirnos, y tratarían de impedirlo... pero ¡que diablos! Esos calmosos parece que no quieren venir.
−Si tenéis mucha prisa−dijo Artagnan a Athos con la misma sencillez con que poco antes le había propuesto diferir el duelo por tres adías,−si tenéis mucha prisa y deseáis despacharme sin pérdida de tiempo, no os detengáis por eso.
−He ahí otra proposición que me agrada sobremanera.−dijo Athos haciendo un gracioso movimiento con la cabeza−y que revela en la persona que así se produce, talento y valor. Caballero, me gustan los hombres de verdadero temple, y si no nos matamos uno a otros, tendré un verdadero placer en cultivar vuestro trato. Esperemos a esos caballeros, si no lo lleváis a mal, pues tengo tiempo de sobra, y así irá todo más en regla. ¡Ah! Ya creo que tenemos ahí a uno de ellos.
En efecto, al extremo de la calle de Vaugirard se distinguía al hercúleo Porthos.
−¡Cómo!−exclamó Artagnan−, ¿es M. Porthos uno de vuestros testigos?
−Si, por cierto; ¿os desagrada acaso?
−De ningún modo.
Artagnan se volvió hacia donde Athos dirigía su vista, y reconoció a Aramís.
−¡Cómo!−exclamó aún más admirado que la primera vez−; ¿es M. Aramís vuestro segundo testigo?
−Ciertamente; ¿no sabíais que jamás se nos ve al uno sin los otros, y que nos llaman entre los mosqueteros y entre los guardias, en el palacio y en la ciudad, Athos, Porthos y Aramís o los tres inseparables? Nada tiene de extraño, pues ocmo acabáis de llegar de Dax o de Pau...
−De Trabes, interrumpió Artagnan
−No tenéis motivo para saber esta circunstancia, prosiguió Athos.
−A fe mía,−dijo Artagnan, vuestro nombre es en extremo conocido, y si mi aventura llega a hace algún ruido, probará al menos que vuestra unión no se halla fundada en meros contrastes.
A este tiempo se acercó Porthos, saludó con la mano a Athos y volviéndose a Artagnan, se quedó algo sorprendido.
Debemos notar de paso que había cambiado de tahalí y se había quitado la capa.
−¡Hola!−exclamó−: ¡qué significa esto?
−Este es el caballero con quién voy a batirme,−dijo Athos indicando a Artagnan y saludándole con la mano−
−También yo debo batirme con él,−dijo Porthos
−Pero a la una, que es la hora convenida−repuso Artagnan.
−Y yo también estoy citado con este caballero,−dijo Aramís llegando a su vez a donde estaban sus compañeros.
−A las dos, añadió Artagnan con la misma calma.
−¿Y cual es el motivo de tu duelo?−preguntó Aramís a Athos.
−El haberme tropezado en el hombro, causándome un daño terrible.
−Y tu Porthos, ¿por qué te bates?
−Me bato... porque me bato,−respondió Porthos poniéndose colorado−.Athos, a quién nada se le escapaba, sorprendió una ligera sonrisa en los labios del gascón.
−Hemos tenido una disputa sobre el modo de vestir,−dijo el joven.
−¿Y tú, Aramís?−preguntó Athos.
−¿Yo? Por una cuestión teológica,−respondió Aramís haciéndole una señal a Artagnan, como rogándole que guardase secreto sobre la causa del desafío.
Athos descubrió otra sonrisa en los labios de Artagnan.
−¿De veras?−dijo Athos.
−De veras; un punto de San Agustín, sobre el cual no estamos acordes, respondió el gascón.
−Seguramente es hombre de talento,−dijo para si Athos.
−Ahora que estáis reunidos, caballeros, permitidme haceros presentes mis disculpas.
Al oír la palabra disculpas, la frente de Athos se cubrió de una nube sombría; una desdeñosa sonrisa vagó entre los labios de Porthos, y un signo negativo fue la respuesta de Aramís.
−No me comprendéis, caballeros,−dijo Artagnan levantando su cabeza, sobre la cual caía en aquel momento un rayo de sol que doraba las facciones delicadas y atrevidas de su fisonomía−; yo pretendo excusarme para el caso en que no pueda satisfacer mi deuda a los tres, porque M. Athos tiene el derecho de matarme primero, lo que quita mucho de su valor a vuestra deuda, M. Porthos, y hace la vuestra casi incobrable, M. Aramís. Y ahora, caballeros, os lo repito, excusadme, pero solo en este concepto; ¡en guardia!
A estas palabras y del modo más noble que imaginarse pueda, Artagnan tiró de su espada.
La sangre se le había subido a la cabeza, y en aquel momento habría medido sus armas con todos los mosqueteros del reino, como lo hacía entonces con Athos, Porthos y Aramís.
Eran las dos y cuarto. El sol se hallaba en su cenit, y el sitio escogido para teatro del duelo se hallaba expuesto a oda la fuerza de sus rayos.
−Mucho calor hace,−dijo Athos sacando a su vez la espada−; sin embargo, no me atrevo a quitarme la ropilla, porque he sentido ahora poco que de mi herida brotaba sangre, y temería incomodar a este caballero mostrándole sangre que no hubiese derramado por su propia mano.
−Ciertamente, caballero, repuso Artagnan; ya sea derramada por mí o por otro, os aseguro que veré siempre con mucho pesar la sangre de un hombre tan valiente; me batiré pues, con ropilla lo mismo que vos.
−¡Vamos, vamos!,−dijo Porthos, basta de cumplimientos y tened presente que esperamos nuestro turno.
−Hablad por vos sólo, Porthos, cuando se os ocurra decir cosas tan fuera de propósito,−interrumpió Aramís; pues por lo que a mi hace, encuentro muy en su lugar lo que estos caballeros se dicen, y me pacer muy propio de hombres de honor.
−Cuando gustéis, caballero,−dijo Athos poniéndose en guardia.
−Esperaba vuestras órdenes,−dijo Artagnan cruzando su espada−.
Pero apenas habían chocado las dos armas enemigas, cuando un piquete de guardias de su eminencia mandado por M. de Jussac, apareció por una de las esquinas del convento.
−¡Los guardias del cardenal!−exclamaron a un tiempo Porthos y Aramís−. ¡Envainad las espadas!
Pero ya era tarde. Los combatientes habían sido sorprendidos en una actitud que no dejaba la menor duda acerca de sus intenciones.
−¡Hola!−gritó Jussac adelantándose hacia ellos y haciendo señal a sus hombres de que lo imitaran; ¡hola! Mosqueteros, ¡un desafío! ¿y los edictos de qué sirven?
−Sois por cierto muy generosos, señores guardias,−dijo Athos encolerizando porque Jussac era uno de los agresores del la antevíspera. Si viésemos nosotros que ibais a batiros, seguros podíais estar de que no os lo estorbaríamos. Dejadnos, pues, terminar nuestras diferencias, y os proporcionaréis con ello un rato de placer que no os costará nada.
−Señores,−dijo Jussac−, con mucho sentimiento os anuncio que me es imposible acceder a vuestros deseos. El deber es antes de todo: con que así, envainad vuestras espadas y seguidnos.
−Caballero,−dijo Aramís remedando a Jussac, con mucho placer obedeceríamos a la graciosa invitación que acabáis de hacernos, si eso dependiera de nosotros, pero desgraciadamente no es posible, porque al señor de Treville nos lo ha prohibido; con que así, seguid vuestro camino que es lo mejor que podéis hacer.
Esta salida exasperó a Jussac.
−Os daremos una carga si tratáis de desobedecer,−exclamó.
−Ellos son cinco,−dijo Athos a media voz−, y nosotros no somos más que tres; vamos a ser derrotados y tendremos que morir aquí, pues por mi parte declaro formalmente que no me vuelvo a presentar vencido delante del capitán.
Athos, Porthos y Aramís se aproximaron unos a otros mientras Jussac alineaba a sus soldados.
Este momento bastó a Artagnan para tomar su partido, era este uno de aquellos acontecimientos que deciden de la suerte de un hombre; tenía que elegir entre el rey y el cardenal, y perseverar en su elección una vez que la hubiese hecho. Batirse, es decir, contravenir la ley, o en otros términos, arriesgar su cabeza, haciéndose de un golpe enemigo en la persona del ministro, más poderosa que la del mismo rey; he aquí las reflexiones que se agolparon a imaginación del joven; pero debemos decir en elogio suyo que no titubeó ni un momento. Así es que, volviéndose a Athos y a sus amigos:
−Señores,−les dijo−, tengo que hacer una observación a vuestras palabras. Habéis dicho que no erais más que tres, pero a mi me parece que somos cuatro.(...)
En París, no conocía a nadie Artagnan, así es que se dirigió al sitio en que había quedado citado con Athos, sin cuidarse de buscar padrino, decidido a contentarse con los que llevara su adversario. Por otra parte había hecho propósito firme de dar al valiente mosquetero todas las excusas convenientes, aunque sin muestras de flaqueza, temiendo que el estado en el que se encontraba, no le fuese en ningún caso favorable, pues vencido se engrandecería el triunfo de su antagonista, y vencedor podía ser acusado de felonía.
En cuanto a lo demás, o no hemos delineado bien el carácter de nuestro joven aventurero, o el lector habrá debido conocer que no era un hombre vulgar. Así es que, repitiéndose mil veces que su muerte era inevitable, no por eso se resignaría a morir tranquilamente como hubiera hecho quizás en su lugar otro, no tan valiente ni tan casado. Reflexionó acerca de los distintos caracteres de las personas con quienes iba a batirse y empezó a ver más clara su situación. Esperaba, por medio de las disculpas leales que llevaba preparadas, ganarse la amistad de Athos, cuyo aire de gran señor y grave continente le agradaban sobremanera. Lisonjeábase de infundir miedo a Porthos con la aventura del tahalí, la cual, en caso de quedar él con vida, podía contar a todo el mundo y diestramente manejada pondría a Porthos en ridículo; y por último, respecto al disimulado Aramís, no concebía el menor temor, y en la suposición de que pudiese llegar a medir su acero con él, se proponía despacharle pronto y bien, o cuando menos, herirlo en el rostro, como aconsejaba César que se hiciese con los soldados de Pompeyo, y estropear para siempre aquella belleza de que se manifestaban tan orgullosos.(...)
(...)Cuando Artagnan llegó a divisar el terreno despoblado que se extendía al pie de aquel monasterio, hacía solo cinco minutos que Athos estaba aguardando y daban las doce en aquel momento. Fue pues tan puntual como la samaritana; y el casuista más exigente en materia de duelos, nada hubiera tenido que decir.
Athos que sufría cruelmente con su herida, aún cuando había sido nuevamente curada por el cirujano del señor de Treville, se hallaba sentado en un guardacantón, esperando a su adversario con aquel continente tranquilo y aquel aire de dignidad que jamás le abandonaban. En cuanto vió a Artagnan se levantó y dio algunos pasos como era para salirle al encuentro. Este por su parte se acercó a su adversario con la gorra en la mano y arrastrando la pluma por el suelo.
−¡Caballero!−dijo Athos, he citado a dos amigos míos que han de servir de padrinos, pero no han llegado todavía. Me admira que tarden tanto, pues no es esta su costumbre.
−Yo no traigo padrino,−dijo Artagnan−porque habiendo llegado ayer a París, no conozco nadie más que al señor de Treville, a quién he venido recomendado por mi padre, que tiene el honor de contarse de algún modo entre sus amigos.
Athos quedó por un momento pensativo.
−¿No conocéis a nadie más que al señor de Treville?−preguntó
−A nadie más, caballero.
−Eso es otra cosa,−continuó Athos, hablando en parte consigo mismo y en parte con Artagnan−pues veo que si os mato, tendré todas las apariencias de un traga−niños
−No tanto, caballero,−repuso Artagnan con un saludo que no carecía de dignidad;−no tanto, pues me hacéis el honor de batiros conmigo, a pesar de la herida que os deberá incomodar mucho.
−Mucho me incomoda, a fe mía, porque os advierto que me habéis hecho un daño de todos los diablos; pero tiraré con la mano izquierda, que es mi costumbre en semejantes circunstancias. No vayáis a creer por eso que os concedo ninguna ventaja, pues me bato igualmente con una mano que con otra. Aún será peor para vos, porque un zurdo es sumamente embarazoso para las personas que no están acostumbradas; así es que siento no haberos manifestado esta circunstancia.
−Seguramente, caballero,−dijo Artagnan inclinándose de nuevo−tenéis una cortesanía a la que no puedo menos que estar agradecido.
−Me dejáis confuso, joven−replicó Athos con el aire de dignidad que le era propio; hablemos de otra cosa, si os parece. ¡Canario, y cuanto mal me habéis hecho! El hombro se me arde.
−Si me permitieses...−dijo Artagnan con timidez
−¿El qué?
−Tengo un bálsamo maravilloso para las heridas, bálsamo que me regaló mi madre, y cuyos buenos efectos he tenido ocasión de experimentar en mi mismo.
−¿Y qué os ocurre?
−Mirad, estoy seguro que en menos de tres días este bálsamo es curaría; pasado este término y cuando ya estuvieseis perfectamente curado, sería un honor para mi medir con vos mi espada.
Artagnan pronunció estas palabras con una sencillez que realzaba en extremo su cortesanía, sin que por ello menoscabe en lo más mínimo su valor.
−Por vida mía, caballero,−dijo Athos−ved ahí una proposición que me agrada, aún cuando de ningún modo piense aceptarla, pues desde luego está indicando que es la expresión de todo un caballero. Así era como hablaban y se conducían aquellos héroes del tiempo de Carlo Magno, que debieran servirnos de modelo; pero desgraciadamente no nos hallamos en los tiempos del grande emperador, si no en los del cardenal, y de aquí a tres días llegarían a saber, por muy guardado que estuviera el secreto, que debemos batirnos, y tratarían de impedirlo... pero ¡que diablos! Esos calmosos parece que no quieren venir.
−Si tenéis mucha prisa−dijo Artagnan a Athos con la misma sencillez con que poco antes le había propuesto diferir el duelo por tres adías,−si tenéis mucha prisa y deseáis despacharme sin pérdida de tiempo, no os detengáis por eso.
−He ahí otra proposición que me agrada sobremanera.−dijo Athos haciendo un gracioso movimiento con la cabeza−y que revela en la persona que así se produce, talento y valor. Caballero, me gustan los hombres de verdadero temple, y si no nos matamos uno a otros, tendré un verdadero placer en cultivar vuestro trato. Esperemos a esos caballeros, si no lo lleváis a mal, pues tengo tiempo de sobra, y así irá todo más en regla. ¡Ah! Ya creo que tenemos ahí a uno de ellos.
En efecto, al extremo de la calle de Vaugirard se distinguía al hercúleo Porthos.
−¡Cómo!−exclamó Artagnan−, ¿es M. Porthos uno de vuestros testigos?
−Si, por cierto; ¿os desagrada acaso?
−De ningún modo.
Artagnan se volvió hacia donde Athos dirigía su vista, y reconoció a Aramís.
−¡Cómo!−exclamó aún más admirado que la primera vez−; ¿es M. Aramís vuestro segundo testigo?
−Ciertamente; ¿no sabíais que jamás se nos ve al uno sin los otros, y que nos llaman entre los mosqueteros y entre los guardias, en el palacio y en la ciudad, Athos, Porthos y Aramís o los tres inseparables? Nada tiene de extraño, pues ocmo acabáis de llegar de Dax o de Pau...
−De Trabes, interrumpió Artagnan
−No tenéis motivo para saber esta circunstancia, prosiguió Athos.
−A fe mía,−dijo Artagnan, vuestro nombre es en extremo conocido, y si mi aventura llega a hace algún ruido, probará al menos que vuestra unión no se halla fundada en meros contrastes.
A este tiempo se acercó Porthos, saludó con la mano a Athos y volviéndose a Artagnan, se quedó algo sorprendido.
Debemos notar de paso que había cambiado de tahalí y se había quitado la capa.
−¡Hola!−exclamó−: ¡qué significa esto?
−Este es el caballero con quién voy a batirme,−dijo Athos indicando a Artagnan y saludándole con la mano−
−También yo debo batirme con él,−dijo Porthos
−Pero a la una, que es la hora convenida−repuso Artagnan.
−Y yo también estoy citado con este caballero,−dijo Aramís llegando a su vez a donde estaban sus compañeros.
−A las dos, añadió Artagnan con la misma calma.
−¿Y cual es el motivo de tu duelo?−preguntó Aramís a Athos.
−El haberme tropezado en el hombro, causándome un daño terrible.
−Y tu Porthos, ¿por qué te bates?
−Me bato... porque me bato,−respondió Porthos poniéndose colorado−.Athos, a quién nada se le escapaba, sorprendió una ligera sonrisa en los labios del gascón.
−Hemos tenido una disputa sobre el modo de vestir,−dijo el joven.
−¿Y tú, Aramís?−preguntó Athos.
−¿Yo? Por una cuestión teológica,−respondió Aramís haciéndole una señal a Artagnan, como rogándole que guardase secreto sobre la causa del desafío.
Athos descubrió otra sonrisa en los labios de Artagnan.
−¿De veras?−dijo Athos.
−De veras; un punto de San Agustín, sobre el cual no estamos acordes, respondió el gascón.
−Seguramente es hombre de talento,−dijo para si Athos.
−Ahora que estáis reunidos, caballeros, permitidme haceros presentes mis disculpas.
Al oír la palabra disculpas, la frente de Athos se cubrió de una nube sombría; una desdeñosa sonrisa vagó entre los labios de Porthos, y un signo negativo fue la respuesta de Aramís.
−No me comprendéis, caballeros,−dijo Artagnan levantando su cabeza, sobre la cual caía en aquel momento un rayo de sol que doraba las facciones delicadas y atrevidas de su fisonomía−; yo pretendo excusarme para el caso en que no pueda satisfacer mi deuda a los tres, porque M. Athos tiene el derecho de matarme primero, lo que quita mucho de su valor a vuestra deuda, M. Porthos, y hace la vuestra casi incobrable, M. Aramís. Y ahora, caballeros, os lo repito, excusadme, pero solo en este concepto; ¡en guardia!
A estas palabras y del modo más noble que imaginarse pueda, Artagnan tiró de su espada.
La sangre se le había subido a la cabeza, y en aquel momento habría medido sus armas con todos los mosqueteros del reino, como lo hacía entonces con Athos, Porthos y Aramís.
Eran las dos y cuarto. El sol se hallaba en su cenit, y el sitio escogido para teatro del duelo se hallaba expuesto a oda la fuerza de sus rayos.
−Mucho calor hace,−dijo Athos sacando a su vez la espada−; sin embargo, no me atrevo a quitarme la ropilla, porque he sentido ahora poco que de mi herida brotaba sangre, y temería incomodar a este caballero mostrándole sangre que no hubiese derramado por su propia mano.
−Ciertamente, caballero, repuso Artagnan; ya sea derramada por mí o por otro, os aseguro que veré siempre con mucho pesar la sangre de un hombre tan valiente; me batiré pues, con ropilla lo mismo que vos.
−¡Vamos, vamos!,−dijo Porthos, basta de cumplimientos y tened presente que esperamos nuestro turno.
−Hablad por vos sólo, Porthos, cuando se os ocurra decir cosas tan fuera de propósito,−interrumpió Aramís; pues por lo que a mi hace, encuentro muy en su lugar lo que estos caballeros se dicen, y me pacer muy propio de hombres de honor.
−Cuando gustéis, caballero,−dijo Athos poniéndose en guardia.
−Esperaba vuestras órdenes,−dijo Artagnan cruzando su espada−.
Pero apenas habían chocado las dos armas enemigas, cuando un piquete de guardias de su eminencia mandado por M. de Jussac, apareció por una de las esquinas del convento.
−¡Los guardias del cardenal!−exclamaron a un tiempo Porthos y Aramís−. ¡Envainad las espadas!
Pero ya era tarde. Los combatientes habían sido sorprendidos en una actitud que no dejaba la menor duda acerca de sus intenciones.
−¡Hola!−gritó Jussac adelantándose hacia ellos y haciendo señal a sus hombres de que lo imitaran; ¡hola! Mosqueteros, ¡un desafío! ¿y los edictos de qué sirven?
−Sois por cierto muy generosos, señores guardias,−dijo Athos encolerizando porque Jussac era uno de los agresores del la antevíspera. Si viésemos nosotros que ibais a batiros, seguros podíais estar de que no os lo estorbaríamos. Dejadnos, pues, terminar nuestras diferencias, y os proporcionaréis con ello un rato de placer que no os costará nada.
−Señores,−dijo Jussac−, con mucho sentimiento os anuncio que me es imposible acceder a vuestros deseos. El deber es antes de todo: con que así, envainad vuestras espadas y seguidnos.
−Caballero,−dijo Aramís remedando a Jussac, con mucho placer obedeceríamos a la graciosa invitación que acabáis de hacernos, si eso dependiera de nosotros, pero desgraciadamente no es posible, porque al señor de Treville nos lo ha prohibido; con que así, seguid vuestro camino que es lo mejor que podéis hacer.
Esta salida exasperó a Jussac.
−Os daremos una carga si tratáis de desobedecer,−exclamó.
−Ellos son cinco,−dijo Athos a media voz−, y nosotros no somos más que tres; vamos a ser derrotados y tendremos que morir aquí, pues por mi parte declaro formalmente que no me vuelvo a presentar vencido delante del capitán.
Athos, Porthos y Aramís se aproximaron unos a otros mientras Jussac alineaba a sus soldados.
Este momento bastó a Artagnan para tomar su partido, era este uno de aquellos acontecimientos que deciden de la suerte de un hombre; tenía que elegir entre el rey y el cardenal, y perseverar en su elección una vez que la hubiese hecho. Batirse, es decir, contravenir la ley, o en otros términos, arriesgar su cabeza, haciéndose de un golpe enemigo en la persona del ministro, más poderosa que la del mismo rey; he aquí las reflexiones que se agolparon a imaginación del joven; pero debemos decir en elogio suyo que no titubeó ni un momento. Así es que, volviéndose a Athos y a sus amigos:
−Señores,−les dijo−, tengo que hacer una observación a vuestras palabras. Habéis dicho que no erais más que tres, pero a mi me parece que somos cuatro.(...)
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Los Tres Mosqueteros
Capítulo IV [El hombro de Athos, el Tahalí de Porthos y el pañuelo de Aramís]
Artagnan, furioso, había atravesado la antecámara en tres brincos, y precipitándose hacia la escalera, contaba asimismo bajar sus escalones de cuatro en cuatro, cuando, impulsado por la violencia de la carrera, fue a chocar contra un mosquetero que salía de la habitación de Treville por una puerta secreta, y golpeándose con la frente en un hombro, le hizo dar un grito, o por mejor decir, un aullido.
−Perdonad− dijo Artagnan, tratando de continuar su carrera;−perdonad, pues estoy muy de prisa.
No había bajado aún el primer escalón cuando sintió una mano de hierro que le asió fuertemente por el cuello y le detuvo .
−¡Estáis de prisa!−exclamó el mosquetero pálido como la cera;−¿y os parece que basta con un simple “perdonad” para excusar vuestro atropello? De ningún modo, joven. ¿Creéis, porque habéis oído hoy al señor de Treville, hablarnos ago descortésmente, que puede tratársenos del mismo modo que él nos habla? Estáis muy equivocado, camarada, vos no sois el señor de Treville.
−A fe mía−respondió Artagnan, que reconoció a Athos, el cual después que el doctor terminó la cura se volvía a su habitación;−a fe mía que tropecé con vos sin querer y no habiéndolo hecho de intento. Os he pedido perdón. Me parece bastante. Os repito, sin embargo, bajo palabra de honor, y acaso hago más de lo que debiera, que estoy de prisa, muy de prisa; con que así, soltadme, os lo suplico, y dejadme ir a lo que tengo que hacer.
−Caballero,−dijo Athos soltándose,−no tenéis educación; ya se conoce que acabáis de llegar desde muy lejos.
Artagnan había ya bajado tres o cuatro escalones, pero a la observación que hizo Athos, se detuvo.
−¡Por vida mía!, caballero−exclamó−venga de donde quiera, no seréis vos el que me haya de dar una lección de cortesanía; yo os lo aseguro.
−Puede que si,−dijo Athos.
−¡Ah! Si no estuviera de prisa−exclamó Artagnan−y no me urgiera más pillar a otro...
−Señor apresurado, a mi me podéis encontrar sin necesidad de correr, ¿entendéis?
−¿Y dónde?
−Junto al Carmen Descalzo.
−¿A qué hora?
−A las doce del día.
−¿A las doce? Bien, ahí estaré.
−Procurad no hacerme esperar mucho, porque os prevengo que a las doce y cuarto seré yo el que corra tras de vos y os cortaré las orejas a la carrera.
−Bien,−dijo Artagnan;−estaré a las doce menos diez minutos. Y apretó a correr como si el diablo le llevara, esperando encontrar a su desconocido, el cual con el paso lento al que caminaba, no podía estar todavía muy lejos.
Pero en la puerta de la calle estaba Porthos hablando con uno de los guardias. Había entre ambos el espacio justo para que pasara un hombre, y creyendo Artagnan que ese espacio era bastante, se lanzó por entre ellos. Desgraciadamente no había contado con el viento, el cual, a tiempo de pasar Artagnan, arremolinó la capa de Porthos, y le obstruyó el paso.
Sin duda, Porthos tenía sus razones para abandonar esta parte esencial de su traje, pues en vez de dejar libremente la tela, tiró hacia si envolviendo en ella a Artagnan, por un movimiento de rotación, que puede explicarse por la violenta resistencia del obstinado Porthos.
Artagnan, que oía jurar al mosquetero, quiso salir por debajo de la capa que le cegaba, y procuraba escurrirse por entre los pliegues. Lo que más temía era el haber estropeado el magnífico tahalí del que ya hemos hecho mención; pero al abrir tímidamente los ojos, se halló con su nariz pegada a las espaldas de Porthos, precisamente sobre el tahalí, ¡Ay! Esta brillante prenda, lo mismo que la mayor parte de las cosas de este mundo, que solo tiene apariencia, era de oro por delante y de simple badana por detrás. Porthos, como hombre de rumbo, ya que no podía gastar un tahalí entero de oro, llevaba al menos la mitad; y ahora podrá comprenderse mejor la necesidad del constipado y la urgencia de la capa.
−¡Canario!−gritó Porthos haciendo los mayores esfuerzos para desembarazarse de Artagnan que le bullía en las espaldas; estáis loco por fuerza para arrojaros de esa manera sobre la gente.
−Perdonad,−dijo Artagnan, apareciendo por debajo del hombro del gigante;−iba a toda prisa en persecución de uno, y...
−¿Y olvidáis los ojos por ventura cuando corréis?−preguntó Porthos.
−No, por cierto,−contestó Artagnan algo picado;−no por cierto, y gracias a mis ojos, he visto lo que no ven los demás.
Porthos comprendió o no comprendió la alusión, pero lo cierto fue, que dejándose llevar por su cólera...
−Os prevengo, caballero−dijo−que si os rozáis de esa manera con los mosqueteros, vais a quedar almohazado como las caballerías.
−¿Almohazado? Caballero,−dijo Artagnan−la palabra es algo dura.
−La que conviene a un hombre acostumbrado a mirar siempre de frente a sus enemigos.
−¡Oh! Ya me figuro que no volvéis la espalda a los vuestros.
Y el joven, encantado de su agudeza, se alejó riéndose a más y mejor.
Porthos se montó en cólera, e hizo un movimiento como para precipitarse contra Artagnan.
−Más tarde, más tarde,−le gritó este−cuando no llevéis la capa.
−Pues a la una detrás de Luxemburgo.
−Muy bien, a la una−replicó Artagnan doblando la esquina de la calle.(...)
(...)Fuera de esto, se había comprometido con dos hombres capaces cada uno de matar a tres Artagnanes; con dos mosqueteros, en fin, individuos de un cuerpo respetable y a quienes colocaba allá en sus adentros sobre todos los demás hombres.
La situación era penosa. Seguro iba a ser muerto por Athos, para nada se acordaba de Porthos. Sin embargo, como la esperanza es lo último que abandona el corazón del hombre, llegó a imaginarse que podría sobrevivir, si bien con terribles heridas, a aquellos dos duelos, y para el caso de supervivencia se hizo las reconvenciones siguientes:
−¡Qué aturdido y terco soy! Ese valiente y desgraciado Athos estaba precisamente herido en el hombro, contra el cual fui a topar como un carnero. Lo que me admira es que no me haya dejado allí seco, y hubiera hecho muy bien, porque el dolor que le habré causado ha debido ser atroz. En cuanto a Porthos, ¡oh! En cuanto a Porthos, a fe mía que es la cosa más graciosa. Y el joven echó a reír sin querer, mirando no obstante, si por casualidad esa risa sin motivo a los ojos de las personas que le mirasen, podía ofender a algún transeúnte. En cuanto a Porthos, es cosa más graciosa, pero no por eso soy menos aturdido. ¿Es correcto acaso echarse así sobre la gente sin avisar de antemano, y mirar bajo la capa lo que a mi no me importaba? Él me hubiera perdonado si no le hubiese ido a hablar de ese maldito tahalí en palabras embozadas, aunque embozadas con cierta gracia. ¡Vamos! soy un maldito gascón, y sería capaz de estarme burlando sobre las parrillas en que me asaran. Vaya, pues, amigo Artagnan,−continuó hablando consigo mismo con toda la calma que creía convenirle;−si escapas de esta, cosa que será difícil, es preciso que te citen como modelo; ser prudente y bien educado no es ser cobarde. Ahí tienes a Aramís que es la gracia, la dulzura en persona. Y bien, ¿ha podido decir alguien que Aramís sea un cobarde? No por cierto, y desde ahora me propongo tomarle en todo por modelo. Justamente le veo allí.
Artagnan, caminando sin cesar a pesar de hablar consigo mismo, había llegado a algunos pasos de la calle de Aiguillón, delante de la cual había visto que estaba Aramís en conversación con tres caballeros, guardias del rey. Aramís por su parte no había dejado de conocer a Artagnan; pero recordando que el señor de Treville se había acalorado fuertemente aquella mañana delante de ese joven, y no siéndole de modo alguno agradable la presencia de un testigo de las reconvenciones que aquél había dirigido a los mosqueteros, hizo, como suele decirse, la vista gorda.
Artagnan, por el contrario, muy en ánimo de seguir sus planes de conciliación y cortesía, se aproximó a los cuatro jóvenes, haciéndoles un profundo saludo acompañado de una graciosa sonrisa... Aramís inclinó ligeramente la cabeza, pero sin manifestar la más leve sonrisa. Por lo demás, los cuatro interrumpieron al punto su conversación.
Artagnan no era tan negado que no conociese que estaba allí de sobra, pro no tenía aún bastante mundo para salir airosamente de una posición falsa, como es generalmente la de un hombre que se reúne a personas a quienes apenas conoce, y se mezcla en una conversación que no le concierne. Buscaba, pues, interiormente un medio de sacarse lo menos mal posible de aquella situación embarazosa, cuando advirtió que Aramís había dejado caer en el sueño su pañuelo, y sin duda por inadvertencia tenía el pie puesto encima. Parecióle oportuna la ocasión de reparar su falta, y bajándose con el aire más gracioso que pudo, sacó el pañuelo de debajo del pie del mosquetero, a pesar de los esfuerzos que éste hacía para retenerlo, y entregándoselo dijo:
−Creo, caballero, que sentiríais perder este pañuelo.
El pañuelo estaba, en efecto, ricamente bordado, y se veía marcada una de sus puntas con unas armas y una corona. Aramís se puso encendido como el carmín y arrebató más bien que tomó el pañuelo de las manos del gascón.
−¡Hola! ¡Hola!−exclamó uno de los guardias.−¿Dirás ahora, discreto Aramís, que estáis en desgracia con madama de Bois Tracy, cuando esta hechicera dama tiene la atención de prestarte sus pañuelos?
Aramís lanzó a Artagnan una de esas miradas que hacen comprender a un hombre que acaba de hacerse un mortal enemigo, y añadió en seguida, recobrando su habitual dulzura.
−Os equivocáis, caballeros, este pañuelo no me pertenece, y no se por qué este hombre ha tenido el capricho de entregármelo a mí más bien que a cualquiera de vosotros; en prueba de ello, ved aquí el mío.
Diciendo esto, sacó del bolsillo su pañuelo, que era también muy elegante y de fina batista, sin embargo de que este género costaba en aquella época muy caro; pero no tenía bordado alguno, ni armas, y solo la cifra de su propietario.
Por esta vez Artagnan se quedó cortado enteramente, pues había conocido su torpeza. Pero los amigos de Aramís no se dejaron convencer a pesar de su negativa, y dirigiéndose uno de ellos al joven mosquetero, afectando un aire serio:
−Si fuera cierto lo que manifiestas,−le dijo−querido Aramís, me vería precisado a reclamártelo, pues como sabes, Bois Tracy es uno de mis íntimos amigos, y no puedo consentir que sirvan de trofeo las prendas de su mujer.
−No reclamarías debidamente,−respondió Aramís−y aún cuando reconociese la justicia de tu reclamación en cuanto al fondo, la resistiría en cuanto a la forma.
−El hecho es, añadió Artagnan con timidez, que no he visto caer el pañuelo del bolsillo del señor Aramís, sino solamente que éste tenía puesto el pie encima y he creído por esta circunstancia que el pañuelo era suyo.
−Y os habéis equivocado, querido señor−repuso con frialdad Aramís, muy poco satisfecho con semejante expresión. Y volviéndose en seguida hacia el guardia que se había manifestado amigo de Bois Tracy, continuó:−por otra parte, señor amigo íntimo de Bois Tracy me considero tan amigo de este caballero como tu mismo, y por consiguiente el pañuelo ha podido muy bien haberse caído tanto de tu bolsillo como del mío.
−No, a fe mía−exclamó el guardia de S.M.
−Tu jurarás por tu honor y yo bajo mi palabra, de modo que uno de los dos tendrá forzosamente que mentir. Hagamos, pues, una cosa mejor. Montarán y tomaremos cada uno la mitad.
−¿Del pañuelo?
−Si.
−Perfectamente,−exclamaron los otros dos guardias:−el juicio de Salomón.
−Por vida nuestra, Aramís, que eres hombre de ingenio.
Los jóvenes prorrumpieron en sonoras carcajadas, y como es de presumir, el asunto no tuvo otras consecuencias. Un instante después cesó a conversación, y los tres guardias y el mosquetero, apretándose cordialmente las manos, se marcharon, aquellos por un lado y Aramís por el otro.
−He aquí el momento de hacer las paces con este apuesto mancebo−dijo entre sí Artagnan, que se había mantenido algo apartado durante la última parte de aquella conversación; y acercándose con ese buen propósito a Aramís, el cual se alejaba sin parar mientes en él:
−Caballero,−le dijo−espero que tendréis la bondad de perdonarme.
−¡Caballero!−interrumpió Aramís−permitidme que os diga que no os habéis conducido en esta ocasión como conviene a una persona de honor.
−¡Qué! Supondréis...
−Supongo que no seréis un necio, y que sabréis muy bien, aunque recién venido de Gascuña, que no se pisan sin motivos particulares los pañuelos de bolsillo. París no se halla emparedado de bestias.
−Siento, caballero, que tratéis de humillarme de ese modo−repuso Artagnan, en quién el genio camorrista principiaba a sobreponerse a sus resoluciones pacíficas.−Soy gascón, es verdad, y supuesto que lo sabéis, no tendré necesidad de deciros que los de mi país son un poco sufridos, y que cuando han llegado a dar sus excusas, aunque sea por una necesidad, creen que han hecho la mitad y más de lo que les corresponde.
−Caballero, lo que os he dicho,−replicó Aramís−no es en ningún modo con ánimo de armar disputa. A Dios gracias no soy espadachín, y no siendo mosquetero más que interinamente, nunca me bato, sino cuando me veo precisado a ello, y eso con grande repugnancia. Pero esta vez, el negocio es grave, porque ay de por medio una dama a quién habéis comprometido.
−¡Yo! ¡Pues está bueno!−exclamó Artagnan.
−¿Por qué habéis cometido la torpeza de levantar ese pañuelo del suelo?
−¿Y por qué habéis cometido vos la torpeza de dejarlo caer?
−Ya os he dicho, y lo repito, caballero, que ese pañuelo no ha caído de mi bolsillo.
−¡Pues bien! Ya habéis mentido con ésta dos veces, porque yo mismo lo he visto caer.
−¡Hola ¡Lo tomáis en este tono, señor gascón! Pues bien, ya os enseñaré a vivir.
−¡Ya os lo dirán de misas, señor clérigo! Tirad al momento de vuestra espada.
−No haré tal, si lo tenéis a bien, amigo, o por lo menos, no en este sitio, ¿No veis que estamos frente a la casa de Aguillón, que está toda llena de hechuras del cardenal? ¿Quién me asegura que su eminencia no os haya encargado que le llevéis mi cabeza? Y os prevengo que la quiero con exceso, porque me parece que sienta muy bien sobre mis hombros. No rehúso mataros; en cuanto a este punto podéis estar tranquilo; pero deseo mataros con menos bulla, en un sitio cerrado y cubierto donde no podáis jactaros de vuestra muerte con persona alguna.
−Puede que así sea, pero con todo no confiéis demasiado, y llevad vuestro pañuelo, bien os pertenezca o no, porque tal vez tengáis que hacer uso de él.
−Sois gascón−repuso Aramís socarronamente.
−Si, pero el gascón nunca diferiría un duelo por una prudencia.
−Caballero, la prudencia e una virtud bastante inútil para los mosqueteros, pero indispensable a la gente de la iglesia; y como yo no soy mosquetero sino provisionalmente, necesito ser prudente. A las dos tendré el honor de esperaros en el palacio del señor de Treville. Ahí os indicaré sitio muy a propósito.
Saludáronse los jóvenes y en seguida se alejó Aramís subiendo por la calle que conducía al Luxemburgo, mientras Artagnan, viendo que se acercaba la ora, tomaba el camino del Carmen Descalzo, diciendo para si:
−Seguramente ya no puedo volverme atrás; pero al menos, si he de ser muerto, lo seré por un mosquetero.
Artagnan, furioso, había atravesado la antecámara en tres brincos, y precipitándose hacia la escalera, contaba asimismo bajar sus escalones de cuatro en cuatro, cuando, impulsado por la violencia de la carrera, fue a chocar contra un mosquetero que salía de la habitación de Treville por una puerta secreta, y golpeándose con la frente en un hombro, le hizo dar un grito, o por mejor decir, un aullido.
−Perdonad− dijo Artagnan, tratando de continuar su carrera;−perdonad, pues estoy muy de prisa.
No había bajado aún el primer escalón cuando sintió una mano de hierro que le asió fuertemente por el cuello y le detuvo .
−¡Estáis de prisa!−exclamó el mosquetero pálido como la cera;−¿y os parece que basta con un simple “perdonad” para excusar vuestro atropello? De ningún modo, joven. ¿Creéis, porque habéis oído hoy al señor de Treville, hablarnos ago descortésmente, que puede tratársenos del mismo modo que él nos habla? Estáis muy equivocado, camarada, vos no sois el señor de Treville.
−A fe mía−respondió Artagnan, que reconoció a Athos, el cual después que el doctor terminó la cura se volvía a su habitación;−a fe mía que tropecé con vos sin querer y no habiéndolo hecho de intento. Os he pedido perdón. Me parece bastante. Os repito, sin embargo, bajo palabra de honor, y acaso hago más de lo que debiera, que estoy de prisa, muy de prisa; con que así, soltadme, os lo suplico, y dejadme ir a lo que tengo que hacer.
−Caballero,−dijo Athos soltándose,−no tenéis educación; ya se conoce que acabáis de llegar desde muy lejos.
Artagnan había ya bajado tres o cuatro escalones, pero a la observación que hizo Athos, se detuvo.
−¡Por vida mía!, caballero−exclamó−venga de donde quiera, no seréis vos el que me haya de dar una lección de cortesanía; yo os lo aseguro.
−Puede que si,−dijo Athos.
−¡Ah! Si no estuviera de prisa−exclamó Artagnan−y no me urgiera más pillar a otro...
−Señor apresurado, a mi me podéis encontrar sin necesidad de correr, ¿entendéis?
−¿Y dónde?
−Junto al Carmen Descalzo.
−¿A qué hora?
−A las doce del día.
−¿A las doce? Bien, ahí estaré.
−Procurad no hacerme esperar mucho, porque os prevengo que a las doce y cuarto seré yo el que corra tras de vos y os cortaré las orejas a la carrera.
−Bien,−dijo Artagnan;−estaré a las doce menos diez minutos. Y apretó a correr como si el diablo le llevara, esperando encontrar a su desconocido, el cual con el paso lento al que caminaba, no podía estar todavía muy lejos.
Pero en la puerta de la calle estaba Porthos hablando con uno de los guardias. Había entre ambos el espacio justo para que pasara un hombre, y creyendo Artagnan que ese espacio era bastante, se lanzó por entre ellos. Desgraciadamente no había contado con el viento, el cual, a tiempo de pasar Artagnan, arremolinó la capa de Porthos, y le obstruyó el paso.
Sin duda, Porthos tenía sus razones para abandonar esta parte esencial de su traje, pues en vez de dejar libremente la tela, tiró hacia si envolviendo en ella a Artagnan, por un movimiento de rotación, que puede explicarse por la violenta resistencia del obstinado Porthos.
Artagnan, que oía jurar al mosquetero, quiso salir por debajo de la capa que le cegaba, y procuraba escurrirse por entre los pliegues. Lo que más temía era el haber estropeado el magnífico tahalí del que ya hemos hecho mención; pero al abrir tímidamente los ojos, se halló con su nariz pegada a las espaldas de Porthos, precisamente sobre el tahalí, ¡Ay! Esta brillante prenda, lo mismo que la mayor parte de las cosas de este mundo, que solo tiene apariencia, era de oro por delante y de simple badana por detrás. Porthos, como hombre de rumbo, ya que no podía gastar un tahalí entero de oro, llevaba al menos la mitad; y ahora podrá comprenderse mejor la necesidad del constipado y la urgencia de la capa.
−¡Canario!−gritó Porthos haciendo los mayores esfuerzos para desembarazarse de Artagnan que le bullía en las espaldas; estáis loco por fuerza para arrojaros de esa manera sobre la gente.
−Perdonad,−dijo Artagnan, apareciendo por debajo del hombro del gigante;−iba a toda prisa en persecución de uno, y...
−¿Y olvidáis los ojos por ventura cuando corréis?−preguntó Porthos.
−No, por cierto,−contestó Artagnan algo picado;−no por cierto, y gracias a mis ojos, he visto lo que no ven los demás.
Porthos comprendió o no comprendió la alusión, pero lo cierto fue, que dejándose llevar por su cólera...
−Os prevengo, caballero−dijo−que si os rozáis de esa manera con los mosqueteros, vais a quedar almohazado como las caballerías.
−¿Almohazado? Caballero,−dijo Artagnan−la palabra es algo dura.
−La que conviene a un hombre acostumbrado a mirar siempre de frente a sus enemigos.
−¡Oh! Ya me figuro que no volvéis la espalda a los vuestros.
Y el joven, encantado de su agudeza, se alejó riéndose a más y mejor.
Porthos se montó en cólera, e hizo un movimiento como para precipitarse contra Artagnan.
−Más tarde, más tarde,−le gritó este−cuando no llevéis la capa.
−Pues a la una detrás de Luxemburgo.
−Muy bien, a la una−replicó Artagnan doblando la esquina de la calle.(...)
(...)Fuera de esto, se había comprometido con dos hombres capaces cada uno de matar a tres Artagnanes; con dos mosqueteros, en fin, individuos de un cuerpo respetable y a quienes colocaba allá en sus adentros sobre todos los demás hombres.
La situación era penosa. Seguro iba a ser muerto por Athos, para nada se acordaba de Porthos. Sin embargo, como la esperanza es lo último que abandona el corazón del hombre, llegó a imaginarse que podría sobrevivir, si bien con terribles heridas, a aquellos dos duelos, y para el caso de supervivencia se hizo las reconvenciones siguientes:
−¡Qué aturdido y terco soy! Ese valiente y desgraciado Athos estaba precisamente herido en el hombro, contra el cual fui a topar como un carnero. Lo que me admira es que no me haya dejado allí seco, y hubiera hecho muy bien, porque el dolor que le habré causado ha debido ser atroz. En cuanto a Porthos, ¡oh! En cuanto a Porthos, a fe mía que es la cosa más graciosa. Y el joven echó a reír sin querer, mirando no obstante, si por casualidad esa risa sin motivo a los ojos de las personas que le mirasen, podía ofender a algún transeúnte. En cuanto a Porthos, es cosa más graciosa, pero no por eso soy menos aturdido. ¿Es correcto acaso echarse así sobre la gente sin avisar de antemano, y mirar bajo la capa lo que a mi no me importaba? Él me hubiera perdonado si no le hubiese ido a hablar de ese maldito tahalí en palabras embozadas, aunque embozadas con cierta gracia. ¡Vamos! soy un maldito gascón, y sería capaz de estarme burlando sobre las parrillas en que me asaran. Vaya, pues, amigo Artagnan,−continuó hablando consigo mismo con toda la calma que creía convenirle;−si escapas de esta, cosa que será difícil, es preciso que te citen como modelo; ser prudente y bien educado no es ser cobarde. Ahí tienes a Aramís que es la gracia, la dulzura en persona. Y bien, ¿ha podido decir alguien que Aramís sea un cobarde? No por cierto, y desde ahora me propongo tomarle en todo por modelo. Justamente le veo allí.
Artagnan, caminando sin cesar a pesar de hablar consigo mismo, había llegado a algunos pasos de la calle de Aiguillón, delante de la cual había visto que estaba Aramís en conversación con tres caballeros, guardias del rey. Aramís por su parte no había dejado de conocer a Artagnan; pero recordando que el señor de Treville se había acalorado fuertemente aquella mañana delante de ese joven, y no siéndole de modo alguno agradable la presencia de un testigo de las reconvenciones que aquél había dirigido a los mosqueteros, hizo, como suele decirse, la vista gorda.
Artagnan, por el contrario, muy en ánimo de seguir sus planes de conciliación y cortesía, se aproximó a los cuatro jóvenes, haciéndoles un profundo saludo acompañado de una graciosa sonrisa... Aramís inclinó ligeramente la cabeza, pero sin manifestar la más leve sonrisa. Por lo demás, los cuatro interrumpieron al punto su conversación.
Artagnan no era tan negado que no conociese que estaba allí de sobra, pro no tenía aún bastante mundo para salir airosamente de una posición falsa, como es generalmente la de un hombre que se reúne a personas a quienes apenas conoce, y se mezcla en una conversación que no le concierne. Buscaba, pues, interiormente un medio de sacarse lo menos mal posible de aquella situación embarazosa, cuando advirtió que Aramís había dejado caer en el sueño su pañuelo, y sin duda por inadvertencia tenía el pie puesto encima. Parecióle oportuna la ocasión de reparar su falta, y bajándose con el aire más gracioso que pudo, sacó el pañuelo de debajo del pie del mosquetero, a pesar de los esfuerzos que éste hacía para retenerlo, y entregándoselo dijo:
−Creo, caballero, que sentiríais perder este pañuelo.
El pañuelo estaba, en efecto, ricamente bordado, y se veía marcada una de sus puntas con unas armas y una corona. Aramís se puso encendido como el carmín y arrebató más bien que tomó el pañuelo de las manos del gascón.
−¡Hola! ¡Hola!−exclamó uno de los guardias.−¿Dirás ahora, discreto Aramís, que estáis en desgracia con madama de Bois Tracy, cuando esta hechicera dama tiene la atención de prestarte sus pañuelos?
Aramís lanzó a Artagnan una de esas miradas que hacen comprender a un hombre que acaba de hacerse un mortal enemigo, y añadió en seguida, recobrando su habitual dulzura.
−Os equivocáis, caballeros, este pañuelo no me pertenece, y no se por qué este hombre ha tenido el capricho de entregármelo a mí más bien que a cualquiera de vosotros; en prueba de ello, ved aquí el mío.
Diciendo esto, sacó del bolsillo su pañuelo, que era también muy elegante y de fina batista, sin embargo de que este género costaba en aquella época muy caro; pero no tenía bordado alguno, ni armas, y solo la cifra de su propietario.
Por esta vez Artagnan se quedó cortado enteramente, pues había conocido su torpeza. Pero los amigos de Aramís no se dejaron convencer a pesar de su negativa, y dirigiéndose uno de ellos al joven mosquetero, afectando un aire serio:
−Si fuera cierto lo que manifiestas,−le dijo−querido Aramís, me vería precisado a reclamártelo, pues como sabes, Bois Tracy es uno de mis íntimos amigos, y no puedo consentir que sirvan de trofeo las prendas de su mujer.
−No reclamarías debidamente,−respondió Aramís−y aún cuando reconociese la justicia de tu reclamación en cuanto al fondo, la resistiría en cuanto a la forma.
−El hecho es, añadió Artagnan con timidez, que no he visto caer el pañuelo del bolsillo del señor Aramís, sino solamente que éste tenía puesto el pie encima y he creído por esta circunstancia que el pañuelo era suyo.
−Y os habéis equivocado, querido señor−repuso con frialdad Aramís, muy poco satisfecho con semejante expresión. Y volviéndose en seguida hacia el guardia que se había manifestado amigo de Bois Tracy, continuó:−por otra parte, señor amigo íntimo de Bois Tracy me considero tan amigo de este caballero como tu mismo, y por consiguiente el pañuelo ha podido muy bien haberse caído tanto de tu bolsillo como del mío.
−No, a fe mía−exclamó el guardia de S.M.
−Tu jurarás por tu honor y yo bajo mi palabra, de modo que uno de los dos tendrá forzosamente que mentir. Hagamos, pues, una cosa mejor. Montarán y tomaremos cada uno la mitad.
−¿Del pañuelo?
−Si.
−Perfectamente,−exclamaron los otros dos guardias:−el juicio de Salomón.
−Por vida nuestra, Aramís, que eres hombre de ingenio.
Los jóvenes prorrumpieron en sonoras carcajadas, y como es de presumir, el asunto no tuvo otras consecuencias. Un instante después cesó a conversación, y los tres guardias y el mosquetero, apretándose cordialmente las manos, se marcharon, aquellos por un lado y Aramís por el otro.
−He aquí el momento de hacer las paces con este apuesto mancebo−dijo entre sí Artagnan, que se había mantenido algo apartado durante la última parte de aquella conversación; y acercándose con ese buen propósito a Aramís, el cual se alejaba sin parar mientes en él:
−Caballero,−le dijo−espero que tendréis la bondad de perdonarme.
−¡Caballero!−interrumpió Aramís−permitidme que os diga que no os habéis conducido en esta ocasión como conviene a una persona de honor.
−¡Qué! Supondréis...
−Supongo que no seréis un necio, y que sabréis muy bien, aunque recién venido de Gascuña, que no se pisan sin motivos particulares los pañuelos de bolsillo. París no se halla emparedado de bestias.
−Siento, caballero, que tratéis de humillarme de ese modo−repuso Artagnan, en quién el genio camorrista principiaba a sobreponerse a sus resoluciones pacíficas.−Soy gascón, es verdad, y supuesto que lo sabéis, no tendré necesidad de deciros que los de mi país son un poco sufridos, y que cuando han llegado a dar sus excusas, aunque sea por una necesidad, creen que han hecho la mitad y más de lo que les corresponde.
−Caballero, lo que os he dicho,−replicó Aramís−no es en ningún modo con ánimo de armar disputa. A Dios gracias no soy espadachín, y no siendo mosquetero más que interinamente, nunca me bato, sino cuando me veo precisado a ello, y eso con grande repugnancia. Pero esta vez, el negocio es grave, porque ay de por medio una dama a quién habéis comprometido.
−¡Yo! ¡Pues está bueno!−exclamó Artagnan.
−¿Por qué habéis cometido la torpeza de levantar ese pañuelo del suelo?
−¿Y por qué habéis cometido vos la torpeza de dejarlo caer?
−Ya os he dicho, y lo repito, caballero, que ese pañuelo no ha caído de mi bolsillo.
−¡Pues bien! Ya habéis mentido con ésta dos veces, porque yo mismo lo he visto caer.
−¡Hola ¡Lo tomáis en este tono, señor gascón! Pues bien, ya os enseñaré a vivir.
−¡Ya os lo dirán de misas, señor clérigo! Tirad al momento de vuestra espada.
−No haré tal, si lo tenéis a bien, amigo, o por lo menos, no en este sitio, ¿No veis que estamos frente a la casa de Aguillón, que está toda llena de hechuras del cardenal? ¿Quién me asegura que su eminencia no os haya encargado que le llevéis mi cabeza? Y os prevengo que la quiero con exceso, porque me parece que sienta muy bien sobre mis hombros. No rehúso mataros; en cuanto a este punto podéis estar tranquilo; pero deseo mataros con menos bulla, en un sitio cerrado y cubierto donde no podáis jactaros de vuestra muerte con persona alguna.
−Puede que así sea, pero con todo no confiéis demasiado, y llevad vuestro pañuelo, bien os pertenezca o no, porque tal vez tengáis que hacer uso de él.
−Sois gascón−repuso Aramís socarronamente.
−Si, pero el gascón nunca diferiría un duelo por una prudencia.
−Caballero, la prudencia e una virtud bastante inútil para los mosqueteros, pero indispensable a la gente de la iglesia; y como yo no soy mosquetero sino provisionalmente, necesito ser prudente. A las dos tendré el honor de esperaros en el palacio del señor de Treville. Ahí os indicaré sitio muy a propósito.
Saludáronse los jóvenes y en seguida se alejó Aramís subiendo por la calle que conducía al Luxemburgo, mientras Artagnan, viendo que se acercaba la ora, tomaba el camino del Carmen Descalzo, diciendo para si:
−Seguramente ya no puedo volverme atrás; pero al menos, si he de ser muerto, lo seré por un mosquetero.
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