No puedo evitar escribir esto, Dumas en realidad me hace pensar en nada más que sus libros, no por nada son mis favoritos! Aunq tengo que admitir una cosa, adoro a Dumas, siempre lo he dicho, pero no he leído más que estos tres libros suyos, aunq estoy por empezar uno q se llama, me parece, 45 hombres, o 45 espadas... algo así, y estoy buscando el Conde de Montecristo, q por laguna extraña razón no he encontrado, pero adoro a Dumas, adoro sus libros, estos tres los he leído, releído y más una y otra vez, simplemente no me cansa, además, desde la primera vez he llorado en las partes que deben hacer llorar a una (y además soy una llorona, pero la verdad que vale llorar!! Es tan triste!!) no puedo evitarlo! Desde la primera vez q los mosqueteros se reúnen para ver como se han ido todos por caminos separados, en esa q parece en un principio q ya nada podrá unirlos... lloré y lloré y seguiré llorando!! Es horrible ><!! Y otra vez estoy q muero entre lágrimas, recién acabé con el Vizconde y, Hades!!! Como me hace llorar!! Es espantoso >< pero amo ese libro, diría que el Vizconde es mi favorito de no ser que los otros dos también me parecen terriblemente maravillosos, no puedo evitarlo, es del tipo de libros que una vez que los tienes en las manos simplemente no puedes bajar, no puedo dejarlo hasta q se acabe, esta vez, haciendo gala de las vacaciones, he terminado al querido Vizconde en tres noches, amo ese libro ><!!
Además, tengo q decir una cosa q nada q ver con los libros, excepto por el nombre. De todas las películas que he visto al respecto, la que me parece menos mala, aunq nada acertada es la última de la Máscara de Hierro, pero tiene sentido, una película que tenga a Malkovich, Irons y Depardieu ya es desde un principio buena, o así lo veo yo, ellos tres son de los que considero grandes en lo que hacen, la peli es terriblemente rosa, lo cual el libro no es nada, para empezar, la poca importancia q le dan al pobre Raúl, estúpido Raúl!! ><!!! Me costó leer el Vizconde tres veces para empezar a no-odiarlo o-O pero es q no puedo evitarlo, por su tontería es que mi amado Athos pierde todas las ganas de vivir, todo por una estúpida niñita!! Estúpida Luisa, a ella la odio aún más!! Aunq es una tontería de Raúl el enojarse... hago berrinche pq mi prometida prefiere ser cortejada pro el rey, si bueno, ya sabíamos q La Valliere es estúpida, afortunadamente su futuro es malo, es su culpa la muerte de Raúl!! Así q bien merecido se lo tiene! ><!! Si la niña se hubiera dignado al menos en escribir una notita a Raúl q dijera: mi querido Vizconde, le amo como puedo amar a un hermano, pero mi amor es para el rey... tan complicado era?? Tal vez así Raúl se hubiera casado con María en Londres y toos serían felices!! ><!! Pero eso no se ve en la peli... pero aún así me gusta, además, quién mejor q Malkovich para hacer el papel de Athos?? La vdd q están perfectos los personajes, incluso Artagnan, incluso Luis!! Aunq debo decir una cosa, la segunda vez q leí el Vizconde, aunq ya sabía que pasaba, esperaba q el pobre Felipe (o Phillip, si lo prefieren o-O) quitara a su hermano del trono y todo, aunq el otoosan siempre dice que no se puede saber de cierto cual de los dos es el que queda en el trono, yo sigo creyendo que es claro que fue el Luis original, aunq tengo q aceptar que al final hay partes en las que he pensado que es su hermano, sea como sea, mientras leía me esperaba que llegara de repente diCaprio y sacara a Luis del trono, pero no llego diCaprio (gracias a Hades!!). Es triste la última aparición del pobre príncipe, la tengo guardada con el resto de las partes, pasajes, capítulos, frases que me parecen importantes del libro, las fui anotando mientras leía. El otoosan me regañó, dice que así no puedo disfrutar el libro, pero por Hades q lo disfruté igual que siempre!! Leí, reí, lloré y luego anotaba; aunq hubo algunas que si me perdí, recuperé unas cuantas, pero por ejemplo, por estar metida en los celos del duque de Orleáns, me olvidé de anotar una de las mejores frases referentes a Enriqueta, y cuando la busqué otra vez no la encontré, y es una lástima pq era buena! Pero yo hablaba de la última vez q se ve a Felipe:
XCV. Prisionero y carceleros.
−Venid caballero,−dijo SaintMars bruscamente al preso al ver que persistía en mirar más allá de las murallas.-Venid, repito, caballero.
−Decid monseñor,−gritó desde su rincón Athos a Saint-Mars con una voz tan solemne y terrible, que el gobernador se estremeció de los pies a la cabeza.
Athos exigía el respeto a la majestad caída.
El preso se volvió, al tiempo que Saint-Mars decía:
−¿Quién ha hablado?
−Yo,−respondió Artagnan, mostrándose en seguida.-Ya sabéis que está en la orden.
−¡No me llaméis caballero ni monseñor!−dijo a su vez el preso con voz que conmovió a Raúl hasta lo más hondo de sus entrañas;-¡llamadme maldito!
El preso siguió adelante, y tras él chirrió la férrea puerta.
−¡He ahí un hombre desventurado! −exclamó con voz sorda Artagnan, mostrando a Raúl el calabozo del príncipe.
Y el estúpido de Raúl va y se hace matar, desventura la del pobre Phillip!! Él tenía a una mujer mil veces mejor q la estúpida La Valliere y la dejó por un capricho infantil!! Los odio a todos!! Además, no se, las mujeres de este libro no son lo q eran al principio, el capítulo en el que la Chevreuse va a hablar con Aramís, Colbert y la reina, bien podría llamarse: en el que Dumas demuestra que aún en esta época hay mujeres de verdad. Es que por Hades que no hay comparación!! Yo leía las tonterías de las niñas de la corte, y no se podía comparar en nada lo que había sido cuando Luis XIII, la corte es tan diferente! Cuando Treville era capitán y Luis XIII reinaba, eso era una corte!! Eso eran intrigas! Eso es lo que este libro no tiene! Las doncellas son todas tan tontas! Ya nadie sabe lo que es una intriga, no saben lo que es destrozar a sus competidoras!! Nadie se compara con la legendaria María Michón!! Oh!! Qué será de la pobre María Michón?! Ella si que sabía como manejarlo todo! Me encanta esa parte en la que le saca no-c-cuantos escudos a Colbert. Aquí están las cartas auténticas de Mazarino, repuso la duquesa sin dejar de reírse; y además, de estar ellas en vuestras manos, la duquesa de Chevreuse se ha desnudado en vuestra presencia como si hubierais sido... no quiero decirlo para que no os enorgullezcáis ú os enceléis. Hades! Q de todas me parece la mejor mujer del reino, ella, y, porque no? Milady, era una bruja, pero si que sabía como hacer las cosas! Si hasta su vástago, era bueno en algo!
Les dejo, pasen una linda tarde!
1.03.2006
El Vizconde de Bragelona
Capítulo XCV [Prisionero y Carceleros]
−Venid caballero; dijo SaintMars bruscamente al preso al ver que persistía en mirar más allá de las murallas.−Venid, repito, caballero.
−Decid, monseñor,−gritó desde su rincón Athos a Saint-Mars con voz tan solemne y terrible, que el gobernador se estremeció de los pies a la cabeza.
Athos exigía respeto a la majestad caída.
El preso se volvió, al tiempo que Saint-Mars decía:
−¿Quién ha hablado?
−Yo,−respondió Artagnan, mostrándose en seguida.−Ya sabéis que está en la orden.
−¡No me llaméis caballero ni monseñor!−dijo a su vez el preso con voz que conmovió a Raúl hasta lo más hondo de sus entrañas;−¡Llamadme maldito!
El preso siguió adelante, tras él chirrió la férrea puerta.
−¡He ahí un hombre desventurado!−exclamó con voz sorda Artagnan, mostrando a Raúl el calabozo del príncipe.
Capítulo CXI [El Epitafio de Porthos]
Le parecía que la amenazadora y altiva peña se erguía, como antes se irguiera Porthos, y levantaba hasta el cielo la cabeza risueña e invencible como la del probo y valiente amigo, el más fuerte de los cuatro y, sin embargo, muerto el primero.
¡Quién sabe si fue el rocío, o si fueron las primeras lágrimas que derramaran los ojos de Aramís!
¡Oh buen Porthos! ¿Qué epitafio hubiera valido lo que aquél?
Capítulo CXVI [El Ángel de la Muerte]
Hasta en el sueño eterno, Athos conservó la plácida y sincera sonrisa que debía acompañarle a la tumba.
Capítulo CXVIII [La Muerte de Artagnan]
Daban al rey tanto lustre las victorias del mosquetero, que la Montespán ya no llamó al monarca más que Luis el invencible; así es que La Valliere, que sólo llamaba al soberano Luis el victorioso, perdió mucho en el favor de su majestad.
Epílogo
De los cuatro valientes cuya historia hemos narrado, no quedaba más que uno solo: este era Aramís. La fuerza, la nobleza y el valor se habían remontado a Dios; la astucia, más hábil les sobrevivió y moró sobre la tierra.
−Venid caballero; dijo SaintMars bruscamente al preso al ver que persistía en mirar más allá de las murallas.−Venid, repito, caballero.
−Decid, monseñor,−gritó desde su rincón Athos a Saint-Mars con voz tan solemne y terrible, que el gobernador se estremeció de los pies a la cabeza.
Athos exigía respeto a la majestad caída.
El preso se volvió, al tiempo que Saint-Mars decía:
−¿Quién ha hablado?
−Yo,−respondió Artagnan, mostrándose en seguida.−Ya sabéis que está en la orden.
−¡No me llaméis caballero ni monseñor!−dijo a su vez el preso con voz que conmovió a Raúl hasta lo más hondo de sus entrañas;−¡Llamadme maldito!
El preso siguió adelante, tras él chirrió la férrea puerta.
−¡He ahí un hombre desventurado!−exclamó con voz sorda Artagnan, mostrando a Raúl el calabozo del príncipe.
Capítulo CXI [El Epitafio de Porthos]
Le parecía que la amenazadora y altiva peña se erguía, como antes se irguiera Porthos, y levantaba hasta el cielo la cabeza risueña e invencible como la del probo y valiente amigo, el más fuerte de los cuatro y, sin embargo, muerto el primero.
¡Quién sabe si fue el rocío, o si fueron las primeras lágrimas que derramaran los ojos de Aramís!
¡Oh buen Porthos! ¿Qué epitafio hubiera valido lo que aquél?
Capítulo CXVI [El Ángel de la Muerte]
Hasta en el sueño eterno, Athos conservó la plácida y sincera sonrisa que debía acompañarle a la tumba.
Capítulo CXVIII [La Muerte de Artagnan]
Daban al rey tanto lustre las victorias del mosquetero, que la Montespán ya no llamó al monarca más que Luis el invencible; así es que La Valliere, que sólo llamaba al soberano Luis el victorioso, perdió mucho en el favor de su majestad.
Epílogo
De los cuatro valientes cuya historia hemos narrado, no quedaba más que uno solo: este era Aramís. La fuerza, la nobleza y el valor se habían remontado a Dios; la astucia, más hábil les sobrevivió y moró sobre la tierra.
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12.03.2005
Veinte Años Después
Capítulo XXII [Una Aventura de María Michón]
(...) Respiraba tanta nobleza la persona que acababan de anunciar bajo un nombre para la señora de Chevreuse hasta entonces desconocido, que ésta se incorporó e hizo al conde una afable seña de que se sentara junto a ella.
Athos saludó y obedeció, y al ver que el lacayo iba a retirarse, levantó la mano como para indicarle que aguardase un momento.
− Señora, dijo a la duquesa, he sido bastante audaz para presentarme en vuestro palacio sin tener la honra de ser conocido por vos; y que el buen éxito ha coronado mi atrevimiento, lo prueba el que os hayáis dignado recibirme. Ahora me animo a solicitar de vos que me prestéis media hora de atención.
− Concedido, caballero− contestó la duquesa sonriéndose del modo más afable.
− Pero, siendo mi ambición insaciable, todavía tengo otra exigencia, señora− repuso Athos− . La entrevista que solicito de vos desearía que fuese cara a cara y durante la cual quería en el alma que no nos interrumpieran.
− No estoy en casa para persona alguna− dijo la duquesa al lacayo− . Podéis marcharos.
El lacayo obedeció.
Hubo un instante de silencio, durante el cual aquellos dos personajes, que a la primera mirada se apercibieron ser ambos de nobilísima estirpe, se examinaron mutuamente con todo desembarazo.
− Pero caballero− profirió la duquesa al cabo de algunos segundos y sonriéndose muy finalmente− , ¿no veis que estoy esperando con impaciencia?
− Y yo, señora− repuso Athos− contemplo con admiración.
− Perdonad caballero− dijo la señora de Chevreuse− , pero me aguija la curiosidad de saber con quién estoy hablando. Es incontestable que sois persona que pertenecéis a la corte, y no obstante nunca os he visto en palacio. ¿Por ventura salís de la Bastilla?
− No, señora− respondió Athos sonriéndose− , más podría darse el caso de que estuviese en la vía que a ella conduce.
− ¡Ah! si es así, apresuraos a decirme quién sois y marchaos, repuso la duquesa con el gracejo que tan bien le sentaba, pues ya estoy bastante comprometida para añadir leña al fuego.
− ¿Quién soy señora? Ya os han dicho mi nombre, soy el conde de La Fere. Este nombre lo habéis ignorado hasta ahora pero en otros días ostentaba yo otro que tal vez llegó a vuestros oídos, pero que tal vez habréis olvidado.
− ¿Cuál?
− Athos.
La duquesa abrió unos ojos tamaños; era evidente que, como dijera el conde, aquel nombre se había conservado en la memoria de la dama, aunque muy confuso entre sus antiguos recuerdos,
− ¿Athos decís? Aguardaos un instante− dijo la duquesa− ; y se llevó las manos a la frente como para obligar a las fugitivas ideas que en ella bullían que se fijaran por un instante, a fin de ver claro en medio de su brillante y abigarrado tropel.
− ¿Queréis que os ayude a recordar, señora? − dijo Athos
− Si que quiero− respondió la duquesa, ya fatigada de buscar.
− El tal Athos era amigo de tres jóvenes mosqueteros que se llamaban Artagnan, Porthos y...
Athos se interrumpió.
− Y Aramis, añadió con viveza la señora de Chevreuse.
− Esto es− repuso Athos− . ¿Con que no habéis olvidado del todo ese nombre?
− No− respondió la duquesa. ¡Pobre Aramis! Era un caballero cumplido, elegante, discreto y no mal poeta: creo que ha tenido mal paradero.
− Peor no podía tenerlo señora: se hizo cura.
− ¡Que desgracia! − profirió la duquesa jugando negligentemente con su abanico− . Os doy las gracias caballero.
− ¿De qué, señora?
− De haberme refrescado ese recuerdo, uno de los más gratos de mi juventud.
− ¿Entonces me permitís que os refresque otro? − preguntó Athos.
− ¿Referente a él?
− Si y no.
− Decid, con un hombre como vos lo arriesgo todo− repuso la duquesa.
− Aramis− continuó Athos− , tenía relaciones con una joven lencera de Tours.
− ¿Una lencera de Tours? − exclamó la señora de Chevreuse.
− Si, señora, una prima suya, a quién llamaban María Michón.
− ¡Ah! la conozco− profirió la señora de Chevreuse− , es la persona a quién él escribía desde el sitio de La Rochela para ponerla sobre aviso respecto de una conspiración que se estaba tramando contra el pobre Buckingham.
− Justamente− dijo Athos− ; ¿me autorizáis para que os hable de ella?
La señora de Chevreuse miró con atención a Athos.
− Os autorizo− dijo− , pero con una condición, y es que no digáis demasiado mal de ella.
− Si así lo hiciera, sería yo un ingrato− profirió Athos− , y para mí la ingratitud, más que una falta o un crimen, es un vicio, lo cual resulta peor.
− ¡Qué! ¿Vos ingrato para María Michón?− dijo la duquesa esforzándose en leer en los ojos de Athos− . ¿Cómo puede ser si nunca habéis conocido personalmente?
− Quién sabe, señora− replicó Athos− . Hay un refrán que dice que solamente las montañas son las que nunca se encuentran, y los refranes son a veces el evangelio.
− Continuad, caballero, continuad− dijo con viveza la señora de Chevreuse− ; no podéis figuraos cuánto me distrae vuestra conversación.
− Me dais alientos, señora; voy a proseguir pues. Aquella prima de Aramis, María Michón, en una palabra, la joven lencera, a pesar de su condición vulgar estaba relacionada con elevadísimos personajes; daba título de amiga a las más ilustres damas de la corte, y la reina misma, no obstante ser ésta tan orgullosa en su doble condición de austriaca y española, la apellidaba su hermana.
− ¡Ay!− dijo la duquesa lanzando un ligero suspiro y arrugando un poco el ceño− , ¡Cuánto han cambiado las cosas desde esa época!
− Y la reina tenía razón− prosiguió Athos− ; porque la lencera era devotísima hasta el extremo de servirle de intermediario con su hermano, el rey de España.
− Lo cual le tachan hoy como un crimen− repuso la señora de Chevreuse.
− Tanto es así− contiunó Athos− , que el cardenal, el verdadero cardenal, el duque de Richelieu, a lo mejor resolvió hacer arrestar a la pobre María Michón y encerrarla en el castillo de Loches. Afortunadamente, las cosas no pudieron llevarse a término tan en secreto que no transpiraran. El caso estaba previsto y si a María Michón le amagaba algún peligro, la reina debía hacer llegar a manos de la lencera un libro de horas encuadernado en terciopelo verde...
− Esto es, caballero− interrumpió la duquesa− : bien instruido estáis.
− Cierta mañana, María Michón recibió por mano del príncipe de Marcillac el libro. No había ni un instante que perder. Por suerte, María Michón y una de sus doncellas, apellidada Ketty, vestían admirablemente el traje de hombre. El príncipe procuró a María Michón un traje de caballero y otro de lacayo para Ketty, amén de des briosos caballos, y las dos fugitivas salieron precipitadamente de Tours, tomando el camino de España, temerosas y por sendas extraviadas y solicitando hospitalidad donde no encontraban mesón o venta que les acogiese.
− En verdad, no puede ser más exacto lo que estáis contando− profirió la duquesa batiendo palmas− . Realmente sería curioso...
− ¿Que yo siguiese a las dos fugitivas hasta el término de su viaje? − repuso Athos al ver que la señora de Chevreuse se interrumpía− . No señora, no abusaré robándoos el tiempo; solo las acompañaré hasta una pequeña aldea del Limosín situada entre Tulle y Angulema, una aldehuela conocida con el nombre de Roche.l’Abeille.
La señora de Chevreuse lanzó un gritito de sorpresa y miró a Athos con asombro, que hizo sonreír al antiguo mosquetero.
− No os apresuréis, señora− prosiguió Athos− , pues lo que me falta deciros es todavía más extraño que lo dicho hasta aquí.
− Caballero− replicó la duquesa− , como os tengo por brujo, todo lo espero; pero en verdad... no importa, proseguid.
− Aquel día la jornada había sido larga y fatigosa. Era el 11 de octubre; en la aldehuela aquella no había posada ni castillo, y las casas de los campesinos eran muy míseras y sucias. María Michón que era persona grandemente aristocrática y lo mismo que la reina, su hermana, estaba acostumbrada a los buenos olores y a la lencería fina, resolvió pues, pedir hospitalidad en casa del párroco.
Athos hizo una pausa.
− ¡Oh! Continuad, continuad− exclamó la duquesa− , ya os he dicho que lo esperaba todo.
− Las dos viajeras llamaron a la puerta− prosiguió el conde− , y como era tarde y el cura estaba acostado, éste les gritó desde la cama que podían entrar. Así lo hicieron tanto más fácilmente cuanto la puerta no estaba cerrada, como suele ocurrir en todas las aldeas. En el cuarto en el que estaba el cura, había luz, y María Michón, que hacía el más bizarro caballero del mundo, empujó la puerta, metió la cabeza por la abertura y pidió hospitalidad.
− Con mucho gusto, mi joven caballero, contestó el cura, siempre y cuando os contentéis con los relieves de mi cena y la mitad de mi cuarto.
Las dos viajeras se consultaron un instante, cruzaron dos palabras en voz baja, se rieron, y luego el señor, o mejor dicho la señora respondió:
− Gracias, señor cura, acepto.
- Pues entonces cenad y haced el menor ruido posible, repuso el cura, pues yo también he corrido todo el día y no me sabría mal dormir esta noche.
La señora de Chevreuse caminaba evidentemente de sorpresa en sorpresa; de asombro en asombro; ya no estaba admirada, si no estupefacta, y miraba a Athos con expresión indecible; bien se conocía en sus ojos el deseo que tenía de hablar, pero con todo se callaba, temerosa de perder una palabra de su interlocutor.
− ¿Qué más? ¿Qué más? − exclamó la duquesa.
− ¿Qué más? − Repuso Athos− . Ahí está lo más difícil duquesa.
− No importa, a mi pueden decírmelo todo− replicó la señora de Chevreuse− . Después de todo, eso no me atañe a mi, sino a la señorita María Michón.
− Es cierto− profirió Athos. Pues sí, María Michón cenó con su doncella, y en cenando y aprovechándose de la licencia del cura, entró en el cuarto en que aquél descansaba, mientras Ketty se acomodaba en un sillón de la primera pieza, es decir, en aquella misma habitación donde habían cenado.
− En verdad, caballero− repuso la duquesa− , si no sois el mismísimo demonio, no se como podéis ser dueño de tales pormenores.
− ¡Qué mujer más encantadora María Michón!− prosiguió Athos; era una de esas atolondradas criaturas a quienes incesantemente se les ocurren las ideas más singulares, un ser de esos que no vienen al mundo más que para perdición de los hombres. Ahora bien, sabiendo quién era su hospedador, pensó que sería en medio de cuantos otros alegres recuerdos que ya conservaba, agenciarse para su vejez el alegre recuerdo de haber condenado a un sacerdote.
− Palabra que me asustáis, conde− dijo la duquesa.
− ¡Ay!− repuso Athos− , el pobre cura no era un San Ambrosio, y, lo repito, María Michón era una mujer adorable.
− Caballero− excalmó la señora de Chevreuse cogiendo las manos de su interlocutor, decidme al punto cómo han llegado a vuestra noticia todos esos pormenores, o envío por un fraile al convento de San Agustín para que os exorcice.
− Nada más fácil, señora− contestó Athos riéndose− . Un caballero, encargado de una comisión importante, había llegado a casa del cura en demanda de hospitalidad una hora antes que vos, y esto en el instante en que el buen sacerdote, llamado a prestar sus auxilios a un moribundo, salía por toda la noche, no solamente de la rectoría, sino de la aldea. El ministro de Dios, lleno de confianza en su huésped, que de otra parte era un hidalgo, le abandonó casa, cena y cama. Así pues, no fue el buen párroco, sino el huésped de este a quién pidió hospitalidad María Michón.
− ¿Y aquel caballero, aquel huésped, aquel noble que llegara antes que ella?...
− Era yo, el conde de La Fere− respondió Athos levantándose y saludando respetuosamente a la duquesa.
La duquesa se quedó por un instante asombrada, luego echándose a reír, exclamó:
− Por mi fe que el caso es extraño y que la atolondrada María Michón halló mejor que no esperaba. Sentaos, señor conde, y hacedme la merced de proseguir vuestro relato.
− No falta más que decir el mea culpa, señora. Yo os he dicho que también yo viajaba en cumplimiento de una comisión urgente; al amanecer, pues, salí silenciosamente de la habitación dejando dormir a mi hermoso compañero de cama. En la primera pieza también estaba durmiendo, con la cabeza descansada en el respaldo del sillón, la doncella, por cierto digna de la señora, y como su lindo rostro me llamara la atención, acérqueme, y conocí en ella a Ketty, a quién Aramis colocara en casa de la viajera. Así fue como supe que esta éra...
− ¡María Michón!− dijo con viveza la señora de Chevreuse.
− María Michón, repuso Athos. Entonces me salí de la rectoría, y me encaminé a la cuadra, donde encontré mi caballo ya ensillado, y a mi lacayo que me estaba aguardando, y partí al instante.
− ¿Y nunca jamás habéis vuelto a pasar por aquella aldea? − preguntó con solicitud la señora de Chevreuse.
− Un año después, señora.
− ¿Os ocurrió algo?
− Quise volver a ver al buen cura, y lo encontré sumamente preocupado con lo que acababa de pasar y que para él era un verdadero enigma. Figuraos, señora, que ocho días antes había recibido una cuna con un precioso niño de tres meses, una bolsa llena de monedas de oro y un papel que no contenía más que estas sencillas palabras: “11 de octubre de 1633”
− Era la fecha de aquella aventura singular− profirió la señora de Chevreuse.
− Bueno, si, pero el párroco no entendía jota; lo único que él sabía era que había pasado aquella noche a la cabecera de un moribundo, porque María Michón también había salido del pueblo antes que el cura hubiese regresado a la rectoría.
− Ya sabéis, caballero− repuso la duquesa− , que cuando María Michón regresó a Francia, en 1634, hizo pedir noticias de aquel niño, al cual no podía conservar a su lado por estar fugitiva, pero, de vuelta en París, se proponía educarlo bajo su vigilancia inmediata.
− ¿Y qué le dijo el párroco a María Michón?− preguntó Athos.
− Que un señor a quién él no conocía se había llevado consigo al niño prometiendo asegurar su porvenir.
− Y era la verdad.
− ¡Ah! ahora todo lo comprendo− profirió la duquesa− ; aquel señor erais vos, su padre.
− No habléis tan recio, señora− dijo Athos− ; está ahí.
− ¡Que está ahí!− exclamó la señora de Chevreuse levantándose de repente− ; ¡mi hijo, el hijo de María Michón está ahí! ¡Quiero verlo al instante!...
− Señora, tened cuidado− atajó Athos− , ved que no conoce a su padre ni a su madre.
− Comprendo, conde; habéis guardado el secreto, y me lo traéis de esta suerte imaginando cuán dichosa ibais a hacerme. ¡Oh! Gracias, señor conde− profirió la duquesa cogiendo la mano de Athos y esforzándose en besársela; gracias; tenéis el corazón más noble del mundo.
− Os lo traigo, señora− dijo Athos retirando la mano− para que a vuestra vez hagáis algo por él. Hasta ahora he velado yo por su educación, y estoy muy seguro que he hecho de él un caballero cumplido; pero obligado a anudar la vida errante y peligrosa del partidario, no más tarde de mañana me lanzo a un negocio en el que puedo perder la vida, y entonces no le quedaría más que vos para guardarlo en medio del proceloso mal de la soledad, donde está llamado a ocupar un sitio.
− Tranquilizaos, conde, exclamó la señora de Chevreuse. Por desgracia gozo hoy de poco favor, pero el poco que me queda lo emplearé en el suyo; en cuanto a su fortuna y a su título...
− No os inquiete eso, señora; le he sustituido en la tierra de Bragelona, que tengo yo en herencia, la cual le da el titulo de vizconde y una modesta renta de diez mil libras.
− Es indudable que sois todo un caballero− profirió la duquesa− ; pero tengo prisa de ver a nuestro joven vizconde. ¿Dónde está?
− Ahí afuera, en el salón; con vuestra licencia voy a llamarlo− dijo Athos.
El conde dio un paso hacia la puerta, pero la señora de Chevreuse lo detuvo preguntándole:
− ¿Es guapo?
− Se parece a su madre− respondió Athos sonriéndose(...)
(...) Respiraba tanta nobleza la persona que acababan de anunciar bajo un nombre para la señora de Chevreuse hasta entonces desconocido, que ésta se incorporó e hizo al conde una afable seña de que se sentara junto a ella.
Athos saludó y obedeció, y al ver que el lacayo iba a retirarse, levantó la mano como para indicarle que aguardase un momento.
− Señora, dijo a la duquesa, he sido bastante audaz para presentarme en vuestro palacio sin tener la honra de ser conocido por vos; y que el buen éxito ha coronado mi atrevimiento, lo prueba el que os hayáis dignado recibirme. Ahora me animo a solicitar de vos que me prestéis media hora de atención.
− Concedido, caballero− contestó la duquesa sonriéndose del modo más afable.
− Pero, siendo mi ambición insaciable, todavía tengo otra exigencia, señora− repuso Athos− . La entrevista que solicito de vos desearía que fuese cara a cara y durante la cual quería en el alma que no nos interrumpieran.
− No estoy en casa para persona alguna− dijo la duquesa al lacayo− . Podéis marcharos.
El lacayo obedeció.
Hubo un instante de silencio, durante el cual aquellos dos personajes, que a la primera mirada se apercibieron ser ambos de nobilísima estirpe, se examinaron mutuamente con todo desembarazo.
− Pero caballero− profirió la duquesa al cabo de algunos segundos y sonriéndose muy finalmente− , ¿no veis que estoy esperando con impaciencia?
− Y yo, señora− repuso Athos− contemplo con admiración.
− Perdonad caballero− dijo la señora de Chevreuse− , pero me aguija la curiosidad de saber con quién estoy hablando. Es incontestable que sois persona que pertenecéis a la corte, y no obstante nunca os he visto en palacio. ¿Por ventura salís de la Bastilla?
− No, señora− respondió Athos sonriéndose− , más podría darse el caso de que estuviese en la vía que a ella conduce.
− ¡Ah! si es así, apresuraos a decirme quién sois y marchaos, repuso la duquesa con el gracejo que tan bien le sentaba, pues ya estoy bastante comprometida para añadir leña al fuego.
− ¿Quién soy señora? Ya os han dicho mi nombre, soy el conde de La Fere. Este nombre lo habéis ignorado hasta ahora pero en otros días ostentaba yo otro que tal vez llegó a vuestros oídos, pero que tal vez habréis olvidado.
− ¿Cuál?
− Athos.
La duquesa abrió unos ojos tamaños; era evidente que, como dijera el conde, aquel nombre se había conservado en la memoria de la dama, aunque muy confuso entre sus antiguos recuerdos,
− ¿Athos decís? Aguardaos un instante− dijo la duquesa− ; y se llevó las manos a la frente como para obligar a las fugitivas ideas que en ella bullían que se fijaran por un instante, a fin de ver claro en medio de su brillante y abigarrado tropel.
− ¿Queréis que os ayude a recordar, señora? − dijo Athos
− Si que quiero− respondió la duquesa, ya fatigada de buscar.
− El tal Athos era amigo de tres jóvenes mosqueteros que se llamaban Artagnan, Porthos y...
Athos se interrumpió.
− Y Aramis, añadió con viveza la señora de Chevreuse.
− Esto es− repuso Athos− . ¿Con que no habéis olvidado del todo ese nombre?
− No− respondió la duquesa. ¡Pobre Aramis! Era un caballero cumplido, elegante, discreto y no mal poeta: creo que ha tenido mal paradero.
− Peor no podía tenerlo señora: se hizo cura.
− ¡Que desgracia! − profirió la duquesa jugando negligentemente con su abanico− . Os doy las gracias caballero.
− ¿De qué, señora?
− De haberme refrescado ese recuerdo, uno de los más gratos de mi juventud.
− ¿Entonces me permitís que os refresque otro? − preguntó Athos.
− ¿Referente a él?
− Si y no.
− Decid, con un hombre como vos lo arriesgo todo− repuso la duquesa.
− Aramis− continuó Athos− , tenía relaciones con una joven lencera de Tours.
− ¿Una lencera de Tours? − exclamó la señora de Chevreuse.
− Si, señora, una prima suya, a quién llamaban María Michón.
− ¡Ah! la conozco− profirió la señora de Chevreuse− , es la persona a quién él escribía desde el sitio de La Rochela para ponerla sobre aviso respecto de una conspiración que se estaba tramando contra el pobre Buckingham.
− Justamente− dijo Athos− ; ¿me autorizáis para que os hable de ella?
La señora de Chevreuse miró con atención a Athos.
− Os autorizo− dijo− , pero con una condición, y es que no digáis demasiado mal de ella.
− Si así lo hiciera, sería yo un ingrato− profirió Athos− , y para mí la ingratitud, más que una falta o un crimen, es un vicio, lo cual resulta peor.
− ¡Qué! ¿Vos ingrato para María Michón?− dijo la duquesa esforzándose en leer en los ojos de Athos− . ¿Cómo puede ser si nunca habéis conocido personalmente?
− Quién sabe, señora− replicó Athos− . Hay un refrán que dice que solamente las montañas son las que nunca se encuentran, y los refranes son a veces el evangelio.
− Continuad, caballero, continuad− dijo con viveza la señora de Chevreuse− ; no podéis figuraos cuánto me distrae vuestra conversación.
− Me dais alientos, señora; voy a proseguir pues. Aquella prima de Aramis, María Michón, en una palabra, la joven lencera, a pesar de su condición vulgar estaba relacionada con elevadísimos personajes; daba título de amiga a las más ilustres damas de la corte, y la reina misma, no obstante ser ésta tan orgullosa en su doble condición de austriaca y española, la apellidaba su hermana.
− ¡Ay!− dijo la duquesa lanzando un ligero suspiro y arrugando un poco el ceño− , ¡Cuánto han cambiado las cosas desde esa época!
− Y la reina tenía razón− prosiguió Athos− ; porque la lencera era devotísima hasta el extremo de servirle de intermediario con su hermano, el rey de España.
− Lo cual le tachan hoy como un crimen− repuso la señora de Chevreuse.
− Tanto es así− contiunó Athos− , que el cardenal, el verdadero cardenal, el duque de Richelieu, a lo mejor resolvió hacer arrestar a la pobre María Michón y encerrarla en el castillo de Loches. Afortunadamente, las cosas no pudieron llevarse a término tan en secreto que no transpiraran. El caso estaba previsto y si a María Michón le amagaba algún peligro, la reina debía hacer llegar a manos de la lencera un libro de horas encuadernado en terciopelo verde...
− Esto es, caballero− interrumpió la duquesa− : bien instruido estáis.
− Cierta mañana, María Michón recibió por mano del príncipe de Marcillac el libro. No había ni un instante que perder. Por suerte, María Michón y una de sus doncellas, apellidada Ketty, vestían admirablemente el traje de hombre. El príncipe procuró a María Michón un traje de caballero y otro de lacayo para Ketty, amén de des briosos caballos, y las dos fugitivas salieron precipitadamente de Tours, tomando el camino de España, temerosas y por sendas extraviadas y solicitando hospitalidad donde no encontraban mesón o venta que les acogiese.
− En verdad, no puede ser más exacto lo que estáis contando− profirió la duquesa batiendo palmas− . Realmente sería curioso...
− ¿Que yo siguiese a las dos fugitivas hasta el término de su viaje? − repuso Athos al ver que la señora de Chevreuse se interrumpía− . No señora, no abusaré robándoos el tiempo; solo las acompañaré hasta una pequeña aldea del Limosín situada entre Tulle y Angulema, una aldehuela conocida con el nombre de Roche.l’Abeille.
La señora de Chevreuse lanzó un gritito de sorpresa y miró a Athos con asombro, que hizo sonreír al antiguo mosquetero.
− No os apresuréis, señora− prosiguió Athos− , pues lo que me falta deciros es todavía más extraño que lo dicho hasta aquí.
− Caballero− replicó la duquesa− , como os tengo por brujo, todo lo espero; pero en verdad... no importa, proseguid.
− Aquel día la jornada había sido larga y fatigosa. Era el 11 de octubre; en la aldehuela aquella no había posada ni castillo, y las casas de los campesinos eran muy míseras y sucias. María Michón que era persona grandemente aristocrática y lo mismo que la reina, su hermana, estaba acostumbrada a los buenos olores y a la lencería fina, resolvió pues, pedir hospitalidad en casa del párroco.
Athos hizo una pausa.
− ¡Oh! Continuad, continuad− exclamó la duquesa− , ya os he dicho que lo esperaba todo.
− Las dos viajeras llamaron a la puerta− prosiguió el conde− , y como era tarde y el cura estaba acostado, éste les gritó desde la cama que podían entrar. Así lo hicieron tanto más fácilmente cuanto la puerta no estaba cerrada, como suele ocurrir en todas las aldeas. En el cuarto en el que estaba el cura, había luz, y María Michón, que hacía el más bizarro caballero del mundo, empujó la puerta, metió la cabeza por la abertura y pidió hospitalidad.
− Con mucho gusto, mi joven caballero, contestó el cura, siempre y cuando os contentéis con los relieves de mi cena y la mitad de mi cuarto.
Las dos viajeras se consultaron un instante, cruzaron dos palabras en voz baja, se rieron, y luego el señor, o mejor dicho la señora respondió:
− Gracias, señor cura, acepto.
- Pues entonces cenad y haced el menor ruido posible, repuso el cura, pues yo también he corrido todo el día y no me sabría mal dormir esta noche.
La señora de Chevreuse caminaba evidentemente de sorpresa en sorpresa; de asombro en asombro; ya no estaba admirada, si no estupefacta, y miraba a Athos con expresión indecible; bien se conocía en sus ojos el deseo que tenía de hablar, pero con todo se callaba, temerosa de perder una palabra de su interlocutor.
− ¿Qué más? ¿Qué más? − exclamó la duquesa.
− ¿Qué más? − Repuso Athos− . Ahí está lo más difícil duquesa.
− No importa, a mi pueden decírmelo todo− replicó la señora de Chevreuse− . Después de todo, eso no me atañe a mi, sino a la señorita María Michón.
− Es cierto− profirió Athos. Pues sí, María Michón cenó con su doncella, y en cenando y aprovechándose de la licencia del cura, entró en el cuarto en que aquél descansaba, mientras Ketty se acomodaba en un sillón de la primera pieza, es decir, en aquella misma habitación donde habían cenado.
− En verdad, caballero− repuso la duquesa− , si no sois el mismísimo demonio, no se como podéis ser dueño de tales pormenores.
− ¡Qué mujer más encantadora María Michón!− prosiguió Athos; era una de esas atolondradas criaturas a quienes incesantemente se les ocurren las ideas más singulares, un ser de esos que no vienen al mundo más que para perdición de los hombres. Ahora bien, sabiendo quién era su hospedador, pensó que sería en medio de cuantos otros alegres recuerdos que ya conservaba, agenciarse para su vejez el alegre recuerdo de haber condenado a un sacerdote.
− Palabra que me asustáis, conde− dijo la duquesa.
− ¡Ay!− repuso Athos− , el pobre cura no era un San Ambrosio, y, lo repito, María Michón era una mujer adorable.
− Caballero− excalmó la señora de Chevreuse cogiendo las manos de su interlocutor, decidme al punto cómo han llegado a vuestra noticia todos esos pormenores, o envío por un fraile al convento de San Agustín para que os exorcice.
− Nada más fácil, señora− contestó Athos riéndose− . Un caballero, encargado de una comisión importante, había llegado a casa del cura en demanda de hospitalidad una hora antes que vos, y esto en el instante en que el buen sacerdote, llamado a prestar sus auxilios a un moribundo, salía por toda la noche, no solamente de la rectoría, sino de la aldea. El ministro de Dios, lleno de confianza en su huésped, que de otra parte era un hidalgo, le abandonó casa, cena y cama. Así pues, no fue el buen párroco, sino el huésped de este a quién pidió hospitalidad María Michón.
− ¿Y aquel caballero, aquel huésped, aquel noble que llegara antes que ella?...
− Era yo, el conde de La Fere− respondió Athos levantándose y saludando respetuosamente a la duquesa.
La duquesa se quedó por un instante asombrada, luego echándose a reír, exclamó:
− Por mi fe que el caso es extraño y que la atolondrada María Michón halló mejor que no esperaba. Sentaos, señor conde, y hacedme la merced de proseguir vuestro relato.
− No falta más que decir el mea culpa, señora. Yo os he dicho que también yo viajaba en cumplimiento de una comisión urgente; al amanecer, pues, salí silenciosamente de la habitación dejando dormir a mi hermoso compañero de cama. En la primera pieza también estaba durmiendo, con la cabeza descansada en el respaldo del sillón, la doncella, por cierto digna de la señora, y como su lindo rostro me llamara la atención, acérqueme, y conocí en ella a Ketty, a quién Aramis colocara en casa de la viajera. Así fue como supe que esta éra...
− ¡María Michón!− dijo con viveza la señora de Chevreuse.
− María Michón, repuso Athos. Entonces me salí de la rectoría, y me encaminé a la cuadra, donde encontré mi caballo ya ensillado, y a mi lacayo que me estaba aguardando, y partí al instante.
− ¿Y nunca jamás habéis vuelto a pasar por aquella aldea? − preguntó con solicitud la señora de Chevreuse.
− Un año después, señora.
− ¿Os ocurrió algo?
− Quise volver a ver al buen cura, y lo encontré sumamente preocupado con lo que acababa de pasar y que para él era un verdadero enigma. Figuraos, señora, que ocho días antes había recibido una cuna con un precioso niño de tres meses, una bolsa llena de monedas de oro y un papel que no contenía más que estas sencillas palabras: “11 de octubre de 1633”
− Era la fecha de aquella aventura singular− profirió la señora de Chevreuse.
− Bueno, si, pero el párroco no entendía jota; lo único que él sabía era que había pasado aquella noche a la cabecera de un moribundo, porque María Michón también había salido del pueblo antes que el cura hubiese regresado a la rectoría.
− Ya sabéis, caballero− repuso la duquesa− , que cuando María Michón regresó a Francia, en 1634, hizo pedir noticias de aquel niño, al cual no podía conservar a su lado por estar fugitiva, pero, de vuelta en París, se proponía educarlo bajo su vigilancia inmediata.
− ¿Y qué le dijo el párroco a María Michón?− preguntó Athos.
− Que un señor a quién él no conocía se había llevado consigo al niño prometiendo asegurar su porvenir.
− Y era la verdad.
− ¡Ah! ahora todo lo comprendo− profirió la duquesa− ; aquel señor erais vos, su padre.
− No habléis tan recio, señora− dijo Athos− ; está ahí.
− ¡Que está ahí!− exclamó la señora de Chevreuse levantándose de repente− ; ¡mi hijo, el hijo de María Michón está ahí! ¡Quiero verlo al instante!...
− Señora, tened cuidado− atajó Athos− , ved que no conoce a su padre ni a su madre.
− Comprendo, conde; habéis guardado el secreto, y me lo traéis de esta suerte imaginando cuán dichosa ibais a hacerme. ¡Oh! Gracias, señor conde− profirió la duquesa cogiendo la mano de Athos y esforzándose en besársela; gracias; tenéis el corazón más noble del mundo.
− Os lo traigo, señora− dijo Athos retirando la mano− para que a vuestra vez hagáis algo por él. Hasta ahora he velado yo por su educación, y estoy muy seguro que he hecho de él un caballero cumplido; pero obligado a anudar la vida errante y peligrosa del partidario, no más tarde de mañana me lanzo a un negocio en el que puedo perder la vida, y entonces no le quedaría más que vos para guardarlo en medio del proceloso mal de la soledad, donde está llamado a ocupar un sitio.
− Tranquilizaos, conde, exclamó la señora de Chevreuse. Por desgracia gozo hoy de poco favor, pero el poco que me queda lo emplearé en el suyo; en cuanto a su fortuna y a su título...
− No os inquiete eso, señora; le he sustituido en la tierra de Bragelona, que tengo yo en herencia, la cual le da el titulo de vizconde y una modesta renta de diez mil libras.
− Es indudable que sois todo un caballero− profirió la duquesa− ; pero tengo prisa de ver a nuestro joven vizconde. ¿Dónde está?
− Ahí afuera, en el salón; con vuestra licencia voy a llamarlo− dijo Athos.
El conde dio un paso hacia la puerta, pero la señora de Chevreuse lo detuvo preguntándole:
− ¿Es guapo?
− Se parece a su madre− respondió Athos sonriéndose(...)
lo que te puede interesar:
Libros,
novela histórica
7.16.2005
Harry Potter and the Half-Blood Prince
chapter 1 [the Other Minister] p.18
“But for heaven's sake, you're wizards! You can do magic! Surely you can sort out, well, anything!”
Scrimgeour turned slowly on the spot and exchanged an incredulous look with Fudge, who really manage a smile this time as he said kindly, “The trouble is, the other side can do magic too, Prime Minister.”
chapter 3 [Will and Won't] p.45-46
“However, let us assume that you have invited me warmly into your house. It is unwise to linger overlong on doorsteps in these troubled times.”
(...)any man who could look at Harry and say “excellent” was a man with whom he could never see eye to eye.
“I don't mean to be rude,” he began, in a tone that threatened rudeness in every syllable.
“... yet, sadly, accidental rudeness occurs alarmingly often,”
chapter 4 [Horace Slughorn] p.62 & 77
“For future reference, Harry, it is raspberry... although of course, if I were a Death Eater, I would be sure to research my own jam preferences before impersonating my self.”
“I take my hat off to you, or I would, if I were not afraid of showering you in spiders.”
chapter 5 [an Excess of Phlegm] p.87 & 103
“As if St. Mungo's didn't have enough to do already!”
(o please!! xDDD!!)
“Yep, ten ‘Outstandings’ and one ‘Exceeds Expectations’ at Defense Against the Dark Arts.” He looked down at her, half-amused, half-exasperated. “You're actually disappointed, aren't you?”
chapter 7 [the Slug Club] p.138-139
“Hi, Harry, I'm Romilda Vane,” she said loudly and confidently. “Why don't you join us in our compartment? You don't have to sit with them,” she added in a strange whisper, indicating Neville's bottom, wich was sticking out from under the seat again as he groped around for Trevor, and Luna, who was now wearing her free Spectrespecs, wich gave her the look of a demented, multicolor owl.
“They're friends of mine,” said Harry coldly.
“Oh,” said the girl, looking very surprised. “Oh. Okay.”
And she withdrew, sliding the door closed behind her.
“People expect you to have cooler friends than us,” said Luna, once again displaying her knack for embarrassing honesty.
“You are cool,” said Harry shortly.
chapter 9 [the Half-Blood Prince] p.180
“Do you remember me telling you we are practicing nonverbal spells, Potter?”
“Yes,” said Harry stiffly
“Yes, sir.”
“There's no need to call me ‘sir’, Professor.”
chapter 12 [Silver and Opals] p.239 & 241
On the other Hand, the Prince had proved a much more effective teacher than Snape so far.
“If he'd been a budding Death Eater he wouldn't have been boasting about being ‘half-blood’, would he?”
chapter 16 [A Very Frosty Christmas] p.348
“Dumbledore's man through and through, aren't you, Potter?”
“Yeah, I am,” said Harry. “Glad we straightened that out.”
chapter 17 [A Sluggish Memory] p.356, 357 & 370
“I am a wizard, not a baboon brandishing a stick”.
“He accused me of being ‘Dumbledore's man through and through.’”
“How very rude of him.”
“I told him I was.”
Voldemort said:
“Sir, I wanted to ask you something.”
“Ask away, then m'boy, ask away...”
“Sir, I wondered what you know about... about Horcruxes?”
chapter 18 [Birthday Surprises] p.379
and then, Harry said...
“Sir, I wanted to ask you something.”
“Ask away, then, my dear boy, ask away...”
“Sir, I wondered what you know about... about Horcruxes?”
(nothing more to be said ^^)
Chapter 19 [Elf Tails] p.404
“Well, all I say is that is was a lucky day for the Weasleys when Ron decided to sit in your compartment on the Hogwart Express, Harry.”
Chapter 20 [Lord Voldemort's Request] p.443,446
“Greatness inspires envy, envy engenders spite, spite spawns lies.”
(And lies will guide you to the dark side, so it's said.)
“You see, we have never been able to keep a Defense against the Dark Arts teacher for longer than a year since I refused the post to Lord Voldemort.”
Chapter 21 [The Unknowable Room] p.449
“I love you, Hermione,” said Ron
(And there's nothing more to be said ^^)
Chapter 22 [After the Burrial] p.484
“Farewell, Aragog, king of the arachnids, whose long and faithful friendship those who knew you won't forget! Though your body will decay, your spit lingers in the quie, web-pun places of you forest home. May your many-eyed descendants ever flourish and your human friends find solace for the loss they have sustained.”
Chapter 24 [Sectumsempra] p.514
She could not possibly know that his insides were suddenly dancing the conga.
Chapter 27 [The Lighteniong-Struck Tower] p.590
“Only your Phoenix lot got in the way...”
“Yes, they do that,”
Chapter 28 [Flight Of The Prince] p.604
“You dare to use my own spells against me, Potter? It was I who invented them −I, the Half-Blood Prince!”
Chapter 29 [The Phoenix Lament] p.623
“I am good-looking enough for both of us”
(go Fleur!!)
“But for heaven's sake, you're wizards! You can do magic! Surely you can sort out, well, anything!”
Scrimgeour turned slowly on the spot and exchanged an incredulous look with Fudge, who really manage a smile this time as he said kindly, “The trouble is, the other side can do magic too, Prime Minister.”
chapter 3 [Will and Won't] p.45-46
“However, let us assume that you have invited me warmly into your house. It is unwise to linger overlong on doorsteps in these troubled times.”
(...)any man who could look at Harry and say “excellent” was a man with whom he could never see eye to eye.
“I don't mean to be rude,” he began, in a tone that threatened rudeness in every syllable.
“... yet, sadly, accidental rudeness occurs alarmingly often,”
chapter 4 [Horace Slughorn] p.62 & 77
“For future reference, Harry, it is raspberry... although of course, if I were a Death Eater, I would be sure to research my own jam preferences before impersonating my self.”
“I take my hat off to you, or I would, if I were not afraid of showering you in spiders.”
chapter 5 [an Excess of Phlegm] p.87 & 103
“As if St. Mungo's didn't have enough to do already!”
(o please!! xDDD!!)
“Yep, ten ‘Outstandings’ and one ‘Exceeds Expectations’ at Defense Against the Dark Arts.” He looked down at her, half-amused, half-exasperated. “You're actually disappointed, aren't you?”
chapter 7 [the Slug Club] p.138-139
“Hi, Harry, I'm Romilda Vane,” she said loudly and confidently. “Why don't you join us in our compartment? You don't have to sit with them,” she added in a strange whisper, indicating Neville's bottom, wich was sticking out from under the seat again as he groped around for Trevor, and Luna, who was now wearing her free Spectrespecs, wich gave her the look of a demented, multicolor owl.
“They're friends of mine,” said Harry coldly.
“Oh,” said the girl, looking very surprised. “Oh. Okay.”
And she withdrew, sliding the door closed behind her.
“People expect you to have cooler friends than us,” said Luna, once again displaying her knack for embarrassing honesty.
“You are cool,” said Harry shortly.
chapter 9 [the Half-Blood Prince] p.180
“Do you remember me telling you we are practicing nonverbal spells, Potter?”
“Yes,” said Harry stiffly
“Yes, sir.”
“There's no need to call me ‘sir’, Professor.”
chapter 12 [Silver and Opals] p.239 & 241
On the other Hand, the Prince had proved a much more effective teacher than Snape so far.
“If he'd been a budding Death Eater he wouldn't have been boasting about being ‘half-blood’, would he?”
chapter 16 [A Very Frosty Christmas] p.348
“Dumbledore's man through and through, aren't you, Potter?”
“Yeah, I am,” said Harry. “Glad we straightened that out.”
chapter 17 [A Sluggish Memory] p.356, 357 & 370
“I am a wizard, not a baboon brandishing a stick”.
“He accused me of being ‘Dumbledore's man through and through.’”
“How very rude of him.”
“I told him I was.”
Voldemort said:
“Sir, I wanted to ask you something.”
“Ask away, then m'boy, ask away...”
“Sir, I wondered what you know about... about Horcruxes?”
chapter 18 [Birthday Surprises] p.379
and then, Harry said...
“Sir, I wanted to ask you something.”
“Ask away, then, my dear boy, ask away...”
“Sir, I wondered what you know about... about Horcruxes?”
(nothing more to be said ^^)
Chapter 19 [Elf Tails] p.404
“Well, all I say is that is was a lucky day for the Weasleys when Ron decided to sit in your compartment on the Hogwart Express, Harry.”
Chapter 20 [Lord Voldemort's Request] p.443,446
“Greatness inspires envy, envy engenders spite, spite spawns lies.”
(And lies will guide you to the dark side, so it's said.)
“You see, we have never been able to keep a Defense against the Dark Arts teacher for longer than a year since I refused the post to Lord Voldemort.”
Chapter 21 [The Unknowable Room] p.449
“I love you, Hermione,” said Ron
(And there's nothing more to be said ^^)
Chapter 22 [After the Burrial] p.484
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Chapter 24 [Sectumsempra] p.514
She could not possibly know that his insides were suddenly dancing the conga.
Chapter 27 [The Lighteniong-Struck Tower] p.590
“Only your Phoenix lot got in the way...”
“Yes, they do that,”
Chapter 28 [Flight Of The Prince] p.604
“You dare to use my own spells against me, Potter? It was I who invented them −I, the Half-Blood Prince!”
Chapter 29 [The Phoenix Lament] p.623
“I am good-looking enough for both of us”
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6.01.2005
Rose in Bloom
Chapter 1 [Coming Home]
“My faith, Alec-that's the sort of voice that wins a man's heart out of his breast!” exclaimed Uncle Mac, wiping his eyes after one of the plaintive ballads that never grow old.
“So it Would!” answered Dr. Alec delightedly.
“So it has,” added Archie to himself; and he was right, for just at that moment he fell in love with Phebe.
Chapter 9 [New Year's Calls]
“Why not? I intend to study love as well as medicine, for is one of the most mysterious and remarkable diseases that afflict mankind, and the best way to understand it is to have it. I may catch it some day, and then I should like to know how to treat and cure it”
Chapter 11 [Small Temptations]
I fell in love with his pocket handkerchiefs first, they were so enchanting I couldn't resist
Chapter 12 [At Kitty's Ball]
(...)and she much enjoyed the fact that she had been engaged three times before she was nineteen.
“My faith, Alec-that's the sort of voice that wins a man's heart out of his breast!” exclaimed Uncle Mac, wiping his eyes after one of the plaintive ballads that never grow old.
“So it Would!” answered Dr. Alec delightedly.
“So it has,” added Archie to himself; and he was right, for just at that moment he fell in love with Phebe.
Chapter 9 [New Year's Calls]
“Why not? I intend to study love as well as medicine, for is one of the most mysterious and remarkable diseases that afflict mankind, and the best way to understand it is to have it. I may catch it some day, and then I should like to know how to treat and cure it”
Chapter 11 [Small Temptations]
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7.07.2004
An Ideal Husband
Act I
MRS. MARCHMONT. (...) but dear old Gertrude Chiltern is always telling me that I should have some serious purpose in life. So I come here to try to find one.
LADY BASILDON. I don't see anybody here tonight whom one could possibly call a serious purpose. The man who took me in to diner talked to me about his wife the whole time.
MRS. MARCHMONT. How very trivial of him!
LADY BASILDON. Terribly trivial! What did your man talk about?
MRS. MARCHMONT. About myself.
LADY BASILDON. And were you interested?
MRS. MARCHMONT. Not in the smallest degree.
MRS. MARCHMONT. (...) but dear old Gertrude Chiltern is always telling me that I should have some serious purpose in life. So I come here to try to find one.
LADY BASILDON. I don't see anybody here tonight whom one could possibly call a serious purpose. The man who took me in to diner talked to me about his wife the whole time.
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6.01.2004
Los Tres Mosqueteros
Capítulo V [Los mosqueteros del rey y los guardias del cardenal]
En París, no conocía a nadie Artagnan, así es que se dirigió al sitio en que había quedado citado con Athos, sin cuidarse de buscar padrino, decidido a contentarse con los que llevara su adversario. Por otra parte había hecho propósito firme de dar al valiente mosquetero todas las excusas convenientes, aunque sin muestras de flaqueza, temiendo que el estado en el que se encontraba, no le fuese en ningún caso favorable, pues vencido se engrandecería el triunfo de su antagonista, y vencedor podía ser acusado de felonía.
En cuanto a lo demás, o no hemos delineado bien el carácter de nuestro joven aventurero, o el lector habrá debido conocer que no era un hombre vulgar. Así es que, repitiéndose mil veces que su muerte era inevitable, no por eso se resignaría a morir tranquilamente como hubiera hecho quizás en su lugar otro, no tan valiente ni tan casado. Reflexionó acerca de los distintos caracteres de las personas con quienes iba a batirse y empezó a ver más clara su situación. Esperaba, por medio de las disculpas leales que llevaba preparadas, ganarse la amistad de Athos, cuyo aire de gran señor y grave continente le agradaban sobremanera. Lisonjeábase de infundir miedo a Porthos con la aventura del tahalí, la cual, en caso de quedar él con vida, podía contar a todo el mundo y diestramente manejada pondría a Porthos en ridículo; y por último, respecto al disimulado Aramís, no concebía el menor temor, y en la suposición de que pudiese llegar a medir su acero con él, se proponía despacharle pronto y bien, o cuando menos, herirlo en el rostro, como aconsejaba César que se hiciese con los soldados de Pompeyo, y estropear para siempre aquella belleza de que se manifestaban tan orgullosos.(...)
(...)Cuando Artagnan llegó a divisar el terreno despoblado que se extendía al pie de aquel monasterio, hacía solo cinco minutos que Athos estaba aguardando y daban las doce en aquel momento. Fue pues tan puntual como la samaritana; y el casuista más exigente en materia de duelos, nada hubiera tenido que decir.
Athos que sufría cruelmente con su herida, aún cuando había sido nuevamente curada por el cirujano del señor de Treville, se hallaba sentado en un guardacantón, esperando a su adversario con aquel continente tranquilo y aquel aire de dignidad que jamás le abandonaban. En cuanto vió a Artagnan se levantó y dio algunos pasos como era para salirle al encuentro. Este por su parte se acercó a su adversario con la gorra en la mano y arrastrando la pluma por el suelo.
−¡Caballero!−dijo Athos, he citado a dos amigos míos que han de servir de padrinos, pero no han llegado todavía. Me admira que tarden tanto, pues no es esta su costumbre.
−Yo no traigo padrino,−dijo Artagnan−porque habiendo llegado ayer a París, no conozco nadie más que al señor de Treville, a quién he venido recomendado por mi padre, que tiene el honor de contarse de algún modo entre sus amigos.
Athos quedó por un momento pensativo.
−¿No conocéis a nadie más que al señor de Treville?−preguntó
−A nadie más, caballero.
−Eso es otra cosa,−continuó Athos, hablando en parte consigo mismo y en parte con Artagnan−pues veo que si os mato, tendré todas las apariencias de un traga−niños
−No tanto, caballero,−repuso Artagnan con un saludo que no carecía de dignidad;−no tanto, pues me hacéis el honor de batiros conmigo, a pesar de la herida que os deberá incomodar mucho.
−Mucho me incomoda, a fe mía, porque os advierto que me habéis hecho un daño de todos los diablos; pero tiraré con la mano izquierda, que es mi costumbre en semejantes circunstancias. No vayáis a creer por eso que os concedo ninguna ventaja, pues me bato igualmente con una mano que con otra. Aún será peor para vos, porque un zurdo es sumamente embarazoso para las personas que no están acostumbradas; así es que siento no haberos manifestado esta circunstancia.
−Seguramente, caballero,−dijo Artagnan inclinándose de nuevo−tenéis una cortesanía a la que no puedo menos que estar agradecido.
−Me dejáis confuso, joven−replicó Athos con el aire de dignidad que le era propio; hablemos de otra cosa, si os parece. ¡Canario, y cuanto mal me habéis hecho! El hombro se me arde.
−Si me permitieses...−dijo Artagnan con timidez
−¿El qué?
−Tengo un bálsamo maravilloso para las heridas, bálsamo que me regaló mi madre, y cuyos buenos efectos he tenido ocasión de experimentar en mi mismo.
−¿Y qué os ocurre?
−Mirad, estoy seguro que en menos de tres días este bálsamo es curaría; pasado este término y cuando ya estuvieseis perfectamente curado, sería un honor para mi medir con vos mi espada.
Artagnan pronunció estas palabras con una sencillez que realzaba en extremo su cortesanía, sin que por ello menoscabe en lo más mínimo su valor.
−Por vida mía, caballero,−dijo Athos−ved ahí una proposición que me agrada, aún cuando de ningún modo piense aceptarla, pues desde luego está indicando que es la expresión de todo un caballero. Así era como hablaban y se conducían aquellos héroes del tiempo de Carlo Magno, que debieran servirnos de modelo; pero desgraciadamente no nos hallamos en los tiempos del grande emperador, si no en los del cardenal, y de aquí a tres días llegarían a saber, por muy guardado que estuviera el secreto, que debemos batirnos, y tratarían de impedirlo... pero ¡que diablos! Esos calmosos parece que no quieren venir.
−Si tenéis mucha prisa−dijo Artagnan a Athos con la misma sencillez con que poco antes le había propuesto diferir el duelo por tres adías,−si tenéis mucha prisa y deseáis despacharme sin pérdida de tiempo, no os detengáis por eso.
−He ahí otra proposición que me agrada sobremanera.−dijo Athos haciendo un gracioso movimiento con la cabeza−y que revela en la persona que así se produce, talento y valor. Caballero, me gustan los hombres de verdadero temple, y si no nos matamos uno a otros, tendré un verdadero placer en cultivar vuestro trato. Esperemos a esos caballeros, si no lo lleváis a mal, pues tengo tiempo de sobra, y así irá todo más en regla. ¡Ah! Ya creo que tenemos ahí a uno de ellos.
En efecto, al extremo de la calle de Vaugirard se distinguía al hercúleo Porthos.
−¡Cómo!−exclamó Artagnan−, ¿es M. Porthos uno de vuestros testigos?
−Si, por cierto; ¿os desagrada acaso?
−De ningún modo.
Artagnan se volvió hacia donde Athos dirigía su vista, y reconoció a Aramís.
−¡Cómo!−exclamó aún más admirado que la primera vez−; ¿es M. Aramís vuestro segundo testigo?
−Ciertamente; ¿no sabíais que jamás se nos ve al uno sin los otros, y que nos llaman entre los mosqueteros y entre los guardias, en el palacio y en la ciudad, Athos, Porthos y Aramís o los tres inseparables? Nada tiene de extraño, pues ocmo acabáis de llegar de Dax o de Pau...
−De Trabes, interrumpió Artagnan
−No tenéis motivo para saber esta circunstancia, prosiguió Athos.
−A fe mía,−dijo Artagnan, vuestro nombre es en extremo conocido, y si mi aventura llega a hace algún ruido, probará al menos que vuestra unión no se halla fundada en meros contrastes.
A este tiempo se acercó Porthos, saludó con la mano a Athos y volviéndose a Artagnan, se quedó algo sorprendido.
Debemos notar de paso que había cambiado de tahalí y se había quitado la capa.
−¡Hola!−exclamó−: ¡qué significa esto?
−Este es el caballero con quién voy a batirme,−dijo Athos indicando a Artagnan y saludándole con la mano−
−También yo debo batirme con él,−dijo Porthos
−Pero a la una, que es la hora convenida−repuso Artagnan.
−Y yo también estoy citado con este caballero,−dijo Aramís llegando a su vez a donde estaban sus compañeros.
−A las dos, añadió Artagnan con la misma calma.
−¿Y cual es el motivo de tu duelo?−preguntó Aramís a Athos.
−El haberme tropezado en el hombro, causándome un daño terrible.
−Y tu Porthos, ¿por qué te bates?
−Me bato... porque me bato,−respondió Porthos poniéndose colorado−.Athos, a quién nada se le escapaba, sorprendió una ligera sonrisa en los labios del gascón.
−Hemos tenido una disputa sobre el modo de vestir,−dijo el joven.
−¿Y tú, Aramís?−preguntó Athos.
−¿Yo? Por una cuestión teológica,−respondió Aramís haciéndole una señal a Artagnan, como rogándole que guardase secreto sobre la causa del desafío.
Athos descubrió otra sonrisa en los labios de Artagnan.
−¿De veras?−dijo Athos.
−De veras; un punto de San Agustín, sobre el cual no estamos acordes, respondió el gascón.
−Seguramente es hombre de talento,−dijo para si Athos.
−Ahora que estáis reunidos, caballeros, permitidme haceros presentes mis disculpas.
Al oír la palabra disculpas, la frente de Athos se cubrió de una nube sombría; una desdeñosa sonrisa vagó entre los labios de Porthos, y un signo negativo fue la respuesta de Aramís.
−No me comprendéis, caballeros,−dijo Artagnan levantando su cabeza, sobre la cual caía en aquel momento un rayo de sol que doraba las facciones delicadas y atrevidas de su fisonomía−; yo pretendo excusarme para el caso en que no pueda satisfacer mi deuda a los tres, porque M. Athos tiene el derecho de matarme primero, lo que quita mucho de su valor a vuestra deuda, M. Porthos, y hace la vuestra casi incobrable, M. Aramís. Y ahora, caballeros, os lo repito, excusadme, pero solo en este concepto; ¡en guardia!
A estas palabras y del modo más noble que imaginarse pueda, Artagnan tiró de su espada.
La sangre se le había subido a la cabeza, y en aquel momento habría medido sus armas con todos los mosqueteros del reino, como lo hacía entonces con Athos, Porthos y Aramís.
Eran las dos y cuarto. El sol se hallaba en su cenit, y el sitio escogido para teatro del duelo se hallaba expuesto a oda la fuerza de sus rayos.
−Mucho calor hace,−dijo Athos sacando a su vez la espada−; sin embargo, no me atrevo a quitarme la ropilla, porque he sentido ahora poco que de mi herida brotaba sangre, y temería incomodar a este caballero mostrándole sangre que no hubiese derramado por su propia mano.
−Ciertamente, caballero, repuso Artagnan; ya sea derramada por mí o por otro, os aseguro que veré siempre con mucho pesar la sangre de un hombre tan valiente; me batiré pues, con ropilla lo mismo que vos.
−¡Vamos, vamos!,−dijo Porthos, basta de cumplimientos y tened presente que esperamos nuestro turno.
−Hablad por vos sólo, Porthos, cuando se os ocurra decir cosas tan fuera de propósito,−interrumpió Aramís; pues por lo que a mi hace, encuentro muy en su lugar lo que estos caballeros se dicen, y me pacer muy propio de hombres de honor.
−Cuando gustéis, caballero,−dijo Athos poniéndose en guardia.
−Esperaba vuestras órdenes,−dijo Artagnan cruzando su espada−.
Pero apenas habían chocado las dos armas enemigas, cuando un piquete de guardias de su eminencia mandado por M. de Jussac, apareció por una de las esquinas del convento.
−¡Los guardias del cardenal!−exclamaron a un tiempo Porthos y Aramís−. ¡Envainad las espadas!
Pero ya era tarde. Los combatientes habían sido sorprendidos en una actitud que no dejaba la menor duda acerca de sus intenciones.
−¡Hola!−gritó Jussac adelantándose hacia ellos y haciendo señal a sus hombres de que lo imitaran; ¡hola! Mosqueteros, ¡un desafío! ¿y los edictos de qué sirven?
−Sois por cierto muy generosos, señores guardias,−dijo Athos encolerizando porque Jussac era uno de los agresores del la antevíspera. Si viésemos nosotros que ibais a batiros, seguros podíais estar de que no os lo estorbaríamos. Dejadnos, pues, terminar nuestras diferencias, y os proporcionaréis con ello un rato de placer que no os costará nada.
−Señores,−dijo Jussac−, con mucho sentimiento os anuncio que me es imposible acceder a vuestros deseos. El deber es antes de todo: con que así, envainad vuestras espadas y seguidnos.
−Caballero,−dijo Aramís remedando a Jussac, con mucho placer obedeceríamos a la graciosa invitación que acabáis de hacernos, si eso dependiera de nosotros, pero desgraciadamente no es posible, porque al señor de Treville nos lo ha prohibido; con que así, seguid vuestro camino que es lo mejor que podéis hacer.
Esta salida exasperó a Jussac.
−Os daremos una carga si tratáis de desobedecer,−exclamó.
−Ellos son cinco,−dijo Athos a media voz−, y nosotros no somos más que tres; vamos a ser derrotados y tendremos que morir aquí, pues por mi parte declaro formalmente que no me vuelvo a presentar vencido delante del capitán.
Athos, Porthos y Aramís se aproximaron unos a otros mientras Jussac alineaba a sus soldados.
Este momento bastó a Artagnan para tomar su partido, era este uno de aquellos acontecimientos que deciden de la suerte de un hombre; tenía que elegir entre el rey y el cardenal, y perseverar en su elección una vez que la hubiese hecho. Batirse, es decir, contravenir la ley, o en otros términos, arriesgar su cabeza, haciéndose de un golpe enemigo en la persona del ministro, más poderosa que la del mismo rey; he aquí las reflexiones que se agolparon a imaginación del joven; pero debemos decir en elogio suyo que no titubeó ni un momento. Así es que, volviéndose a Athos y a sus amigos:
−Señores,−les dijo−, tengo que hacer una observación a vuestras palabras. Habéis dicho que no erais más que tres, pero a mi me parece que somos cuatro.(...)
En París, no conocía a nadie Artagnan, así es que se dirigió al sitio en que había quedado citado con Athos, sin cuidarse de buscar padrino, decidido a contentarse con los que llevara su adversario. Por otra parte había hecho propósito firme de dar al valiente mosquetero todas las excusas convenientes, aunque sin muestras de flaqueza, temiendo que el estado en el que se encontraba, no le fuese en ningún caso favorable, pues vencido se engrandecería el triunfo de su antagonista, y vencedor podía ser acusado de felonía.
En cuanto a lo demás, o no hemos delineado bien el carácter de nuestro joven aventurero, o el lector habrá debido conocer que no era un hombre vulgar. Así es que, repitiéndose mil veces que su muerte era inevitable, no por eso se resignaría a morir tranquilamente como hubiera hecho quizás en su lugar otro, no tan valiente ni tan casado. Reflexionó acerca de los distintos caracteres de las personas con quienes iba a batirse y empezó a ver más clara su situación. Esperaba, por medio de las disculpas leales que llevaba preparadas, ganarse la amistad de Athos, cuyo aire de gran señor y grave continente le agradaban sobremanera. Lisonjeábase de infundir miedo a Porthos con la aventura del tahalí, la cual, en caso de quedar él con vida, podía contar a todo el mundo y diestramente manejada pondría a Porthos en ridículo; y por último, respecto al disimulado Aramís, no concebía el menor temor, y en la suposición de que pudiese llegar a medir su acero con él, se proponía despacharle pronto y bien, o cuando menos, herirlo en el rostro, como aconsejaba César que se hiciese con los soldados de Pompeyo, y estropear para siempre aquella belleza de que se manifestaban tan orgullosos.(...)
(...)Cuando Artagnan llegó a divisar el terreno despoblado que se extendía al pie de aquel monasterio, hacía solo cinco minutos que Athos estaba aguardando y daban las doce en aquel momento. Fue pues tan puntual como la samaritana; y el casuista más exigente en materia de duelos, nada hubiera tenido que decir.
Athos que sufría cruelmente con su herida, aún cuando había sido nuevamente curada por el cirujano del señor de Treville, se hallaba sentado en un guardacantón, esperando a su adversario con aquel continente tranquilo y aquel aire de dignidad que jamás le abandonaban. En cuanto vió a Artagnan se levantó y dio algunos pasos como era para salirle al encuentro. Este por su parte se acercó a su adversario con la gorra en la mano y arrastrando la pluma por el suelo.
−¡Caballero!−dijo Athos, he citado a dos amigos míos que han de servir de padrinos, pero no han llegado todavía. Me admira que tarden tanto, pues no es esta su costumbre.
−Yo no traigo padrino,−dijo Artagnan−porque habiendo llegado ayer a París, no conozco nadie más que al señor de Treville, a quién he venido recomendado por mi padre, que tiene el honor de contarse de algún modo entre sus amigos.
Athos quedó por un momento pensativo.
−¿No conocéis a nadie más que al señor de Treville?−preguntó
−A nadie más, caballero.
−Eso es otra cosa,−continuó Athos, hablando en parte consigo mismo y en parte con Artagnan−pues veo que si os mato, tendré todas las apariencias de un traga−niños
−No tanto, caballero,−repuso Artagnan con un saludo que no carecía de dignidad;−no tanto, pues me hacéis el honor de batiros conmigo, a pesar de la herida que os deberá incomodar mucho.
−Mucho me incomoda, a fe mía, porque os advierto que me habéis hecho un daño de todos los diablos; pero tiraré con la mano izquierda, que es mi costumbre en semejantes circunstancias. No vayáis a creer por eso que os concedo ninguna ventaja, pues me bato igualmente con una mano que con otra. Aún será peor para vos, porque un zurdo es sumamente embarazoso para las personas que no están acostumbradas; así es que siento no haberos manifestado esta circunstancia.
−Seguramente, caballero,−dijo Artagnan inclinándose de nuevo−tenéis una cortesanía a la que no puedo menos que estar agradecido.
−Me dejáis confuso, joven−replicó Athos con el aire de dignidad que le era propio; hablemos de otra cosa, si os parece. ¡Canario, y cuanto mal me habéis hecho! El hombro se me arde.
−Si me permitieses...−dijo Artagnan con timidez
−¿El qué?
−Tengo un bálsamo maravilloso para las heridas, bálsamo que me regaló mi madre, y cuyos buenos efectos he tenido ocasión de experimentar en mi mismo.
−¿Y qué os ocurre?
−Mirad, estoy seguro que en menos de tres días este bálsamo es curaría; pasado este término y cuando ya estuvieseis perfectamente curado, sería un honor para mi medir con vos mi espada.
Artagnan pronunció estas palabras con una sencillez que realzaba en extremo su cortesanía, sin que por ello menoscabe en lo más mínimo su valor.
−Por vida mía, caballero,−dijo Athos−ved ahí una proposición que me agrada, aún cuando de ningún modo piense aceptarla, pues desde luego está indicando que es la expresión de todo un caballero. Así era como hablaban y se conducían aquellos héroes del tiempo de Carlo Magno, que debieran servirnos de modelo; pero desgraciadamente no nos hallamos en los tiempos del grande emperador, si no en los del cardenal, y de aquí a tres días llegarían a saber, por muy guardado que estuviera el secreto, que debemos batirnos, y tratarían de impedirlo... pero ¡que diablos! Esos calmosos parece que no quieren venir.
−Si tenéis mucha prisa−dijo Artagnan a Athos con la misma sencillez con que poco antes le había propuesto diferir el duelo por tres adías,−si tenéis mucha prisa y deseáis despacharme sin pérdida de tiempo, no os detengáis por eso.
−He ahí otra proposición que me agrada sobremanera.−dijo Athos haciendo un gracioso movimiento con la cabeza−y que revela en la persona que así se produce, talento y valor. Caballero, me gustan los hombres de verdadero temple, y si no nos matamos uno a otros, tendré un verdadero placer en cultivar vuestro trato. Esperemos a esos caballeros, si no lo lleváis a mal, pues tengo tiempo de sobra, y así irá todo más en regla. ¡Ah! Ya creo que tenemos ahí a uno de ellos.
En efecto, al extremo de la calle de Vaugirard se distinguía al hercúleo Porthos.
−¡Cómo!−exclamó Artagnan−, ¿es M. Porthos uno de vuestros testigos?
−Si, por cierto; ¿os desagrada acaso?
−De ningún modo.
Artagnan se volvió hacia donde Athos dirigía su vista, y reconoció a Aramís.
−¡Cómo!−exclamó aún más admirado que la primera vez−; ¿es M. Aramís vuestro segundo testigo?
−Ciertamente; ¿no sabíais que jamás se nos ve al uno sin los otros, y que nos llaman entre los mosqueteros y entre los guardias, en el palacio y en la ciudad, Athos, Porthos y Aramís o los tres inseparables? Nada tiene de extraño, pues ocmo acabáis de llegar de Dax o de Pau...
−De Trabes, interrumpió Artagnan
−No tenéis motivo para saber esta circunstancia, prosiguió Athos.
−A fe mía,−dijo Artagnan, vuestro nombre es en extremo conocido, y si mi aventura llega a hace algún ruido, probará al menos que vuestra unión no se halla fundada en meros contrastes.
A este tiempo se acercó Porthos, saludó con la mano a Athos y volviéndose a Artagnan, se quedó algo sorprendido.
Debemos notar de paso que había cambiado de tahalí y se había quitado la capa.
−¡Hola!−exclamó−: ¡qué significa esto?
−Este es el caballero con quién voy a batirme,−dijo Athos indicando a Artagnan y saludándole con la mano−
−También yo debo batirme con él,−dijo Porthos
−Pero a la una, que es la hora convenida−repuso Artagnan.
−Y yo también estoy citado con este caballero,−dijo Aramís llegando a su vez a donde estaban sus compañeros.
−A las dos, añadió Artagnan con la misma calma.
−¿Y cual es el motivo de tu duelo?−preguntó Aramís a Athos.
−El haberme tropezado en el hombro, causándome un daño terrible.
−Y tu Porthos, ¿por qué te bates?
−Me bato... porque me bato,−respondió Porthos poniéndose colorado−.Athos, a quién nada se le escapaba, sorprendió una ligera sonrisa en los labios del gascón.
−Hemos tenido una disputa sobre el modo de vestir,−dijo el joven.
−¿Y tú, Aramís?−preguntó Athos.
−¿Yo? Por una cuestión teológica,−respondió Aramís haciéndole una señal a Artagnan, como rogándole que guardase secreto sobre la causa del desafío.
Athos descubrió otra sonrisa en los labios de Artagnan.
−¿De veras?−dijo Athos.
−De veras; un punto de San Agustín, sobre el cual no estamos acordes, respondió el gascón.
−Seguramente es hombre de talento,−dijo para si Athos.
−Ahora que estáis reunidos, caballeros, permitidme haceros presentes mis disculpas.
Al oír la palabra disculpas, la frente de Athos se cubrió de una nube sombría; una desdeñosa sonrisa vagó entre los labios de Porthos, y un signo negativo fue la respuesta de Aramís.
−No me comprendéis, caballeros,−dijo Artagnan levantando su cabeza, sobre la cual caía en aquel momento un rayo de sol que doraba las facciones delicadas y atrevidas de su fisonomía−; yo pretendo excusarme para el caso en que no pueda satisfacer mi deuda a los tres, porque M. Athos tiene el derecho de matarme primero, lo que quita mucho de su valor a vuestra deuda, M. Porthos, y hace la vuestra casi incobrable, M. Aramís. Y ahora, caballeros, os lo repito, excusadme, pero solo en este concepto; ¡en guardia!
A estas palabras y del modo más noble que imaginarse pueda, Artagnan tiró de su espada.
La sangre se le había subido a la cabeza, y en aquel momento habría medido sus armas con todos los mosqueteros del reino, como lo hacía entonces con Athos, Porthos y Aramís.
Eran las dos y cuarto. El sol se hallaba en su cenit, y el sitio escogido para teatro del duelo se hallaba expuesto a oda la fuerza de sus rayos.
−Mucho calor hace,−dijo Athos sacando a su vez la espada−; sin embargo, no me atrevo a quitarme la ropilla, porque he sentido ahora poco que de mi herida brotaba sangre, y temería incomodar a este caballero mostrándole sangre que no hubiese derramado por su propia mano.
−Ciertamente, caballero, repuso Artagnan; ya sea derramada por mí o por otro, os aseguro que veré siempre con mucho pesar la sangre de un hombre tan valiente; me batiré pues, con ropilla lo mismo que vos.
−¡Vamos, vamos!,−dijo Porthos, basta de cumplimientos y tened presente que esperamos nuestro turno.
−Hablad por vos sólo, Porthos, cuando se os ocurra decir cosas tan fuera de propósito,−interrumpió Aramís; pues por lo que a mi hace, encuentro muy en su lugar lo que estos caballeros se dicen, y me pacer muy propio de hombres de honor.
−Cuando gustéis, caballero,−dijo Athos poniéndose en guardia.
−Esperaba vuestras órdenes,−dijo Artagnan cruzando su espada−.
Pero apenas habían chocado las dos armas enemigas, cuando un piquete de guardias de su eminencia mandado por M. de Jussac, apareció por una de las esquinas del convento.
−¡Los guardias del cardenal!−exclamaron a un tiempo Porthos y Aramís−. ¡Envainad las espadas!
Pero ya era tarde. Los combatientes habían sido sorprendidos en una actitud que no dejaba la menor duda acerca de sus intenciones.
−¡Hola!−gritó Jussac adelantándose hacia ellos y haciendo señal a sus hombres de que lo imitaran; ¡hola! Mosqueteros, ¡un desafío! ¿y los edictos de qué sirven?
−Sois por cierto muy generosos, señores guardias,−dijo Athos encolerizando porque Jussac era uno de los agresores del la antevíspera. Si viésemos nosotros que ibais a batiros, seguros podíais estar de que no os lo estorbaríamos. Dejadnos, pues, terminar nuestras diferencias, y os proporcionaréis con ello un rato de placer que no os costará nada.
−Señores,−dijo Jussac−, con mucho sentimiento os anuncio que me es imposible acceder a vuestros deseos. El deber es antes de todo: con que así, envainad vuestras espadas y seguidnos.
−Caballero,−dijo Aramís remedando a Jussac, con mucho placer obedeceríamos a la graciosa invitación que acabáis de hacernos, si eso dependiera de nosotros, pero desgraciadamente no es posible, porque al señor de Treville nos lo ha prohibido; con que así, seguid vuestro camino que es lo mejor que podéis hacer.
Esta salida exasperó a Jussac.
−Os daremos una carga si tratáis de desobedecer,−exclamó.
−Ellos son cinco,−dijo Athos a media voz−, y nosotros no somos más que tres; vamos a ser derrotados y tendremos que morir aquí, pues por mi parte declaro formalmente que no me vuelvo a presentar vencido delante del capitán.
Athos, Porthos y Aramís se aproximaron unos a otros mientras Jussac alineaba a sus soldados.
Este momento bastó a Artagnan para tomar su partido, era este uno de aquellos acontecimientos que deciden de la suerte de un hombre; tenía que elegir entre el rey y el cardenal, y perseverar en su elección una vez que la hubiese hecho. Batirse, es decir, contravenir la ley, o en otros términos, arriesgar su cabeza, haciéndose de un golpe enemigo en la persona del ministro, más poderosa que la del mismo rey; he aquí las reflexiones que se agolparon a imaginación del joven; pero debemos decir en elogio suyo que no titubeó ni un momento. Así es que, volviéndose a Athos y a sus amigos:
−Señores,−les dijo−, tengo que hacer una observación a vuestras palabras. Habéis dicho que no erais más que tres, pero a mi me parece que somos cuatro.(...)
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